Morado y rosa destiñen en la arteria del 15-M
Durante una década, la izquierda a la izquierda del PSOE ha vivido instalada en la provisionalidad. Coaliciones concebidas como artefactos de emergencia, siglas superpuestas como capas geológicas mal sedimentadas, liderazgos diseñados para durar lo que dura un ciclo mediático. Nada parecía pensado para permanecer. Todo para aguantar. El 15 de marzo es su prueba de fuego

Imagen de una mujer vestida de rojo y morado
La pregunta que asoma es el quo vadis de la izquierda. Con la socialdemocracia en retroceso, el PSOE sonado, y el espacio configurado por el antiguo Partido Comunista de España sin sus referentes tradicionales —toda vez que el obrerismo y el internacionalismo han sido sustituidos por la estética cool de la transición ecológica, la ideología queer y el decrecimiento consciente— los hijos del mogwai pugnan en las elecciones del 15 de marzo por descubrir cuál de ellos puede convertirse finalmente en el gremlin alfa.
Izquierda Unida, la fuerza referente del PCE, ha desatendido las exigencias de Podemos para presentarse en solitario a unos comicios que pueden levantar la nueva política sobre los rescoldos de la que hace tan solo diez años prometía un cambio de paradigma. Las encuestas dejan a la deriva tanto a Ciudadanos —engullido y laminado por Francisco Igea en Castilla y León— como al partido de Pablo Iglesias. Sumar no actúa ya más que como la rémora de cualquier formación, por lo general como comensales de independentistas.
La provisionalidad no fue un accidente, sino una forma de estar en la política. Desde el 15M, la izquierda alternativa española se movió más por intuición que por estructura, más por atmósfera que por programa. El malestar existía, el conflicto también, pero el futuro dejó de ser una promesa compartida para convertirse en una incógnita gestionable. Los aprendices de Gramsci se toparon con el espejo de su propia realidad, olvidaron las verdades revolucionarias para asumir las ideas acolchadas del woke y se recostaron en la indiferencia que les proporcionó la vida burguesa.

Logotipos de Izquierda Unida, Sumar y Podemos
En Castilla y León, donde la política nunca ha sido épica y las transformaciones llegan tarde y desgastadas, ese modelo terminó por mostrar todas sus costuras. El laboratorio permanente acabó cristalizando en una ruptura que es tanto organizativa como cultural: Podemos e Izquierda Unida iniciaron senderos paralelos hace cuatro años y ahora se juegan todo a una carta justo cuando su espacio político es más frágil que nunca.
Dicen que la unión hace la fuerza, pero aquí la fortaleza se mide en términos de poder, tanto económico como político. Por un lado, figura la coalición Podemos-Alianza Verde, con un peso del 90 por ciento de los «morados» y de un diez de los «verdes», aunque las posibles asignaciones futuras de las Cortes se las reparten en un 95 y cinco por ciento, respectivamente. La portavocía correspondería a Podemos y la viceportavocía, a Alianza Verde. Por el otro, está Izquierda Unida, que integra al Movimiento Sumar y a Verdes Equo. Aunque en todas las circunscripciones la denominación será la general, en Zamora se presentarán con la de Izquierda Unida-En Común. Las subvenciones serán en un 60 por ciento para IU, en un 30 por ciento para Sumar y en un diez por ciento para los «verdes».
Esta es la historia de esa separación. No solo de cómo se rompió una negociación electoral, sino de por qué ya no era posible sostenerla.
El politólogo Pedro José Villanueva defiende que la evolución reciente del sistema político español no solo evidencia una asimetría entre el auge de la extrema derecha y la desaparición de una extrema izquierda sólida, sino que revela una deriva profundamente negativa del modelo democrático: «No se trata de una anomalía pasajera, sino del resultado acumulado de decisiones erróneas sostenidas en el tiempo como políticas públicas incapaces de garantizar bienestar material, una crisis de representación persistente y una desconexión creciente entre instituciones y ciudadanía».
Juan Gascón, coordinador de Izquierda Unida, asegura que ellos siempre han entendido que en el espacio de la izquierda no sobra nadie. «Queremos construir un proyecto que tenga el perfil de Castilla y León, que demuestre nuestra capacidad de hacer que las necesidades de los ciudadanos de nuestra comunidad se pongan en el ámbito del debate a nivel estatal», destaca el político, que cree que los votantes perciben que «el proceso iniciado por Trump y la extrema derecha es un plan fallido para la comunidad y las personas más vulnerables». Por eso propusieron a los morados despejar la X del cabeza de lista a través de unas primarias en las que los afiliados decidieran entre el candidato de Izquierda Unida y el de Podemos. «Lo rechazaron igual que hace cuatro años», dice Gascón al referirse a la negociación de las últimas elecciones. Añade además que no consiguieron sentarse con Miguel Ángel Llamas, sucesor de Pablo Fernández, y lamenta que las pocas conversaciones se redujeron a llamadas telefónicas. «Si no hay una negociación en un sitio concreto, con una mesa en la que debatamos cuáles son las cosas en las que estamos de acuerdo y cuáles las diferencias es complicado llegar a un acuerdo», destaca. Gascón subraya que entre las exigencias de los morados para concretar una unión electoral estaba la salida de IU del gobierno de España. «Eso fue antes de las elecciones en Extremadura. Después, les bastaba con que echáramos a Sumar de la coalición en Castilla y León». Analiza la situación de la izquierda y asume que Sumar fue un artefacto bueno en su origen pero no ha sido útil. «Hay que poner en marcha una fórmula en la que puedan participar los movimientos sociales, los ecologistas, CCOO, la ciudadanía organizada en plataformas», reflexiona.
