La menopausia no es una broma
Ya no cuela el recado —aquello de que es una nueva etapa y hay que acostumbrarse— para obligar a las mujeres a seguir adelante sin quejarse. La menopausia es una causa de muerte aunque durante años los sesgos machistas nos hayan hecho creer que todo sigue igual, que los síntomas que nos alertan de los cambios orgánicos no son más que una queja sin fundamento. Los expertos cuentan la verdad

Imagen de la doctora Esther Fernández
Durante décadas, la medicina ha tratado al corazón humano como un órgano unisex. Sin embargo, las cifras no mienten: las mujeres sufren más enfermedades cardiovasculares que los hombres a partir de los 50 años y, paradójicamente, están menos representadas en los ensayos clínicos, son diagnosticadas más tarde y reciben menos intervenciones quirúrgicas. A esto se suma que, muchas veces, ni ellas ni sus médicos reconocen los síntomas de infarto o ictus como señales de alarma. La doctora Esther Fernández, Jefa del Servicio de Medicina Interna. Unidad HTA— Riesgo Vascular del Hospital de León, lamenta que la medicina aún no ha acabado con los sesgos, que hay desigualdades en salud y que, al revisar grandes ensayos clínicos, se descubre una proporción bajísima de mujeres. «Se les diagnostica menos, ingresan menos y reciben menos intervenciones», subraya.
La experta destaca que, si bien la menopausia no es una enfermedad, es, desde luego, un punto de inflexión y, por lo tanto, una gran oportunidad para detectar precozmente el riesgo vascular y actuar a tiempo. «Porque cuidar el corazón de una mujer es cuidar también el de su familia, su comunidad y el de toda la sociedad», manifiesta. Los factores de riesgo cardiovascular cambian a lo largo de la vida de la mujer y se modifican no solo con la edad, sino con los cambios hormonales que se producen a lo largo de su vida, desde la edad fértil hasta la menopausia. La enfermedad cardiovascular es la principal causa de mortalidad en la mujer en España. De hecho, la doctora precisa que fallecemos un 8% más por enfermedad cardiovascular que el hombre y tenemos el doble de riesgo de morir por infarto. Por eso, el objetivo de las asociaciones científicas y médicas para el año 2030 es reducir el peligro cardiovascular en la mujer para lo que resulta esencial incluir los factores exclusivos en las guías de riesgo y formar a los profesionales en perspectiva de género. «Cuando tratamos a una mujer, debemos preguntarle cuándo tuvo su primera regla y cuándo llegó la menopausia porque desde ese momento cambian todas sus circunstancias».
Hasta la llegada de la menopausia, la mujer tiene una cierta «ventaja biológica» frente al hombre. Y es que la naturaleza nos protege mientras somos viables para dar vida. Crea para ello un ejército — los estrógenos— que protege el sistema cardiovascular. «Mejoran el perfil lipídico, favorecen la vasodilatación y reducen la inflamación vascular. Pero a medida que los niveles hormonales disminuyen, esa protección desaparece», advierte Esther Fernández.
La menopausia tiene lugar alrededor de los 50 años. «Hablamos de menopausia temprana cuando aparece entre los 40-45 años y menopausia prematura cuando aparece por debajo de los 40 años. La primera le ocurre al 5% de las mujeres; la segunda al uno por ciento». La especialista revela que por cada año que se adelanta la menopausia aumenta un 2% el riesgo cardiovascular de la mujer, con lo que el riesgo de enfermedad vascular aterosclerótica (EVA) será mayor cuanto más temprana se produzca la menopausia.
