Aniversario en Berlín
25 años ya sin el muro
El 9 de noviembre de 1989. 28 años de división habían terminado y una ráfaga de aire nuevo y libertad circuló por Europa
Fotografía de archivo de agosto de 1961 de la construcción del Muro de Berlín en la calle Bernauer de Alemania.
Berlín fue, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un foco permanente de discordias entre los antiguos aliados, convertidos en 1945 en administradores de una ciudad que era la expresión más visible de la Guerra Fría.
La escalada de tensión estalló el 13 de agosto de 1961, cuando por orden del presidente de la República Democrática Alemana (RDA), Walter Ulbricht, comenzaron las obras del bautizado como Muro de Protección Antifascista, que separaría el Berlín comunista de las zonas controladas por la República Federal de Alemania (RFA), aliada de las potencias occidentales.
«Nadie tiene la intención de levantar un muro», había afirmado el jefe de Estado de la RDA en junio de 1961, mientras, en las afueras de Berlín, se almacenaban kilómetros de alambradas fabricadas a ritmo vertiginoso, toneladas de bloques de hormigón, ladrillos y cemento. Las autoridades soviéticas estaban dispuestas a poner fin al daño económico y al mal ejemplo que representaba la fuga masiva de alemanes del este al oeste, debido a la estricta represión política y a una fuerte crisis económica.
Mejor un muro que una guerra, fue la consigna del presidente estadounidense John F. Kennedy. Dieciséis años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, nadie quería arriesgarse a una nueva confrontación armada. Así, mientras las otras tres potencias aliadas que tutelaban el sector occidental —EE UU, Reino Unido y Francia— dejaban hacer, se alzaba la infame valla, que estuvo terminada en apenas cuarenta y ocho horas.
Durante las casi tres décadas de su existencia, se prolongó 43 kilómetros por la ciudad y un total de 165,7 kilómetros por toda Alemania, produciendo separaciones de familias enteras, la puesta a prueba de técnicas de interrogatorio y una gran mancha de sangre.
Aproximadamente, 138 personas que trataron de cruzarlo para escapar hacia la zona occidental perdieron la vida, aunque algunas organizaciones elevan este número por encima de los mil. Asimismo, 17 millones de personas, ciudadanos de la Alemania oriental, quedaron sometidas a un régimen dictatorial que les impedía expresar sus opiniones libremente y que no les permitía salir de su territorio.
Deseo de libertad
Sin embargo, el deseo de libertad fue para muchos más grande aún que la altura del muro. Ni las alambradas, las torres de vigilancia o los alambres de púas lograron impedir que muchos se embarcasen en una arriesgada huida.
La primera víctima de la también conocida como «franja de la muerte» fue Ida Siekmann, quien falleció el 22 de agosto de 1961 al tratar de cruzar la barrera saltando desde un tercer piso; el último, el camarero de 20 años Chris Gueffroy, que murió el 6 de febrero de 1989, cuando intentaba huir de la RDA pero fue interceptado y fusilado.
El 9 de noviembre de ese mismo año, los berlineses empezaron a atravesar el muro en masa y a derribarlo con las herramientas que tenían a mano, después de que el miembro del Politburó de la RDA Günter Schabowski leyese inesperadamente ante la prensa el comunicado por el cual las fronteras quedaban abiertas.
«¿Cuándo entra en vigor esta nueva medida?», preguntó el periodista italiano Riccardo Ehrmann. Tras buscar sin éxito en sus papeles, Schabowski contestó: «Inmediatamente», y la ciudad de Berlín estalló en una oleada de entusiasmo colectivo.
Miles de berlineses del este se concentraron en torno a los puntos de control con el objetivo de acceder al sector occidental. A las diez de la noche se abrió el paso de la Bornholmer Strasse, que acababa con 28 años de separación entre las dos partes de Berlín y de Alemania y anunciaba el principio del fin del bloque comunista.