El forzudo polizón del gimnasio del Titanic
Mientras miles de leoneses cruzaban el Atlántico en busca de un futuro mejor, José Diéguez emprendió un viaje extraordinario que lo llevaría hasta el transatlántico más famoso de la historia, sobreviviendo a una tragedia que conmocionó a las familias emigrantes

Tomas W. McCawley, el gran amigo de José Diéguez, remando en el innovador y elegante gimnasio del Titanic, en el que trabajaban juntos durante la travesía.
Desde muy joven, se notaba que era especialmente espabilado mostrando mucha agudeza mental, y a medida que se fue haciendo mayor, igualmente destacaba por poseer una fuerza física que llamaba la atención a todo aquel que lo conocía, pues desde niño no tuvo una vida fácil dado que al nacer en el seno de una familia muy humilde tenía que compatibilizar las faenas propias del trabajo en el campo de un chaval nacido en una aldea del interior de Galicia, con la asistencia a la escuela donde en aquel entonces había que acudir obligatoriamente para aprender a leer y a escribir, además de las cuatro reglas fundamentales de matemáticas que permitían desenvolverse en la vida, cosa que debido a su fina inteligencia no le resultó nada difícil de adquirir, tónica general ésta de trabajo en la infancia, propia de la supervivencia de quienes vivían la vida rural del siglo XIX.
José Muíño Diéguez, más conocido por José Diéguez, había nacido en la parroquia de Gende en el ayuntamiento pontevedrés de La Lama el 19 de febrero de 1875, hijo de Manuel Muíños Camiña, de profesión zapatero, y de Carmen Diéguez sin segundo apellido, de profesión las «ocupaciones propias de su sexo». La historia de José Diéguez no puede entenderse únicamente como la de un atleta excepcional. Su trayectoria forma parte de un fenómeno mucho más amplio que marcó profundamente la vida de millones de españoles entre finales del siglo XIX y comienzos del XX: la emigración. Galicia fue una de las regiones más afectadas por este éxodo, pero no estuvo sola. También en las provincias vecinas de León y Asturias, así como en buena parte del noroeste peninsular, miles de hombres y mujeres abandonaron sus aldeas impulsados por la pobreza, la falta de oportunidades y la esperanza de construir un futuro mejor lejos de su tierra natal. Diéguez pertenecía precisamente a esa generación de emigrantes. Compartió las mismas inquietudes y aspiraciones que tantos jóvenes gallegos y leoneses de su tiempo. Mientras unos se dirigían a Cuba, Argentina o México, él encontró primero una oportunidad en Portugal, donde desarrolló una brillante carrera deportiva. Sin embargo, como les ocurrió a muchos de sus contemporáneos, América seguía representando la posibilidad de prosperar definitivamente. Su posterior decisión de intentar llegar a Nueva York enlaza así su biografía con una de las grandes corrientes migratorias que transformaron la historia social del noroeste español.
Prototipo de atleta, seco de carnes, de 68 kilos de peso, sus músculos estaban extraordinariamente pronunciados gracias a una voluntad de acero. Entre las gestas de este fornido joven cabe destacar que era capaz de destrozar una manzana con la fuerza de las manos o romper cuatro nueces sujetándolas al unísono entre los dedos sin cerrar el puño, simplemente con la fuerza de la aducción, además de ser capaz también de romper con las manos en una sola maniobra una baraja de cartas, de doblar clavos y monedas, de levantar grandes pesos como si fueran galletas, y de levantar un ternero y transportarlo 30 metros sin despeinarse, él, no el ternero.
Transcurridas las etapas de la infancia y de la adolescencia en una parroquia que en 1875 tenía una población de apenas 200 habitantes, no se sabe cómo ni porqué, aunque sería por la pobreza y la falta de oportunidades que también llevaron a muchos de sus vecinos a emigrar a América y Portugal a fin de aliviar las tensiones económicas, terminó en Portugal, en Lisboa, donde se inscribió en la asociación que había luchado con más ardor y con más confianza por el fortalecimiento de la juventud portuguesa, el Real Gimnasio Club Portugués, que en 1882 obtuvo el título de Real por el Rey don Carlos, que fue un gran entusiasta de la Educación Física. El gimnasio era una institución privada declarada de utilidad pública que se financiaba con sus propios recursos fundada en 1875 por el profesor Luiz María da Costa Monteiro, que previamente en 1860 había establecido una pequeña escuela de gimnasia en un viejo palacete de Carreirinha do Socorro de la