Y es que, cuando llega el climaterio es frecuente un aumento del colesterol LDL («malo»), una reducción del HDL («bueno»), mayor resistencia a la insulina, cambios en la distribución de la grasa corporal (más abdominal) y un ascenso gradual de la presión arterial. Todo ello contribuye a acelerar la arterosclerosis y la aparición de infarto o ictus. Y, sin embargo, el riesgo cardiovascular en la mujer está infradiagnosticado . A menudo, los síntomas son más sutiles que en los hombres: disnea, fatiga, molestias digestivas o dolor torácico atípico. Esto puede retrasar el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad cardiovascular Es importante tener en cuenta que existen factores de riesgo específicos y únicos de la mujer como los trastornos hipertensivos del embarazo, la diabetes gestacional o el síndrome de ovario poliquístico, y deben vigilarse a lo largo de su vida. Los factores de riesgo cardiovascular clásicos como la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, la dislipemua, el tabaquismo o la obesidad tienen mayor prevalencia a partir de la menopausia. Existen también factores emergentes poco reconocidos como el cáncer de mama, los tratamientos oncológicos o las enfermedades inflamatorias (que afectan a un 78% a las mujeres) o la depresión que incrementan el riesgo cardiovascular de la mujer.
Esther Fernández alerta a las mujeres de la necesidad de tomar el control de su salud cardiovascular, de no descuidarla. Para ello, ofrece algunas claves fundamentales como el control regular de la tensión arterial, el colesterol y la glucosa, dejar de fumar — «el tabaco anula cualquier protección hormonal», dice—, realizar ejercicio, al menos 150 minutos a la semana; practicar la dieta mediterránea —rica en frutas, verduras, legumbres, pescado azul y aceite de oliva—, mantener un peso saludable y la cintura controlada; y evaluar con el médico la necesidad de tratamientos preventivos, desde estatinas hasta antiagregantes, según el riesgo individual.

Imagen de la doctora Julia Carriles
terapia hormonal
La doctora Julia Carriles Guerrero, ginecóloga del Caule, destaca que si bien es cierto que la menopausia no es una enfermedad, las repercusiones que tiene en la calidad de vida de la paciente son importantes. «No podemos perder de vista que la mujer pasa en este época un tercio de su vida y hay que intentar que su calidad de vida no disminuya», explica. Y es que el cambio hormonal genera mucha sintomatología que provoca gran malestar y problemas asociados. «El más conocido es el que provocan los sofocos», un problema que sufren el 80% de las mujeres y está detrás del deterioro cognitivo precoz. «¿Que por qué? Porque el centro termorregulador está en el cerebro. Por eso, las mujeres que tienen sofocos tienen mayor deterioro cognitivo para su edad que una mujer de su misma edad que no los tiene,», subraya la experta. Y el problema es que se ha normalizado. «No es algo normal y no tienes que pasarlo», advierte Carriles, que deja claro que no hay por qué habituarse a ello. «Hay tratamientos que pueden mejorar mucho la calidad de vida».
El problema con la menopausia radica en el déficit de estrógenos. La doctora describe el cuerpo como un vestido «cosido» de receptores de estrógenos, razón por la cual los síntomas generados por el climaterio deshilachan la mayoría del organismo, Por eso sentimos ansiedad, dolor articular, inhibición de la habilidad emocional, fatiga, sofocos, insomnio y un largo etcétera. «El cuerpo se queja, nos alerta de que falta algo que necesita para funcionar bien». De ahí que defienda el uso de tratamientos progresivos, ya sean naturales u hormonales para mejorar el síndrome. «Verá, el problema es que hemos sido sufridoras y no damos importancia a los síntomas. Y, para empeorarlo, los problemas más graves son los que no dan la cara, los que no generan señales, como el riesgo cardiovascular y la osteoporosis», defiende y añade que el discurso machacón de que tenemos que aguantar debe abolirse.
