CANTO RODADO
nube negra
La semana negra terminó en gijón y león se metió en una nube negra cargada de toxinas, mafiosos y el eco triste de una guerra que se libra en siria
Estamos en guerra y no lo sabemos». Lo dice mientras da la vuelta a la llave del coche y emprendemos un nuevo viaje. Tres días seguidos a Cerredo (Asturias) con la angustia pegada a la ventanilla como la canícula. Un minero atrapado bajo una montaña de escombros de carbón. Primero con la esperanza de que fuera rescatado vivo. Luego con el deseo de que pudieran recuperar cuanto antes el cuerpo sin vida de Roberto
Vamos a tierra de nadie. Para los de León era Asturias. Para los de Asturias era muy lejos. Para el telediario, sólo un minero. Sólo vimos por allí a las periodistas de la cuenca minera, de un lado y otro de la collada, a un prejubilado metido a radiofonista, y a muchos, muchos, mineros. Compañeros de batallas perdidas. Gente dolorida, pero de pie. Vimos a una familia sufriendo. A unos compañeros exhaustos.
La guerra cotidiana
El habla de la guerra cotidiana que en realidad no libramos. La que nos vence poco a poco, sin sentir las balas ni pisar los cascotes. La que nos impone el silencio. Porque la libertad de prensa es la primera víctima de todas, todas, las guerras. La que nos aprieta pero no ahoga con mordazas legales y la que nos seda con un poco más de circo y sorbos de gin tonic en el afterwork.
Es la guerra que deja clavados a los inmigrantes en la valla de Melilla, la que los condena a morir ahogados en el mar porque Europa ha decidido sellar las fronteras del bienestar. En la que las víctimas son obligadas a sonreír con esos contratos temporales, precarios y malpagados que enarbola Rajoy como bandera de su triunfo económico, eufórico como si hubiera ganado el Tour.
En la España de turismo y pandereta que baila sobre una moqueta de malversación, la guerra adquiere formas grotescas, como las caras de los votantes del alcalde de Cuadros y ex presidente de la Diputación, uno de los 90 imputados por corrupción en la penúltima batalla Púnica que libra el juez Velasco. Aquí no pasa nada.
Un hongo
S ólo pasa una nube negra. Y no es humo de la Semana Negra de Gijón. Es un cargamento de toxinas ‘inofensivas’ que se suma a las nubes negras de todos los incendios que asolan la provincia de León, desde los Ancares hasta la Cepeda. No pasa nada. Si la empresa no apaga el incendio, que no lo hace, ya contrateramos a alguna con dinero público. Y sobre las causas, mejor no investigar. No es el primer incendio que se produce en RMD. Y aquí no pasa nada. El verano sigue. Y la guerra también.
—«Prepárame la pasta que me voy de vacaciones», dice el tipo.
Parece extraído de una novela negra. Pero no. Es tan real como los trabajadores de las brigadas contra incendios que cobran 700 euros al mes y a los que el consejero de Medio Ambiente de la Junta agradece que den la vida por su trabajo.
Mejor estaba callado. Porque efectivamente, el trabajo que desempeñan las brigadas de incendios y el riesgo que corren no se corresponde con ese salario de mierda (y gracias) producto de las privatizaciones y de los recortes del Diktat alemán que tan bien obecede nuestro Gobierno como ahora pretenden que haga Grecia.
A veces, mientras viajamos hablamos de las guerras de verdad. A las que nunca fuimos. A las que sólo unos pocos se atreven a ir. Entonces hablamos de López, y de gente como Pampliega y Sastre. Un día me pasó un libro: Más allá de Bab Al Salam, coordinado por Pampliega y escrito en colaboración con otros periodistas y fotoperiodistas que han cubierto la guerra de Siria desde 2011. Catorce historias de la vida cotidiana en Siria mientras en cada esquina silban las balas y cruzar a la siguiente calle puede suponer el fin de tu vida. Así trabajan y hay quien les ofrece 30 euros por crónica.
Esperamos su retorno. Que pase la nube negra. Y dispare su objetivo.