culpable de todo
Érase una vez alguien llamado Paco que se echaba la culpa de todo lo que le pasaba. Si alguien no le contestaba a un mensaje, era culpa suya. Si alguien no le saludaba como solía hacerlo, pensaba «debo haber hecho algo que le molestó». Si quedaba con alguien y le cancelaban la cita, era porque él había hecho algo mal. Es decir, se sentía culpable y responsable de todo lo que pasaba a su alrededor.
Recuerdo una vez que me contó que su jefe estaba raro con él y que no mostraba el interés que solía mostrar. «Seguro que es porque he metido la pata con algo», añadió.
En definitiva, culpa, culpa y más culpa. Culpa que Paco, como muchas otras personas, se cargaba a la espalda por sentir que no era lo suficientemente bueno. O listo. O divertido. O espabilado. O lo que fuera.
De lo que mi amigo no se daba cuenta es de que la mayoría de las veces lo que los demás hacían no tenía nada que ver con él, sino con ellos. Con algo que les había pasado ese día, con sus miedos o con su forma de ser.
Por eso, lo primero que tuvo que hacer fue dejar de dudar de sí mismo y de juzgarse por cómo era y por cómo hacía las cosas.
Después, esforzarse por ser cada vez más como quería ser y aprender a valorarse por ser así, no como creía que tenía que ser para que los demás le quisieran.
Y, por último, aceptarse como era. Porque las personas podemos aprender a querernos como somos y a valorar lo bueno que hay en nosotros, a la vez que nos proponemos mejorar en algún aspecto en el que no estamos satisfechos.
Pero, sobre todo, Paco tuvo que aceptar que los demás eran diferentes. Que unos contestan a un mensaje en cuanto lo ven y otros lo dejan para después y se les olvida. Que hay quien siempre va con la sonrisa puesta y quien, si no tiene ganas de sonreír, no sonríe. En definitiva, que cada uno hace las cosas a su manera. Y que otro las hiciera diferente no significaba que tuviera ningún problema con él.
Y así fue como Paco se dio cuenta de que él no tenía la culpa de todo. Y por fin pudo liberarse de ese enorme peso.