Diario de León

CANTO RODADO

microutopías

Las microutopías son como una gota de agua que horada la piedra poco a poco y logra romper una pequeña esquina de la distopía de la globalización

Ana Gaitero
León

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Hubo un tiempo en que el mundo soñó con cambiar el mundo. Se amasaron ideas revolucionarias y se libraron grandes batallas. Prácticamente todo el siglo XX estuvo marcado por la idea de la revolución, avivada con el fuego de la máquina de vapor y el aire de la Ilustración. Liberté, égalité, fratenité... La gran sinfonía de la humanidad. Fue el tiempo de las grandes palabras, los grandes proyectos y las grandes guerras.

Fue también el tiempo de las grandes utopías, como dijo Fabricio Caivano hace unos días en León, durante las jornadas que recordaron la aportación de los movimientos de renovación pedagógica a la transición en España y a las reformas educativas.

Ahora, el reloj marca las horas de las «microutopías a pie de calle», siguiendo el símil de Caivano. «Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo», escribió Eduardo Galeano, con esas palabras que tienen ritmo de bolero o de danzón.

Han pasado seis años del 15-M, desde aquel día en que creían que iban a salir cuatro gatos a las calles y salieron multitudes. Incluso en León, esa provincia que se extingue en un lamento y está en la cola de las que salen a la calle a protestar. Han pasado cosas desde aquel mayo en que la gente empezó a escribir poesía en las pancartas.

El gran mérito del 15-M es que, después de aquellos días de plaza y sentadas, la gente se ha sentido un poco más protagonista de la política. Para cambiar cosas, pequeñas cosas. A ritmo de bolero y chachachá en un mundo hecho de distopías.

Las microutopías son batallas como el bocadillazo de las madres y padres de ocho colegios del Bierzo que se declaran en rebeldía contra la línea fría implantada por la Junta en los centros escolares públicos que permite que comida cocinada a cientos de kilómetros sea congelada y se sirva, vete tú a saber cuándo, previo recalentamiento en unos hornos.

Fue una microutopía plantarse contra el proyecto de trasladar el conservatorio al campo de fútbol y es una microutopía defender la plaza del Grano de la mirada soberbia del poder y de la academia. Por más que vistan a la mona de legal y al proyecto de conservacionista frente a otras ideas peregrinas de aquel concurso de ideas.

La reforma de la plaza del Grano también la aprobó Patrimonio. Todo es legal. Tan legal como enterrar los restos de Lancia con la sola firma del director general de Patrimonio de la Junta, Enrique Sáiz, bajo la autovía a Valladolid. La destrucción de Lancia es una metáfora más del aplastamiento de una provincia maltrecha y orillada por la Junta. No es victimismo, no.

¡Ay, si no fuera por las microutopías que retan cada día a la distopía! Las redes de comercio justo, a las que esta semana se han sumado un centenar de bares en León para servir café justo, que obligan, de vez en cuando, de cuando en vez, a dar giros en la distopía de la globalización que permite que el 80% de la riqueza del planeta esté en manos del 1% de la población.

Hasta Amancio Ortega, Inditex, presume de trazabilidad en la confección de la exitosa ropa que marca tendencia en el mundo y, aseguran sus guardianes, lo hace sin ingeniería fiscal y pagando más de 2.000 millones de euros en impuestos en España. Todo legal. Ah, y con un 70% de su plantilla está en Europa, me dicen.

Las microutopías son como una gota de agua que horada poco a poco la distopía. Ya ven, ahora están recuperando las lápidas de las aceras de la plaza del Grano que eran pasto de escombro. Y se atribuirán el mérito, como el PP se pone los laureles de luchar contra la corrupción. Si no fuera por las microutopías y por la UCO de la Guardia Civil nos dirían que Rajoy compuso ‘La flor de la canela’.

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