Diario de León

El infierno de los leoneses en Krasny Bor

Esta semana se cumplen 85 años de la apertura de los banderines de enganche de Falange para alistarse en la División Azul. Alemania acaba de invadir la Unión Soviética y el franquismo comienza su participación camuflada en la Segunda Guerra Mundial. Una nueva investigación incementa a 69 el número de muertos leoneses en los campos rusos

ARCHIVO DE LUIS ROBLES Tumba de Miguel Ramiro Pérez situada en el Cementerio de Sluzk. El divisionario que aparece detrás de la cruz era su cuñado Alfonso Ruiz Chico

ARCHIVO DE LUIS ROBLES Tumba de Miguel Ramiro Pérez situada en el Cementerio de Sluzk. El divisionario que aparece detrás de la cruz era su cuñado Alfonso Ruiz Chico

Cristina Fanjul
LEÓN

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Los primeros días que pasé en el frente ruso todo parecía indicar que había ido hasta allí sólo para desfilar. Pero la realidad fue otra. Un día salí de la chabola de madera para ir a relevar a un compañero y cuando llegué a la trinchera solo encontré sus restos diseminados, porque un disparo de mortero le había alcanzado de lleno y explotaron las granadas que llevaba colocadas en la cintura. El ánimo se me vino a los pies cuando comprendí la realidad de la guerra». Jacinto Miguel Solano. 10ª Compañía, 3º Batallón, Regimiento 262.

Juan Ávila Arias, de Sahagún, cabo del Regimiento 263 de la División Azul. El 27 de abril de 1942 le fue concedida la Cruz de Hierro de 2ª clase.

Juan Ávila Arias, de Sahagún, cabo del Regimiento 263 de la División Azul. El 27 de abril de 1942 le fue concedida la Cruz de Hierro de 2ª clase.DL

A Vicente le aplastó una pieza de artillería. Había salido de Canales en julio de 1941 como voluntario en la primera expedición de la División Azul. Le enviaron a Grafenwöhr, en Baviera, el centro de entrenamiento militar más grande de Europa donde los soldados practicaban maniobras pesadas con fuego real. Para él no hubo la más mínima oportunidad. El cañón que le pasó por encima tenía un peso de entre una y diez toneladas. En cuestión de segundos le había roto todos los huesos, que actuaron como cuchillos y cortaron sus arterias principales. Murió desangrado un 20 de agosto. Su aventura apenas alcanzó 30 días. Fue el primer cadáver de una generación que se quedó en algún lugar de la tundra soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Niños apenas arrancados de la infancia —muchos contaban entre 15 y 20 años— se embarcaron en una aventura que emprendieron como una cruzada contra el comunismo y que acabó con sus cuerpos y mentes. Las fuentes describen un rosario de sufrimiento y horror que se tradujo en secuelas psiquiátricas y transtornos emocionales de por vida.

A Vicente le aplastó una pieza de artillería. Había salido de Canales en julio de 1941 como voluntario en la primera expedición de la División Azul

Daniel Infantes y Francisco Grajera han realizado una profunda investigación, Los caídos de la División Azul, cuya novedad más destacada es la relación de los 6.000 hombres que nunca volvieron, una cifra que supera con creces a los aproximadamente 5.000 muertos que hasta la fecha se daban como válidos.

En el caso de la provincia, los autores han localizado 69 divisionarios procedentes de una treintena de localidades de León, incluida la capital. Las defunciones tuvieron lugar a lo largo de 1941 (nueve casos), 1943, año en el que fueron masacrados 43 hombres, 14 de ellos en la sangrienta batalla de Krasny Bor, y 1944, en el que se documenta la muerte de Bernardo Martín Caballero, natural de Ponferrada y con destino en la Tercera Bandera Mixta de la Legión Azul. Fue la unidad militar que luchó en Rusia una vez repatriada la División a finales de 1943. Moriría el 26 de enero de 1944 en la batalla de Liuban, en el sector de Leningrado, la actual San Petersburgo.

