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Diego carcedo
León

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Nadie lleva la peor parte ante la amenaza yihadista como los cristianos que con tanto mérito y riesgo mantienen su fe en algunos países musulmanes. Las iglesias de Oriente, coptos en Egipto, caldeos y nestorianos en Irak o maronitas en Líbano y Siria, viven su fe rodeadas de enemigos que no aceptan ni entienden que no compartan sus creencias. Algunas pequeñas comunidades de estos cristianos localizadas en el territorio que ocupa el Daesh prácticamente han desaparecido. Muchos creyentes, como los que habitaban en el Sinaí, han tenido que huir hacia lugares con mayor tolerancia y, lo más triste, bastantes han pagado con su vida creer en un Dios diferente al que adoran los fanáticos del islamismo.

El pasado domingo dos atentados contra iglesias coptas en Egipto, donde constituyen la minoría mayoritaria -alrededor de diez millones- ensangrentaron los cultos del comienzo de la Semana Santa con un saldo de medio centenar de muertos. Los mismos terroristas que siembran el pánico con los camiones de la muerte en las capitales europeas se ceban en estas comunidades religiosas que unen, a las dificultades de mantener sus templos y celebrar sus cultos, la imposibilidad de defender sus derechos y la aún más elemental necesidad de proteger sus vidas. No es ni mucho menos la primera vez que los coptos sufren en Egipto atentados de esta naturaleza. Al margen de la afinidad o simpatía que puedan implicar las creencias de estas personas es imposible no reconocerles el derecho a vivir y la heroicidad con que históricamente, y más en las actuales circunstancias, lo vienen defendiendo sin ceder al desprecio público y las amenazas constantes a que están sometidos. Dentro de dos semanas el papa Francisco les hará una visita que será para ellos reconfortante aunque tampoco cabe descartar que sirva de argumento a los asesinos para incrementar contra ellos su furia salvaje.

Estos cristianos católicos, reconocidos por Roma con algunas peculiaridades respecto a los ritos y dogmas oficiales, forman colectividades pacíficas que, salvo excepciones, no entran en conflictos políticos más allá de defender sus derechos s. Unos derechos reconocidos oficialmente por algunos gobiernos, no todos, aunque luego, en la práctica, las posibilidades reales de prosperar social y profesionalmente que tienen son escasas.

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