Dueños de la nada
No es fácil la vida de un palestino. Un periodista de Diario de León lo comprobó al entrar en tres campos de refugiados (Rashidieh, Burj el-Shemali y El Buss) cerca de la frontera sur del Líbano con Israel. Son los sin tierra y sin derechos: los dueños de la nada.

Mujeres palestinas con sus hijos en un campo de refugiados.
Naces sin derechos. ¿Cómo te sentirías? Eres tan pobre que, por no tener, no tienes ni nacionalidad. Careces de país. ¿Cómo te sentirías? Nadie te quiere, a todos molestas. ¿Cómo te sentirías? Tu fatalidad es haber nacido en Palestina. La guerra y los abusos de los poderosos te sacaron hace 77 años de tus tierras y, desplazado al otro lado de la frontera, en el Líbano, este país de acogida te trata como a una estabulada manada de elefantes caída de un camión en marcha, en un semidesierto tórrido a orillas del Mediterráneo. Eres el paria de una tierra sin tierra. Ni siquiera desheredado y dudas de que algún día llegues a ser hijo pródigo de alguien.
No puedes comprar una casa, y si lo haces, tienes que ponerla a nombre de un libanés y confiar en no ser traicionado (se han dado casos documentados). No puedes tener nacionalidad libanesa, aun cuando como palestino de segunda o tercera generación naciste en ese país. No te dejan trabajar en casi un centenar de profesiones (abogacía, enseñanza, ingeniería, …; pero sí como agricultor o en otras tareas de que nadie quiere). En la vecina Jordania, palestinos como tú, disfrutan de plena ciudadanía, excepto los de Gaza. En Siria no nacionalizan a un palestino, pero al menos pueden disfrutar de los mismos derechos que los sirios. En tierra libanesa, no. Nada. Son, ... los dueños de la nada.
Amanece en el sur del Líbano. Estoy a 20 kilómetros de la frontera con Israel. El sol calienta con esmero. Procedente de Beirut, dormí en la ciudad de Tiro, en casa de Abdul Nasser, cirujano libanés formado en la Cuba de Fidel Castro y en el Madrid de los últimos años de Franco.
El doctor Nasser decidió quedarse las últimas cuatro guerras del Líbano operando a su gente herida en el hospital de Tiro. Fue el único cirujano que lo hizo y no puso tierra de por medio, cayendo las bombas al lado en esas cuatro contiendas. Los demás no aguantaron la presión brutal. Por eso, Abdul es muy querido y respetado. Es más que un héroe: Salvó cientos de vidas. Quizá miles. Todo el mundo lo conoce y aprecia. Eso, unido a que domina el español de los cubanos, me abre las puertas para hablar con la gente y ver cosas vetadas a los periodistas o a cualquier extranjero que asome por aquí la nariz. No pasarías desapercibido, y fijo que te señalarían como a un espía o a un comprado más de los intereses israelíes o libaneses.
«¿Cómo te va?», le pregunto. Su respuesta es un largo silencio seguido de una sonrisa: «¡Ni mal, ni bien! La situación es otra vez complicada. Mucho estrés por la guerra ...»
Hoy Abdul pasa consulta en el hospitalillo del campo de refugiados de Rashidieh, el más antiguo y poblado de esta franja del sur del Líbano. Así que logro entrar al campamento en su coche, con pegatinas visibles de «doctor» caladas en los cristales. El militar del control de acceso lo conoce bien, saluda con respeto y ni siquiera nos retiene para enseñar un papel. No puedo hacer fotos de militares o personal armado, pero una vez dentro del campamento, sí me dejan fotografiar a un palestino que lleva con un kalashnikov en la mano derecha.
En eso estamos cuando Abdul me advierte de que tenemos que seguir. Encima de nosotros, en el cielo, como un zángano revoloteando, se escucha el zumbido de un dron que puede ser israelí o libanés. Esta vez sólo nos vigilan; el maldito aparato volador no lleva carga explosiva
Estos días, la cosa está fea en la zona. Israel ha bombardeado Irán. Y los de Teherán han burlado en parte la Cúpula de Hierro de defensa aérea y estamparon varios misiles en torres de viviendas y oficinas de Tel Aviv y de la vecina Haifa, a pocos kilómetros de donde hoy nos movemos.
