Bestiario popular leonés (II)

Mitología del lobo

‘L.lobos, l.lobecos, l.lobinos/ carniceiros ya l.ladinos,/ achagades ya comedes/ ugüechas, cabras, cabritos/ perros pequenos, cordeiros/ andoscas ya tenralinos’, del poema L.lobos, de Eva González

Mariam A. Montesinos

Publicado por
nicolás bartolomé pérez
León

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El lobo, que tiene en León uno de sus últimos refugios peninsulares, es un animal rodeado de fascinantes connotaciones por los temores atávicos que despierta, las creencias y la tradición oral que se han tejiendo entorno a su figura. Con pocos matices, el lobo es considerado un animal maligno dotado de poderes sobrenaturales por lo que antaño se evitaba mencionarlo para evitar que apareciera, especialmente de noche, sustituyéndose su nombre por denominaciones como la de «outro», «mercader zangarrián», «el enemigo», o «perillán». Tampoco es conveniente imitar al lobo, pues quien aúlle como él será contestado por un lobo que buscará al imitador. Una de las peores maldiciones que antaño se podían lanzar contra alguien en León era «¡Malos llobos te coman!»

Según las creencias populares leonesas, su presencia provoca que todos los pelos del cuerpo se ericen y quita el habla a las personas. Un encuentro con un lobo no resulta peligroso si la persona es quien ve antes a la bestia, en caso contrario se puede esperar lo peor. El pastor que haya visto a un lobo, no debe mirar a las embarazadas. Los encuentros con lobos son hoy escasos, pero esto no fue así en el pasado; en 1932 un pastor cabreirés contaba en la revista madrileña Estampa: «Los lobos nos comen todo el ganado. Nos siguen en manadas durante el día y por la noche hay que prender fuego al monte para espantarlos». La noche es el momento del lobo; un refrán de Cabreira sentencia: La ñueite yía pa los llobos , y un relato de Ancares recogido por Julio Camarena cuenta como un lobo fue curado por un médico, quien le dijo: —¿Y ahora, no me comerás?, respondiendo el lobo: —«No, pero, por si acaso, anda de día, que la noche es mía». Las narraciones de viajeros que de noche transitaban por los caminos perseguidos por manadas de lobos hasta las mismas puertas de su casa, abundan en León. La técnica lobuna para cobrase la presa humana era la de propinar fuertes latigazos con el rabo para derribar a la persona y poder así devorarla.

Los pastores y campesinos leoneses han mantenido una lucha secular contra el lobo de la que son testimonio vivo una raza autóctona de perros, el mastín leonés, o trampas singulares como el chorco de lobos de Valdeón, el cortello dos lobos de Lubián (Zamora), o los cousos maragatos. Pero la batalla contra estos cánidos también se desarrolló en el ámbito mágico-religioso, por ejemplo, rezando el responso a San Antonio cuando un lobo se llevaba una oveja, lo que obligaba al animal a abandonar su presa, o empleando conjuros como este omañés: «Llobos qu’andáis pol mundu/ cona boca rasgada/ y el rabu tendíu,/ mirái pol res que s’afalla/ pol monte perdíu», que buscaba evitar que los lobos devoraran el ganado perdido en el monte. De los licántropos leoneses ya se trató anteriormente (Gente con colmillos , Diario de León 1-12-2013).

Arquetipo literario

Numerosos cuentos populares de animales están protagonizados por lobos, donde aparecen como bestias derrotadas y humilladas por la inteligencia o la astucia de sus indefensas presas, quizá como una forma de contrarrestar mediante la fabulación el terror que producían en el mundo real. Hay que citar también el romance pastoril «La loba parda», para el que se ha propuesto un origen leonés y del que, ciertamente, se conocen versiones en leonés y en mirandés, donde se narra el enfrentamiento entre una loba que ronda un rebaño y los perros que le dan caza mientras se recrean en cómo se repartirán los restos de la alimaña.

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Este romance recuerda poderosamente la ceremonia que seguía a la muerte de un lobo en algunas comarcas leonesas en la que tenían especial protagonismo los mozos que habían pa?rticipado en su cacería: desollaban el animal, rellenaban su pellejo con paja y lo cargaban encima de una caballería que encabezaba una comitiva que recorría los pueblos cercanos pidiendo alimentos y dinero con los que celebrar una pequeña fiesta en la que se improvisaban cantares alusivos a la caza del lobo. Quién sabe si el romance no nacería en alguna de estas celebraciones de la mocedad leonesa.