«A mí me gusta decir que el tratamiento es como una escalera, empezamos por abajo y vamos subiendo. Normalmente si los sofocos son leves, leves moderados, podemos empezar por terapias naturales que sí que tienen buena respuesta, buena acogida también en la paciente y disminuyen hasta el 80% de los sofocos. Si la terapia natural no es efectiva, nos planteamos la hormonal. La doctora Cardiles explica que la Asociación Española de la Menopausia ha desarrollado la escala Cervantes de calidad de vida (https://aeem.es/), un cuestionario en el que se valoran varios ámbitos de la vida de la paciente, a nivel sexual, de fatiga, emocionalidad, sofocos y vida en pareja que, sumados, generan la nota de la afectación con la que cursa la menopausia. Ese termómetro es importante para poner un tratamiento y determinar cuál es mejor para cada una. «Hay que escuchar muy bien a la paciente y preguntar, porque hay mujeres que expresan lo que les ocurre pero con otras es más difícil», destaca la doctora Carriles. También debe realizarse una exploración para valorar el síndrome urogenital o geniturinario, que afecta a la vagina, a la vulva y a la uretra. Y es que una gran pérdida de calidad de vida llega asociada al descenso de la líbido. «Si vemos que la vagina está atrófica, sin elasticidad ni lubricación corremos el riesgo de entrar en un círculo vicioso: «No me apetece tener sexo, me duele porque tengo sequedad con lo que me apetece menos todavía. Por eso es muy importante hacer una intervención temprana, poner un tratamiento pronto». Julia Carriles defiende la terapia hormonal frente a cuantos la desaconsejan y deja claro que mejora los sofocos, el estado anímico, la sequedad vaginal, la osteoporosis y el riesgo cardiovascular. «Es multifuncional», asegura para hacer hincapié en que no es para todo el mundo. «Hay que perfilarla para cada paciente», advierte.
— Entonces, ¿Por qué tiene tan mala prensa?
— Tiene un mínimo riesgo trombótico, similar al de los anticonceptivos, contesta.
La ginecóloga explica que una cosa son los riesgos cardiovasculares, asociados a la placa de ateroma y que se protege gracias a los estrógenos, y otra los de trombosis. En este último caso, se ha demostrado que la terapia hormonal oral puede aumentar el riesgo en un abanico de uno por cada diez mil casos.
— ¿Y el riesgo de cáncer de mama del que tanto se habla?
— Muy bajo, del 1,3%. Voy a ponerlo en contexto para que las pacientes se hagan una idea. El riesgo que tiene una mujer que no ha tenido hijos de tener cáncer de mama es del 1,3%, cifra que se dispara al 1,5% en el caso de obesidad
Explica que una de las razones por las que la terapia hormonal tiene mala fama radica en un ensayo clínico que se realizó en EEUU, el informe WHI (Women’s Health Initiative), que partía con errores de bulto en el planteamiento. «De hecho lo tuvieron que suspender», relata. La especialista del Caule deja claro que, para empezar, la terapia de hace 20 años — basados en estrógenos equinos y progesterona sintética— poco o nada tiene que ver con la que se receta en la actualidad. Pero, además, las dosis eran muy elevadas y los compuestos que se dan hoy en día son mucho más similares a nuestras hormonas naturales. «Para los ensayos estudiaron a mujeres que tenían una edad media de 63 años. Si tú le das hormonas a mujeres con una media de 70 años en cantidades bestiales, lo normal es que enfermen», revela la doctora, que deja claro que la ventana de oportunidad y el perfil de paciente debe estar en los diez primeros años de la menopausia y ser individualizado porque lo que vale para una mujer no tiene por qué ser beneficioso para otra. «A veces, tenemos que ir probando hasta que encontramos lo que va bien a nuestra paciente», incide al tiempo que da un consejo: «Lo ideal es que cada mujer note que vuelve a ser ella misma. Si interfiere con tu vida habitual, si te despierta por la noche, si noto que tengo insomnio, hormigueo, dolor articular, si tu vida sexual disminuye, si notas sequedad vaginal, ansiedad, si te dejan de apetecer cosas de las que antes disfrutabas, a lo mejor no hay que pensar directamente en ansiolíticos o antidepresivos», recomienda la experta, que hace una llamada de atención a todas las mujeres con insuficiencia ovárica prematura. «En estos casos hay que tratar sí o sí salvo en los casos en los que exista alguna contraindicación por otro tipo de patología», alerta. «¡Ah! y algo muy importante es también el estilo de vida: ejercicio físico, aeróbico y el entrenamiento de fuerza son muy importantes porque mejora todos los síntomas vasomotores y la densidad mineral ósea».