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andrés aberasturi
León

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Cada día resulta más difícil comprender a los protagonistas políticos de esta España cuyos ciudadanos están ya hartos de tanto egoísmo partidista, de tanto aprovechamiento interesado, de tanta tergiversación de la realidad, una realidad que es objetiva muchas veces y a la que se trata de pervertir. La que se nos viene encima con doña Rita llamada por el Supremo y la decisión del Constitucional anulando la prohibición de los toros en Cataluña... Van a correr ríos de tinta. Pero vayamos a lo ya ocurrido para intentar entender qué está pasando.

Tras la celebración de aquel intento de referéndum disfrazado de consulta en Cataluña, el portavoz en el Congreso de los Diputados del Partit Demòcrata Català (PdC), Francesc Homs, llegó hasta el Tribunal Supremo según cuentan las crónicas «con paso firme» y acompañado por el expresidente catalán, Artur Mas, y arropado por medio centenar de políticos catalanes. Tenía cita con el magistrado Andrés Palomo para responder por presuntos delitos de prevaricación, desobediencia y malversación de caudales públicos por el caso 9-N. «Aquí no está en juego sólo la independencia de Cataluña, sino la democracia misma». O sea, que una de las tres patas de la democracia sobra y el estado de derecho debe ser sustituido por el estado de la negociación. Pues no, se siente, pero no; cada cosa en su sitio y en su momento. Y Homs y Mas sabían perfectamente que el 9-N iba a acabar así. Y lo mismo pasa con la presidenta Carme Forcadell o con el edil de Badalona que rompe la orden judicial de no abrir el consistorio el día de la Fiesta Nacional.

Lo ocurrido en el cie de Aluche la otra noche fue doblemente triste: fue triste porque esos centros tienen que cambiar y fue triste porque unos concejales quisieron meterse en algo que no era de su competencia quejándose de que se les «ninguneaba» cuando ellos era los representantes del pueblo de Madrid.

Si las leyes no nos gustan o son mejorables, habrá que cambiarlas, para eso está el poder legislativo; lo que no vale es no cumplirlas o ignorarlas cuando nos interesa. Si no se respetan las leyes —y no se respetan— la democracia es sencillamente imposible.

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