manuel franco, ‘cuartales’
con cien años bailó la jota
a manolín ‘cuartales’ le decían que se iba a morir pronto porque trabajaba demasiado y en mayo cumplirá los 103. atrás quedan muchas obras y su paso por la guerra oficiando de camillero. «ibas a ayudar a un soldado y te quedabas con el brazo en la mano...»
ramiro
Cierto día, unos embaucadores madrileños que seguramente lo desconocían todo del carácter maragato —esa férrea honradez arriera, esos muchos siglos demostrando seriedad por los caminos de España— intentaron darle el timo de la estampita a Manuel Franco Nistal, ‘Manolín Cuartales’, natural de Santiago Millas y perseverante paisano siempre detrás de las piedras rubias, de las vacas, las ovejas, el centeno, el hierro y la madera. Primero llegó el tonto bailoteando con sus papelines y luego el listo, y Manolín escuchaba en silencio sus discursos. Y sólo cuando terminaron emitió un juicio por completo inapelable:
—Pues si le tocó la lotería, mejor para él.
Así es Manolín, un maragato derecho que no ha hecho más que bregar y que intentar pasar por la vida fomentando la paz y el bien. Y quizá por eso conserva hoy, a las puertas de sus 103 años, una sonrisa pacífica y sosegada, una satisfecha tranquilidad de ánimo que muy pocas veces afloran en los rostros que uno se va topando por la calle.
—¡Manolo, te vas a morir pronto, que trabajas mucho!
Le decían en el pueblo los parroquianos cuando él pasaba, acarreando material, frente a las puertas de una cantina que no frecuentó jamás. Y guarda silencio, prudente, cuando su hijo y su nuera, ambos integrantes del grupo de bailes Aguzo, le recuerdan que todos aquellos llevan tiempo criando malvas.
El padre de Manolín era maestro de obras y como es tan áspera la comarca los hombres trabajaban por la contorna y las mujeres quedaban al cuidado de rapaces, tierras y ganados. Cubrían enormes distancias siempre andando, y cuando oscurecía sólo alcanzaban a columbrar algo en las noches de tormenta. «¡Alumbra, chisquero!» decían, invocando al rayo.
Con trece años el niño Manuel se incorporó a la cuadrilla de su padre —ese ‘Cuartal’, como tantos otros apodos en el centro y occidente de León, viene del abuelo y quizá de más atrás, imposible saber el origen exacto— y trepaba incluso por las faldas del Teleno para culminar obras como aquella central eléctrica del Alto del Cabrito en Molinaferrera que surtía de luz a toda la zona. Tanto se afanaban que el contratista le solía decir a su padre: «Oye, a los chavales tuyos hay que pagarles más, que hacen más a ratos perdidos que el resto durante el horario normal». Y él: «Nada, nada, bien pagados están». «Fue gente que nunca pidió nada, que nunca se quejó de nada, que nunca dijo que no a nada...», contextualiza su hijo José.
Y no sólo cargó piedras al hombro sino que también aprendió el oficio de herrero y el de carpintero, y ponía azulejos y puertas y ventanas, y abrió pozos que aún hoy existen, y todo lo que hiciera falta lo encaraba animoso... hasta la guerra. «¿Y no ibas con miedo, Manolo?». «Bueh... ¡estaba uno hecho a todo!».
Le tocó conducir mulos cargados con piezas de cañón en un Teruel abrasado de fuego y nieve («uno que iba delante de mí le dio una coz a una bomba que había al lado del camino y saltó por los aires, pero ni a los de delante ni a los de detrás les pasó nada»), y ejerció de camillero bajo una cerrada lluvia de tiros («a uno lo intenté coger del brazo y me quedé con el brazo en la mano»). Allí vio de todo, paisanos elevados como muñecos por efecto de lo obuses, enormes «tendileras de muertos» y hasta dos cuñados suyos que combatían... pero cada uno en un bando. «Uno contaba que siempre tiraba p’arriba, no le fuera a dar al otro».
«Aquí no nos salvamos ni uno», pensaba Manolo. Pero salvó y regresó a casa para casarse —y sobrellevar como un titán la delicada salud que siempre aquejó a su esposa— y criar dos hijos que le han dado dos nietos y tres biznietos. Cuando cumplió el siglo bailó la jota en el gran cumpleaños que le prepararon y con 101 echó un agarrao en la fiesta de Villaquilambre, donde reside. Y hoy es capaz de claquetear las castañuelas si la ocasión lo requiere. «Fue muy bailón pero no tuvo ningún otro vicio, no coge ni catarros», dice su nuera, quien le reprochaba que en casa usara la cacha pero que a misa fuera sin ella, todo tieso él.
—Hombre, pues porque yo lo procuro....