Los restos hallados de los leoneses caídos en el frente soviético reposan en 13 cementerios rusos, uno de Estonia (Dorpat) y otros dos en Alemania: Konigsberg, localidad en la que existía un hospital de retaguardia donde fueron enviados muchos divisionarios convalecientes de las heridas de guerra, y el ya citado Grafenwöhr.

Imagen de un grupo de españoles de la División Azul en Rusia

Imagen de un grupo de españoles de la División Azul en RusiaArchivo de José María Gómez-Nieves Rodríguez del Castillo

Los restos hallados de los leoneses caídos en el frente soviético reposan en 13 cementerios rusos, uno de Estonia (Dorpat) y otros dos en Alemania: Konigsberg, localidad en la que existía un hospital de retaguardia donde fueron enviados muchos divisionarios convalecientes de las heridas de guerra, y el ya citado Grafenwöhr

Armellada, Cacabelos, Camposolillo, Canalejas, Canales, Cármenes, Cerezales del Condado, Chozas de Abajo, Cistiera, Crémenes, Felechas o Villalobar son algunos de los pueblos de los que partieron los leoneses que se embarcaron en la campaña contra la Unión Soviética. Como José Antonio Díaz Abello, de Caboalles de Arriba, obligado a incorporarse a la división para terminar su servicio tras la Guerra Civil. Sirvió como telefonistas en la retaguardia y sobrevivió a las temperaturas extremas antes de regresar a su pueblo para trabajar como zapatero. Urbano Díez García destacó como capitán en la división y tuvo como madrina de guerra a Pilar Primo de Rivera.

Además de los leoneses que murieron encuadrados en las filas de la División y la Legión Azul, hubo un capitán de la Escuadrilla, José Antonio García-Alfonso Menéndez Conde, natural de Moral de Órbigo, que lo hizo en combate aéreo el 21 de marzo de 1943 en Sheschtshinskaja. Asimismo, dos divisionarios cisastures tuvieron la desdicha de caer prisioneros del ejército ruso. Fueron José Manuel Caballero Hidalgo, fallecido en fecha desconocida durante el cautiverio en el campo de concentración de Cherepovits, y Manuel Caballero Mora, que murió en 1944 durante su prisión en el campo de Bovorosy. Afortunadamente, hubo otros que sobrevivieron al Gulag y regresaron a España en el Semíramis. Las penalidades a las que tuvieron que enfrentarse en estos campos de Stalin se prolongaron durante nueve años. Entre ellos se encontraban Benito Bautrulle del Río, Eladio Bello Veces, Modesto Fernández Riesgo, Cayetano López Bueno, Joaquín Montaña González y Gumersindo Pestaña Fernández.

Gumersindo Pestaña, leonés y uno de los prisioneros de la División Azul que retornaron a España el 4 de abril de 1954 a bordo del buque Semíramis, después de haber pasado más de una década cautivos en el Gulag soviético

Gumersindo Pestaña, leonés y uno de los prisioneros de la División Azul que retornaron a España el 4 de abril de 1954 a bordo del buque Semíramis, después de haber pasado más de una década cautivos en el Gulag soviéticoDL

Joaquín Montaña, que falleció en 2017, contó el relató de su infierno de dosce años en el Gulag en el libro de Ramón Cela En Rusia con la División Azul. En él confesó que durante sus doce años de cautiverio les fueron moviendo por muchas cárceles y campos de concentración de toda Rusia. «Para protestar por el hecho de que los rusos no cumplían la Convención de Ginebra en el trato con los prisioneros, él y el resto de españoles se declararon en huelga de hambre», cuenta el autor de la obra, que añade que perdió un ojo en plena línea del frente y siguió combatiendo. «Su especialidad era el manejo del mortero, con el que barría los francotiradores apostados en lugares estratégicos. Sólo hay que fijarse en los datos de la batalla de Krasny Bor: 5.600 españoles se enfrentaron a 44.000 rusos. Mataron a 1.900 españoles, y los españoles... ¡a 14.000 rusos! Nadie se lo explica», confiesa. «También vivió el cerco de Leningrado, que duró 990 días y en el cual la gente comió ratas, serrín... de todo. Allí, una niña de 12 años escribió un diario, al estilo del de Anna Frank, en el que contaba cómo iba muriendo su familia».

