Diario de León

CANTO RODADO

mi mundo

el amor y la gratitud de fernando del paso nos devuelven un poco de autoestima patria en este tiempo gris en el que llueve sobre mojado

Ana Gaitero
León

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Uno de los días más felices de mi vida fue aquel en que mi padre me compró un flamante Atlas para ir a la escuela. Tenía yo unos ocho o nueve años y recuerdo mis pasos saltarines sobre la calle, aún sin asfaltar, que me llevaban de Vista Alegre a Padre Manjón, en Armunia. El Atlas fue el primer libro que recuerdo como propio en un tiempo en que casi todo lo heredaba de mis hermanas mayores.

Fue el primer libro que traté con adoración. Me sumergía con deleite como en una aventura en la que elegía a capricho el lugar en el que quería estar. Aquellos mapas me enseñaron muchos nombres de capitales, de países extraños y las cimas más altas del mundo. Me incitaron a hacerme preguntas y a sentir curiosidad más allá del pequeño pueblo en el que vivíamos, aunque aquella nunca me había faltado.

Luego vendrían las travesuras de Los Cinco y los Siete, de Enid Blyton. Muchos años después me alegré de que fuera una escritora quien nos deleitaba con las peripecias de la pandilla de chicos y chicas con la que me indentificaba cuando imaginaba que había pasadizos secretos entre la iglesia y el Jano. Y eso que nuestra merienda nunca fue el clásico té inglés con pastas, sino pan con queso, chorizo, un poco de chocolate o el extravagante y sabroso bocadillo de salchichón con margarina.

Pasiones

La pasión por los libros se despierta en la infancia. Más allá de la escuela, en esas horas eternas de la siesta incumplida o las noches robadas al sueño para poder saborear el desenlace de una historia. Yo no leí El Quijote de niña, salvo lo que me obligaran en las clases de literatura. Ni nunca lo he leído de corrido. Sino a salto de mata. No es un libro fácil, aunque está lleno de humor y de sabiduría y es tan despiadado como tierno.

Esta semana, con motivo del Día del Libro el Centro Asociado de la Unesco de Castilla y León organizó la tradicional lectura en público de El Quijote. Me tocó leer parte del capítulo XVI en el que Cervantes relata el episodio de don Quijote, Maritornes y el Arriero. La moza pasa de princesa a puta en un abrir y cerrar de ojos y acaba en el lecho de Sancho Panza, no se sabe muy bien si a tortazos o en un atribulado lance carnal. Así que voy a rendir homenaje a las mujeres de El Quijote.

Son muchos los personajes femeninos que pueblan la obra, aparte de Dulcinea, la amada de Don Quijote, estereotipo de la mujer idealizada. Están Teresa Panza, conservadora y realista, también analfabeta; Marcela, con un discurso feminista, independiente, libre y con bienes propios; Aldonza Lorenzo, cuya fuerza rebate todos los tópicos sobre la inferioridad física de las mujeres...

Aliviaderos

U n siglo después de la muerte de Cervantes, la escritora inglesa Charlotte Lennox publicó La mujer Quijote, cuya edición en castellano debemos a la profesora de Filología Moderna Cristina Garrigós. La protagonista, Arabella, tiene mucho que ver con Don Quijote. Lennox tuvo una honda preocupación por el papel de la mujer en la sociedad y ante la educación.

Ayer el nuevo premio Cervantes, el mexicano Fernando del Paso, puso negro sobre blanco sobre los problemas de su país —corrupción, violencia— y para mí fue muy significativa su mención a los feminicidios.

El amor que mostró hacia la lengua madre — «cuando nací lloré en castellano» y «también sueño en español»— y el agradecimiento hacia España nos devuelven un poco de autoestima en este tiempo gris, en el que llueve sobre mojado. Y, ya que las tierras están anegadas y los sembrados ahogados, sólo cabe alegrarse por esos millones de metros cúbicos de agua que se escapan por los aliviaderos de los pantanos a las ganancias de las eléctricas.

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