La jornada se presenta como las anteriores, siempre con esa incertidumbre de una guerra por venir o por acabar. Es la vida sin expectativas de mejorar «el aquí y ahora», y muchos menos de ser optimista con un futuro inmediato.
Recorremos el campo de refugiados (ocupa un kilómetro cuadrado) y las calles de Rashidieh se ven trufadas de enormes cartelones con caras de personalidades palestinas muertas por el conflicto. Aquí todo tiene una historia bélica enquistada. Por ejemplo, los palestinos estuvieron involucrados en la guerra civil del país de acogida y fueron atacados por las Falanges Libanesas en lo que se dio en llamar «las masacres de Chatila y Sabra», que fueron cometidas por milicianos cristianos maronitas, con aliados de Israel. Pero ese ataque fue en respuesta a la también masacre protagonizada por milicianos palestinos contra los cristianos en Damour.
La historia se repite. Israel está masacrando hoy a los palestinos de Gaza, después de que el grupo islamista sunita Hamás matara a sangre fría desde el 7 de octubre de 2023 a sionistas en sus casas y en aquel famoso concierto al aire libre, el festival de música de Reim, con 364 muertos y 40 secuestrados. La bola del odio y la violencia engorda con los años. A más años, más tragedia.
Dentro del campamento de Rashidieh, donde en teoría las autoridades libanesas no dejan entrar un saco de cemento sin control, para evitar reformas o nuevas edificaciones y asentamientos, veo por sus calles de vericuetos a mujeres musulmanas con y sin velo. Aparentemente, aquí la ayuda de organizaciones humanitarias llega en su justa medida y no se aprecia a una población calamitosa. Sí, con carencias y necesidades, pero manteniendo la dignidad vital.
«¿Cómo vamos a meter 300.000 sunitas en el Gobierno, y darle la mayoría?. El trato a los palestinos aquí es por eso. Es por votos y poder», zanja Zeidan, refrendado por Abdul
Habló con Alia Seida el-Mastrid, de padres y abuelos palestinos, nacida en Cuba hace 33 años y asentada desde los 2 en el Líbano. De tercera generación de palestinos, estudió aquí primaria y secundaria. Luego regresó a la isla caribeña para realizar la especialidad de Medicina General y, desde hace cinco años, trabaja como doctora en el hospitalillo de Rashidieh.
«¿Cómo te va?», le pregunto. Su respuesta es un largo silencio seguido de una sonrisa: «¡Ni mal, ni bien! Ahora la situación es otra vez complicada. Tenemos mucho trabajo, mucho estrés por el trabajo, por la situación económica, por la situación de la guerra en el país ...». Confiesa que hay mucha necesidad de medicamentos, de ayuda humanitaria. «¡De todo!», resume Alia.
También hablo con el doctor Zeidan, radiólogo palestino formado en Cuba. Lleva muchos años en Líbano, pero no puede trabajar como médico para los libaneses. Sólo lo puede hacer para la Media Luna Roja y, en este caso, en un campo de refugiados. Igualmente, no les dejan ejercer como médico general (aunque sea especialista) en el sistema nacional de salud. Y en los hospitales privados sólo lo contratan como médico generalista, aun cuando el profesional haya hecho la especialidad de cirujano y se graduara en el Líbano. Son los sin derechos.
«Los palestinos llevan viviendo en el Líbano 77 años; Hoy es difícil ya encontrar a un palestino en el Líbano que haya nacido en Palestina, casi todos se han muerto. Y las nuevas generaciones siguen sin derechos. Entonces, ¿Tú te imaginas que llevas aquí, en el Líbano, viviendo setenta años, que has estudiado en las escuelas libanesas, que te has graduado en las universidades del Líbano, y que no puedas trabajar y vivir de lo que te has formado», se pregunta Zeidan.
Este doctor tiene a un hermano, también médico, viviendo y trabajando en Bilbao. «Se fue con su familia, con sus hijos, y allí pueden trabajar y le va bien. Aquí, en el Líbano, no podía tener casa a su nombre, no podía trabajar, no podía tener la nacionalidad libanesa. Va a España y a los cuatro años tiene la nacionalidad española. También hay un técnico de laboratorio que trabajó aquí y se fue a Barcelona y le va muy bien», cuenta Zeidan.