Cruz del Cementerio de la División Azul en Posselok (Rusia)

Cruz del Cementerio de la División Azul en Posselok (Rusia)ARCHIVO DE JOSÉ MARÍA GÓMEZ-NIEVES

Muchos de ellos sufrieron la batalla de Krasni Bor, librada el 10 de febrero de 1943. Fue el punto culminante de la Operación Estrella Polar, que buscaba romper definitivamente el cerco de Leningrado mediante un ataque masivo en el sector defendido por los españoles. La batalla comenzó a las 6.45 de la mañana con un bombardeo sin precedentes de entre 800 y mil piezas de artillería soviéticas, incluidos los temibles órganos de Stalin (lanzacohetes Katyiusha), que machacaron las líneas españoles durante más de una hora y media. De hecho, la primera línea española fue literalmente borrada del mapa. la mitad de las bajas de ese día se produjeron en esas dos horas. Los supervivientes describían escenas dantescas de hombres y restos de humanos volando por los aires. Tras el bombardeo, se inició un asalto masivo de infantería y blindados. La desproporción de fuerzas fue catastrófica: unos 5.900 españoles tuvieron que hacer frente a 44.000 soviéticos apoyados por cien carros de combate. Además, Rusia había decidido atacar en oleadas sucesivas y los españoles, parapetados en los cráteres dejados por las bombas, disparaban a bulto contra la masa de atacantes

Gráfico

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En medio de toda esta desolación y miseria llama la atención la historia de redención que se fragüó entre los españoles que padecieron las torturas soviéticas. Y es que esos divisionarios de Franco acogieron a los republicanos que, tras sufrir en los campos de exterminio nazis, fueron desahuciados en los campos descritos por Alexandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag. Fue el caso de otro leonés, Nicolás. Este maestro, que emigró de León a Asturias para enseñar castellano a los niños de Gijón, se exilió a la Unión Soviética junto a su mujer y su hija durante la guerra. Al poco de llegar fue desterrado a Siberia, donde moriría poco tiempo después de neumonía, enfermedad que contrajo durante el traslado de un campo de concentración a otro. Su nieto, Gonzalo Barrena Díez, explica que era miembro de la CNT. «La firmeza en sus convicciones le llevó a marcharse junto a los niños a la antigua URSS», precisa. Recuerda que en Leningrado les hablaba mucho a los niños de España y formulaba críticas al régimen comunista, por lo que fue denunciado por uno de los españoles. «Me imagino que fueron los detonantes de una actitud crítica hacia el estalinismo y en una de las purgas acabó en Siberia». Otro de ellos fue David Valbuena, maestro de Vega de Gordón. Detenido en Leningrado durante el invierno de 1940, por lo que su detención se produjo antes de la invasión alemana de la URSS. Murió durante su cautiverio.

Los divisionarios de Franco acogieron a los republicanos que, tras sufrir en los campos de exterminio nazis, fueron desahuciados en los campos descritos por Alexandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag

Daniel Infantes y Francisco Grajera han realizado una profunda investigación, Los caídos de la División Azul,

Daniel Infantes y Francisco Grajera han realizado una profunda investigación, Los caídos de la División Azul,dl

