Publicado por
Andrés Aberasturi
León

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Es fácil entender —y triste— que tratar de reflexionar con una cierta tranquilidad sobre lo que nos rodea, no «vende» en esta sociedad-espectáculo que entre todos hemos creado. Y tanto da que los medios de comunicación, más la fuerza brutal y descontrolada de las redes sociales, hablen de la secesión improbable de Cataluña, de que los móviles se recargan en un microondas, de las idas y venidas de una tonadillera o de lo que ahora nos ocupa y nos preocupa: el ébola y esa mujer cuya intimidad se ha perdido por completo en una maremágnum en el que todo se combina: el derecho a la información, la torpeza de los responsables políticos, las banderías partidistas, el morbo, la audiencia y la explotación del miedo. Y naturalmente que hay que exigir responsabilidades y naturalmente que hay que informar, pero pongamos aquella vieja raya roja que una vez existió para todos y que nadie tendría que cruzar. Por sensibilidad, por respeto, por el bien de la sociedad. Pero en el caso que nos ocupa la polémica empezó ya antes del contagio, empezó con la repatriación de los dos misioneros y hoy, quienes cuestionaron esa decisión, parecen cargarse de razones y restregarnos a todos el «ya te lo decía yo».

Y no. Aquí ha fallado algo y habrá que saber qué, pero la repatriación de nacionales —fueran o no religiosos— la han llevado a cabo, por ejemplo, Inglaterra, Alemania, Francia o EE UU; las preguntas que siguen siendo válidas es si España estaba o no preparada para tratar estos casos y el por qué del contagio de la auxiliar de enfermería, profesión, por cierto, dentro de la escala sanitaria a la que habría reconocer alguna vez todos sus méritos y todos sus riesgos porque son ellas y ellos los que están en contacto más directo con la traducción real de eso que tan finamente llamamos «fluidos».

El resultado de todo este espectáculo es, naturalmente, el miedo; un miedo que se va extendiendo y al que, desgraciadamente, los españoles estamos habituados.

¿Qué tenemos hoy en el caso del ébola? Una enfermedad conocida y lamentablemente olvidada porque hasta ahora solo afectaba a países del tercer mundo. Pero la realidad es que la amenaza ha saltado las fronteras y la OMS ha tocado las campanas de la alerta roja.

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