capital lusitana y que enseguida comenzó a abarrotarse de jóvenes que deseaban ejercitarse físicamente. Allí, a principios del siglo XX, Diéguez se convirtió en Campeón de Portugal de Levantamiento de Pesas y Halteras —deporte olímopico que hoy conocemos como Halterofilia— , de la mano de su aventajado discípulo, el profesor Educación Física y entrenador especializado en la enseñanza de la gimnasia sueca, artística y athlética Walter Awata, hombre de grandes valores, con una exquisita educación y cultura, y de múltiples cualidades para casi todos los deportes destacando en la gimnasia, esgrima, el críquet, el fútbol, la vela, el remo y en especial en la natación, donde era un avezado nadador, y sin duda alguna, uno de los más fervorosos impulsores del deporte en la capital portuguesa. Diéguez se convirtió en campeón nacional de Portugal dos veces siendo extranjero.
Se hizo amigo del brasileño Manuel da Silveira, toda una celebricidad y considerado «el hombre más fuete del mundo», que había viajado por los Estados Unidos.
A Diéguez le rondaba la idea de irse hacía ya tiempo. Soltero, sin hijos, quería hacer las Américas, por lo que finalizada su exitosa carrera deportiva se decidió, como la mayoría de los emigrantes de entonces, a cruzar el charco para ir a Nueva York, donde también podía mantenerse físicamente entrenando en el gimnasio de Louis Attila, representante del celebérrimo Eugene Sandow, que se había establecido allí en el año 1894. Para Diéguez, un nuevo comienzo en América era un faro imposible de ignorar, pero el elevado coste de los pasajes que partían en aquel entonces desde Vigo y La Coruñ, lo llevaron a tener que pedirle a su admirado entrenador y sobre todo amigo Walter Awata para que intercediese por él al Instructor de Gimnasia del transatlántico más grande del mundo, el majestuoso Titanic, el escocés Thomas W. McCawley, para que le consiguiese un billete a bajo coste en la tercera clase, que era la más económica pero también la más demandada, y que en pocas semanas partiría rumbo a la ciudad de los rascacielos desde Southampton (Inglaterra).
Atendiendo a la petición de Diéguez, Awata le escribió a Thomas W. McCawley, que accedió a la petición de su admirado colega y mientras le intentaba obtener el pasaje a José Diéguez, que finalmente no pudo conseguir, para conocerlo un poco más y ver en qué medida lo podía ayudar le acogió un mes antes en su casa, que al ver su hercúleo aspecto con aquellos imponentes músculos cincelados como una escultura griega, y comprobado que poseía dotes para la instrucción física, le propuso que dirigiera unas clases en una sala gimnástica de Southpanton.
Al ver entonces lo bien que se desenvolvía y pensando que le podía servir de ayuda en estas tareas en el gimnasio del buque de línea más lujoso que jamás hubiera surcado los océanos, el Titanic, al que acudirían los más exigentes pasajeros de la alta sociedad inglesa, francesa y estadounidense, de manera poco convencional, tras una charla rápida y en secreto, acordaron la oportunidad de viajar como polizón. Para ello, aprovechando que un par de días antes de que zarpara el barco se le permitió a McCawley acceder al gimnasio junto a un «técnico» de la empresa proveedora de los aparatos gimnásticos, que eran eléctricos, coló a Diéguez hasta la cubierta superior del barco, que era donde se ubicaba el gimnasio, lugar donde debía ocultarse durante la travesía, pudiendo dormir sobre una gruesa colchoneta, cuya utilidad era la de amortiguar los impactos producidos por los ejercicios gimnásticos y en la que podía apoyar la cabeza a modo de almohada sobre dos cojines tercioapelados que se utilizaban para los ejercicios de suelo, llevándole comida y agua al menos una vez al día.
El plan era difícil que fracasara, pues al gimnasio sólo tenían acceso los pasajeros de primera clase (a los de segunda y tercera clase, no se les ofrecía más que pasear por las cubiertas a modo de ejercicio físico),y ni siquiera la tripulación podía acceder, por lo que resultaría muy difícil que fuese descubierto, y dado que apenas hablaba inglés, McCawley le dijo que se hiciera pasar por sordomudo para evitar meter la pata si alguien le daba conversación.