Los divisionarios sufrieron temperaturas de 50 bajo cero, jornadas extenuantes de trabajo forzados y hambrunas severas y se convirtieron en víctimas de purgas arbitrarias y aislamiento. Hubo ejecuciones sumarias. Se les descerrajaba un tiro en la nuca y sus cuerpos se quedaban en las cunetas durante las marchas hacia los centros de internamiento. Una de las peores torturas fueron las marchas de la muerte, durante las que eran obligados a realizar trayectos a pie de decenas de kilómetros con temperaturas de 30 grados bajo cero. Los muertos iban cayendo y dejaban regueros de sangre por la nieve. Los guardias soviéticos sometían a los prisioneros a simulacros de fusilamiento, les obligaban a cavar sus propias tumbas antes de reintegrarlos a las filas. La dieta consistía en raciones exiguas de kasha, una especie de gachas, sopa de remolacha con ortigas, carne de caballo agusanada o pescado podrido. Debido a la hambruna, los prisioneros llegaron a comer insectos, lagartos, ratones, hierbas y líquenes. El leonés Pablo Domínguez murió en el campo de Chelaviski (Urales) después de ingerir hierbas silvestres venenosas. Los reclusos sufrían constantemente de escorbuto, fiebres tifoideas, tuberculosis, neumonía y disentería. Trabajaban de sol a sol en condiciones extremas: construían canales, tendían líneas de ferrocarril y extraían minerales de las minas y, en el caso de caer exhaustos, les pisoteaban hasta la muerte o les echaban a los perros.

Se les descerrajaba un tiro en la nuca y sus cuerpos se quedaban en las cunetas durante las marchas hacia los centros de internamiento. Una de las peores torturas fueron las marchas de la muerte, durante las que eran obligados a realizar trayectos a pie de decenas de kilómetros con temperaturas de 30 grados bajo cero

Conocida de manera oficial como la División Española de Voluntarios o la 250ª División de Infantería de la Wehrmacht, la División Azul fue un cuerpo de tropas enviado por el régimen de Franco para luchar junto a la Alemania nazi durante la IIGM. Los soldados mantenían una esencia netamente española. Vestían un uniforme verde grisáceo alemán pero portaban en la manga derecha un escudo con los colores de la bandera de España y en el pecho el emblema de la Falange.

El diario Proa, en su edición del 14 de julio de 1941, dedicó su portada a la «emocionante despedida» de la primera expedición a Madrid . La banda municipal de música precedió a los voluntarios hasta la estación de ferrocarril, donde las integrantes de la Sección Femenina distribuyeron hatillos de comida, chocolate, cigarrillos y, en ocasiones, notas con versos patrióticos —No decaigas, camarada, que Dios lo ha dispuesto así. Lucha contra el comunismo hasta vencer o morir—. La organización de Pilar Primo de Rivera fue la encargada de gestionar y recolectar donaciones para suplir de suministros, sobre todo en las campañas de Navidad. Tanto DIARIO DE LEÓN como Proa informan de la recaudación en los pueblos leoneses. En una de las campañas, las afiliadas recaudaron 250 pesetas en Hospital de Órbigo, cien en Valderas, 20 en San Martín del Camino, 25 pesetas en Gordoncllo y otras 25 en Valdevimbre entre otras localidades de la provincia. Cada uno de los equipos se componía de un par de calcetines, otro de guantes, un pasamontañas, medio kilo de jamón, otro de embutido, turrones, mazapanes, dulces, vino, tabaco, un devocionario, gafas ahumadas para la nieve y fotografías de Franco y José Antonio. Sin embargo, muchos de estos aguinaldos llegaron con retraso o no lo hicieron.

El entusiasmo decaía y, a medida que se conocieron las condiciones inhumanas que se vivían en el frente ruso, las despedidas dejaron de ser festivas. De hecho, para los últimos reemplazos el reclutamiento se volvió más difícil y el régimen se vio obligado a recurrir a la recluta obligatoria. Las secuelas físicas de la campaña rusa fueron devastadoras para numerosos voluntarios. El frío extremo, las congelaciones y las heridas de combate provocaron amputaciones y discapacidades permanentes que condicionaron el resto de sus vidas. En algunos casos, la situación económica de los mutilados llegó a ser tan precaria que las autoridades provinciales tuvieron que intervenir directamente para sufragar los gastos de sus prótesis. Uno de los casos más significativos fue el de Alberto Coscollá Teixidor, voluntario de tan solo diecinueve años que perdió ambas piernas, probablemente como consecuencia de las congelaciones sufridas durante la travesía del Lago Ilmen. En julio de 1942 fue nombrado hijo adoptivo de la localidad valenciana de Oliva y se organizó una suscripción popular destinada a ayudarle económicamente. La iniciativa estuvo encabezada por el gobernador civil de Valencia, que aportó personalmente 5.000 pesetas.