La sangre que bombea el corazón social no tiene un color definido. Pedro José Villanueva considera que la precariedad laboral crónica, la dificultad de acceso a la vivienda, la presión sobre los servicios públicos y la sensación de competencia por recursos escasos han erosionado la promesa integradora del Estado del bienestar. «Ese malestar no desaparece: se desplaza. Cuando los partidos dejan de representar conflictos sociales reales y se convierten en meros gestores del sistema, la democracia entra en una fase de vaciamiento que alimenta la desafección y el resentimiento», dice.
Defiende que en ese contexto, la desaparición de Ciudadanos no abrió un vacío neutro, sino un espacio que la extrema derecha ha ocupado con eficacia. «Vox no triunfa por nostalgia, sino por su capacidad para explotar los fallos del sistema liberal y presentarse como la única alternativa frente a unas élites percibidas como ineficaces. La radicalización, especialmente entre los jóvenes, es menos ideológica que emocional: una respuesta al incumplimiento sistemático de las promesas democráticas».
Este marco general es imprescindible para entender lo que ocurre en Castilla y León. Y es que, la ruptura entre Podemos e Izquierda Unida no es una rareza local, sino una expresión territorial de una crisis más profunda del radicalismo de izquierdas en España.
Raigambre en el territorio
Podemos llegó a Castilla y León como llegó a casi todo el país: rápido, ruidoso y con vocación de ruptura. En 2015 obtuvo diez procuradores y se convirtió en la principal fuerza de oposición de izquierdas. Izquierda Unida, mientras tanto, hacía lo que mejor se le da: concejales en pueblos pequeños, militancia envejecida pero constante, y una presencia institucional modesta pero estable.
Diez años después, el balance es el inverso. Podemos ha pasado de diez procuradores a uno solo, integrado además en una coalición, y su estructura territorial se ha ido adelgazando hasta quedar concentrada en las capitales. Izquierda Unida, en cambio, gobierna Zamora, mantiene alrededor de 120 concejales en la Comunidad y conserva algo que en Castilla y León es capital político: implantación rural.
El politólogo Pedro José Villanueva lo resume así: «Podemos fue un partido de ciclo; IU es un partido de sedimentación». El análisis de Juan Gascón, actual secretario de IU en CyL, insiste en esta idea: la izquierda transformadora en Castilla y León solo sobrevive si acepta que aquí el poder se construye despacio y desde abajo, no desde la ola estatal.
La ausencia de una extrema izquierda fuerte en España no se explica por la falta de malestar social, sino por una incompatibilidad profunda entre el radicalismo de izquierdas y la cultura política surgida tras la Transición. Desde el final del franquismo, el país ha sido gobernado mayoritariamente por fuerzas socialistas o de centroizquierda, lo que ha consolidado una idea muy concreta de progreso: reformista, gradual, institucional.
El comunismo, entendido como horizonte político, quedó asociado a rigidez ideológica, ineficiencia económica y tentaciones autoritarias. No solo dejó de ser deseable; pasó a ser impensable. Incluso en los momentos de mayor contestación social, el límite del conflicto nunca llegó a cuestionar de forma creíble el marco liberal-democrático. España aprendió a desconfiar de las rupturas totales.
Podemos fue consciente de ese límite desde su origen. Nunca aspiró a ser un partido comunista, sino una forma de populismo de izquierdas adaptada a la desafección contemporánea. Su éxito inicial no residió en una propuesta económica radical, sino en su capacidad para traducir el malestar en lenguaje político comprensible. Cuando esa traducción se agotó, el proyecto empezó a vaciarse.
La reconfiguración posterior del espacio progresista bajo Sumar no ha corregido ese problema, sino que lo ha hecho más visible. La renuncia al conflicto estructural, el personalismo como forma de liderazgo y la gestión tecnocrática de las contradicciones han reforzado la percepción de que la izquierda ya no ofrece una alternativa, sino una administración más amable del presente. En ese contexto, la izquierda radical no desaparece por falta de razón, sino por falta de encaje cultural. El conflicto existe, pero no encuentra forma política estable. Y ese vacío es el que explica, en parte, la fragmentación actual.