Pregunto por qué el Gobierno libanés les pone estas trabas. La respuesta es desconcertante: «Dicen que es para que no nos olvidemos y sigamos reclamando nuestros derechos como pueblo Palestino. Pero también es por el tema religioso de correlación de fuerzas sociales». En el Líbano, la mitad de los diputados que ejercen el poder son cristianos y la otra mitad son musulmanes. Entre los musulmanes hay drusos y la otra parte es de chiítas y sunitas. La mayoría de los palestinos en el Líbano son sunitas. «Entonces, ¿Cómo vamos a meter 300.000 sunitas en el Gobierno, y darle la mayoría?. Es por eso. Es por votos y poder», zanja Zeidan, refrendado en el argumento por el doctor Abdul, que le escucha.
Hiela el alma saber que estos campos de refugiados, pese a la miseria de los desplazados, fueron pasto de violencia extrema de guerras civiles en el Líbano y ataques de Israel
A unos tres kilómetros de Tiro está otro de los campamentos de refugiados palestinos que recorro tras pasar el control militar, el de Burj el-Sheimali. La vida aquí es un calco de lo que sienten los palestinos desplazados, pero con la particularidad que son refugiados procedentes de Tiberias y Hawla, huidos de sus tierras en 1948, hoy gobernadas por Israel. Desde 1955 llevan recibiendo y viviendo de la ayuda de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, la Unrwa.
Las calles, las casas, las gentes, son otra fotocopia de compatriotas procedentes de otras tragedias prolongadas en el día a día. Los viales no se ven del todo sucios, pero su cielo entre casa y casa son una tremenda maraña de cables eléctricos que llevan luz precaria a las viviendas. Es como un caos organizado. Dentro del campamento la vida fluye con la gente viviendo el día a día, con esa losa de la incertidumbre y certeza de que tu futuro está capado por la falta de derechos que son comunes para otros. Sólo ríen con libertad inocente los niños. Y, aunque los habitantes de estos campos con los que hablo muestran gran familiaridad, empatía en la ayuda y ganas de salir adelante, en su mirada y en su rictus profundo aparece esa sombra de sufrimiento vivido y heredado, con el gran apego al sentimiento por su tierra madre. Es una «saudade portuguesa», una «morriña gallega», bien diferente.
Hiela el alma saber que estos campos de refugiados, pese a la miseria de los desplazados, fueron pasto de violencia extrema de guerras civiles en el Líbano y de los ataques de Israel. El último campamento que visito es el de El-Buss. Es el menos castigado por las contiendas históricas, precisamente porque es más pequeño y tiene menos gente, hoy con unas 10.000 personas.
Estoy a poco más de kilómetro y medio de la ciudad de Tiro. El-Buss se construyó en sus comienzos para refugiados armenios y en la década de 1950 llegaron los palestinos de la zona de Galilea, de Acre. Esto hizo que los armenios fueran desplazados a su vez a otro lugar, a la zona de Anja. Aquí, el El-Buss, a la mayoría de los refugiados les reservan el trabajo de las labores agrícolas y la construcción. Es lo que no quieren el resto de pobladores. Las viviendas las han construido con sus propias manos y han empezado a disfrutar del lujo de contar con alcantarillado y modernos sistemas de agua potable de lluvia hace poco, en 2008.
Después de visitar los tres campos de refugiados de palestinos en el sur del Líbano, encoge el corazón el sentimiento general que queda a quien los visita y escucha sus historias. No hay peor situación que tener esa desazón por perder la esperanza en el presente y el futuro, y tener encima de tu cabeza la espada incierta de la guerra. El palestino está acostumbrado a las penurias, al sufrimiento y eso lo ha hecho resistente como el acero; sigue intacta su aspiración de volver algún día a su tierra. Luego, en otro plano, están los intereses políticos y económicos, el de los que hacen bandera de una causa que les queda lejos de su realidad vital, pero de la que intentan sacar tajada en las urnas como con cualquier otra bandera recurrente. El dron nos vigila.

Ser palestino en el siglo XXI

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