En León se realizaron concursos para la provisión de plazas en diversos ayuntamientos para los que los excombatientes de Rusia tenían preferencia: plaza de alguacil-portero en el ayuntamiento de Toreno (año 1957) y en Ardón en 1959

La solidaridad institucional también se manifestó en Tarragona, donde el gobernador civil financió íntegramente la adquisición de una pierna artificial para José Sanz Gurri, caballero mutilado de la División Azul. La prótesis tuvo un coste de 1.500 pesetas, una cantidad considerable para la época, que fue asumida por las autoridades provinciales.

Las consecuencias de la guerra acompañaron a muchos veteranos durante décadas. En 1963, más de veinte años después de haber combatido en Rusia, Cayetano Tomillo Presa, vecino de Valladolid, excombatiente de la Guerra Civil y voluntario de la División Azul, se encontraba confinado a una silla de ruedas tras haber sufrido la amputación de ambas piernas como consecuencia de las congelaciones padecidas en el frente ruso. Ante su situación, solicitó la concesión de una casilla para instalar un quiosco de venta de lotería que le permitiera obtener ingresos y mantener una vida digna.

La madre de Juan Condiño Cortés. En 1943 presentó una reclamación ante la Jefatura Local de Falange denunciando que no había recibido las mensualidades correspondientes a julio y agosto. La mujer alegaba que dependía de ese dinero para subsistir, pues vivía en una situación de extrema pobreza y tenía además a su cargo una hija enferma

Mientras los mutilados intentaban reconstruir sus vidas, las familias de los caídos afrontaban la pérdida de sus seres queridos y, en muchos casos, la desaparición del principal sustento económico del hogar. Las administraciones locales trataron de aliviar las dificultades económicas de los familiares. Con frecuencia, los ayuntamientos se adelantaron a las pensiones que posteriormente concederían los gobiernos español y alemán. Estas ayudas pretendían cubrir las necesidades más urgentes de viudas, huérfanos y padres de los fallecidos, especialmente en aquellos hogares donde el voluntario constituía la única fuente estable de ingresos. El Ayuntamiento de Badajoz acordó en marzo de 1942 conceder una gratificación de 2.000 pesetas a las familias de los residentes en la capital que hubieran muerto o muriesen en el frente ruso. Sin embargo, varios meses después modificó el criterio inicial y estableció una diferenciación entre los beneficiarios: mientras que los padres de los fallecidos continuarían percibiendo las 2.000 pesetas, las viudas y los huérfanos pasarían a recibir únicamente 750 pesetas. En León se realizaron concursos para la provisión de plazas en diversos ayuntamientos para los que los excombatientes de Rusia tenían preferencia: plaza de alguacil-portero en el ayuntamiento de Toreno (año 1957) y en Ardón en 1959. No obstante, y a pesar de las promesas oficiales, las retribuciones económicas destinadas a los familiares de los divisionarios no siempre se abonaron con regularidad. Un ejemplo revelador es el de la madre de Juan Condiño Cortés. En 1943 presentó una reclamación ante la Jefatura Local de Falange denunciando que no había recibido las mensualidades correspondientes a julio y agosto. La mujer alegaba que dependía de ese dinero para subsistir, pues vivía en una situación de extrema pobreza y tenía además a su cargo una hija enferma. La documentación posterior permite seguir parcialmente la trayectoria de algunos de estos veteranos. Diez años después de regresar del frente ruso, el propio Juan Condiño Cortés solicitó autorización municipal para instalar un puesto de elaboración y venta de buñuelos, una iniciativa que ilustra las dificultades económicas que muchos antiguos voluntarios continuaban afrontando incluso una década después del final de su experiencia militar.

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