El gimnasio del Titanic, que en aquel tiempo era un referente mundial de elegancia e innovación, se encontraba en la cubierta de botes, en el lado de estribor, entre las dos primeras chimeneas, justo en la parte posterior de la Gran Escalera principal de primera clase, era accesible desde el puente y estaba muy cerca de las zonas más lujosas para pasajeros de primera clase y alejado de los pasajeros de segunda o tercera. Estaba equipado con máquinas de remo, bicicletas estáticas unidas a un enorme dial de pared que indicaba la distancia recorrida, caballos y camellos eléctricos, pesas ligeras, alguna barra de levantamiento, dispositivos de masaje y la ºcolchoneta y cojines, además de algún otro aparato de ejercicio de la época diseñados por el francés Hippolyte Triat junto a Gustav Zander. En lo que a decoración se refiere, tanto las paredes como el techo estaban forrados de madera blanca, tenía tres columnas con capiteles jónicos de madera de roble y la pared de babor tenía colgadas unas pinturas luminosas de un mapamundi y otra con vistas del propio buque. Para su disfrute, los pasajeros tenían horarios separados por género y edad: por la mañana acudían las mujeres, al mediodía los niños y por la tarde los caballeros. Y para hacer ejercicio en el moderno gimnasio del barco, las mujeres debían llevar ropa adecuada de entrenamiento de la época Eduardiana, que era básicamente su ropa de diario, lo que incluía corsés, sombreros, faldas hasta los tobillos y tacones. Los hombres, por su parte, lo tenían un poco más fácil, pues sólo tenían que llevar traje de tres piezas sin sombrero.
El 14 de abril de 1912, tres horas antes de que el barco se sumergiera —a las 2:40 horas-, muchos de los pasajeros de primera clase se acercaron al gimnasio que estaba muy próximo a los botes. Algunos de estos pasajeros se refugiaron allí del frío en compañía de sus hijos al igual que otros de la segunda clase, por lo que Thomas W. McCawley se dispuso a ayudarlos colocándoles los chalecos salvavidas a los niños —uno de los supervivientes recordaba que Thomas decía que no se ponía el chaleco porque eso lo haría más lento mientras nadaba— y Diéguez con su enorme fuerza y con coraje y determinación, los aupaba a los botes salvavidas mientras los gritos de los pasajeros aterrados, el caos, el frío cortante del Atlántico y el pánico retumbaban fuera de las ventanas del gimnasio. Se sospecha que un oficial. al ver ese gesto, le ofreció subirse a uno de los botes para cuidar de los pasajeros. El barco al que apodaron «el insumergible» se fue al fondo del mar llevándose consigo más de 1.500 vidas, uno de los capítulos más trágicos de la historia.
En la lista oficial de supervivientes, José Diéguez no aparece con ese nombre, aunque sí se sabe que finalmente sobrevivió al desastre, cosa que no logró Thomas McCawley. En julio de 1914, constaba que Diéguez estaba vivo y vivía en Lisboa. Así figuarba en un certificado judicial de 1915 que emitió el Secretario accidental del Juzgado de Primera Instancia de Puente Caldelas (Pontevedra), para dejar constancia oficial de una sentencia dictada en un juicio civil que confirma la validez de unos contratos de permuta y compraventa de fincas, rechazando la petición de anulación hecha por Manuel Camiña contra José Diéguez y su madre.
Y así, José Diéguez, el culturista y forzudo que sobrevivió al Titanic, aquel polizón del malogrado buque que se fue a pique en la madrugada del 15 de abril de 1912 y que prometió no olvidar jamás lo que Thomas McCawley hizo por él, se convirtió en leyenda. No sólo por su portentosa fuerza física y los títulos conquistados de campeón, sino por su valentía en el hundimiento del barco más famoso de la historia.
Se sabe que tuvo unos prósperos negocios que le permitieron amasar una considerable fortuna y que falleció soltero y sin hijos a causa de una parada cardiorrespiratoria en Lisboa. Tenía 44 años.
Cuando preparaban el cuerpo para el entierro, descubrieron que llevaba colgada al cuello una cadena con un viejo botón metálico grabado con el emblema de la White Star Line (compañía naviera británica famosa por ser la propietaria del Titanic). Era del uniforme de McCawley, la promesa de reencontrarse. Nunca se lo quitó.

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic
El gimnasio del Titanic

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic
Deporte por turnos y sólo para pasajeros de primera clase

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic
El forzudo polizón

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic
El polizón que salvó vidas en el Titanic

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic
Dormir sobre la colchoneta de ejercicios

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic
La gimnasio, refugio de los pasajeros

Imágenes del polizón del gimnasio del Titanic