Dos maneras de entender el conflicto con el PSOE
La fractura no es solo organizativa, sino estratégica. En las entrevistas mantenidas durante la negociación electoral, Miguel Ángel Llamas —candidato de Podemos— repite una idea como un mantra: el problema no es estar o no en un gobierno de coalición, sino estar subordinado. Para Podemos, Izquierda Unida ha cruzado una línea roja al integrarse en Sumar y sostener, aunque sea críticamente, al Gobierno de coalición con el PSOE.
«Nosotros pedíamos gestos tangibles de autonomía», explica. Gestos que, según su versión, IU estuvo dispuesta a hacer hasta que el reparto de poder entró en escena. El conflicto por el número uno de la lista de Valladolid, con la propuesta de alternancia de dos años para cada partido, terminó de dinamitar una negociación ya muy erosionada.
Desde Izquierda Unida, el diagnóstico es otro. José Sarrión, ya fuera de la primera línea, pero todavía referencia intelectual del espacio, apunta a un riesgo mayor: confundir identidad con aislamiento. Para IU, la política útil pasa por influir, incluso desde posiciones incómodas, y no por mantener una pureza que condene a la irrelevancia institucional.
Hay también un choque de culturas políticas. Podemos sigue reivindicando las primarias, la ausencia de financiación bancaria y la confrontación discursiva como señas de identidad. Izquierda Unida reivindica algo menos épico pero más tangible: alcaldías, presupuestos, gestión.
En Castilla y León, donde más del 90% de los municipios son pequeños o muy pequeños, esa diferencia no es menor. «Aquí no se gana con un buen discurso en Twitter, se gana estando», resume un cargo municipal de IU. «La sensación que tengo es que tiene más posibilidades la coalición de IU unida a Sumar que a Podemos, quizás porque en esta comunidad el comportamiento electoral se da en clave estatal», apunta Sarrión, que asume que Podemos es un actor político con el que «hay que contar» aunque afirma no obstante que los morados han priorizado una política de supervivencia partidista por encima de los intereses de país y les achaca posiciones ventajistas: «Echo de menos que hubieran planteado todo este radicalismo cuando tenían la vicepresidencia». El también profesor de la Universidad de Salamanca defiende que si bien hay análisis críticos al Gobierno que le parecen razonables, la sensación que dejan es que su propósito es construir una especie de nicho lectoral, un espacio autónomo para sobrevivir como organización. «Y esto no puede ser porque si hay un partido generoso ha sido IU», advierte y añade que estuvieron dispuestos incluso a hacerse el harakiri para que la izquierda a la izquierda del PSOE tuviera más visibilidad.
Podemos, por su parte, sigue hablando de liderazgo público de la economía, de industria verde, de ruptura con el modelo bipartidista. El problema no es el qué, sino el desde dónde. Sin red municipal, sin cuadros intermedios y con una militancia menguante, el proyecto se parece cada vez más a una declaración de principios que a una alternativa de poder. Miguel Ángel Llamas quiere dejar claro que su pretensión nunca fue condicionar la elección de Izquierda Unida sino que evidenciara un movimiento político que demostrara autonomía frente al PSOE. «El problema no es si estás o no en el Gobierno sino si eres una fuerza subordinada dentro de él o tienes autonomía», dice.
— ¿Pero el problema de que IU esté con Sumar es la propia plataforma Sumar o Yolanda Díaz? ¿Incluyen a los ministros de Cultura, Consumo e Infancia en el lote?
— Esa pregunta ya revela que aquello no es un conglomerado muy claro, pero es cierto que IU quería pactar con Movimiento Sumar y nosotros, no.
No obstante, Llamas asegura que los de Izquierda Unida estuvieron dispuestos a quebrar el pacto con el partido magenta y la única razón para que no lo hicieran fue su negativa a cederles el primer puesto de la lista para las elecciones. «Incluso les ofrecimos ir a un dos, dos: dos años ellos y dos nosotros», concede. No obstante, zanja la polémica y asegura que es su partido el que ha defendido los servicios públicos y los derechos sociales «hasta en los peores escenarios y hasta las últimas consecuencias».
En cualquier caso, la separación electoral no es el origen del problema, sino su consecuencia. La izquierda radical en Castilla y León lleva años encogiendo, y lo hace mientras se fragmenta. Cada actor señala al otro como responsable, pero el diagnóstico estructural es más incómodo: menos votos, menos militancia y menos capacidad de disputar hegemonía. Pedro José Villanueva afirma que la reconfiguración del espacio progresista mediante Sumar, bajo el liderazgo personalista de Yolanda Díaz, no corrige esta deriva, sino que la agrava. «la falta de una identidad colectiva clara, la renuncia al conflicto estructural y la incapacidad de sostener principios normativos fundamentales — como el feminismo, especialmente en los casos de acoso— refuerzan la percepción de debilidad e incoherencia».
Juan Gascón lo plantea con crudeza: «La izquierda alternativa ha pasado de querer gobernar a querer tener razón». En ese marco, la ruptura entre Podemos e Izquierda Unida no es un accidente, sino el desenlace lógico de dos proyectos que ya han emprendido caminos divergentes.