El testigo leonés del amor de Lorca

Imagen de Federico con La Barraca. El tercero de pie por la derecha, y con un cartapacios marrón, es Rodríguez Rapún.
Si estoy donde me encuentro, Federico, / es porque me enseñaste, me dijiste, / me hablaste, me escuchaste, me entreabriste». La bola negra, la película de los Javis, rescata a una de las personalidades intelectuales del siglo XX de León. Luis Sáenz de la Calzada, autor de estos versos, se pone de actualidad después de que los directores se refirieran al papel que el médico leonés tuvo en la pervivencia de La Barraca, el teatro universitario que puso en marcha el poeta junto a Eduardo Ugarte en octubre de 1931 en una entrevista de Carlos Alsina en Onda Cero. Y es que ahora, cuando se cumplen 95 años de la creación de una de las obras más importantes de la II República, el foco se pone de nuevo sobre una generación que quedó en el olvido después de la guerra.
Luis Sáenz de a Calzada nació en León en 1912. Médico estomatólogo, biólogo, profesor, actor, pintor, poeta y ensayista... su punto de inflexión está marcado por un escenario, la Residencia de Estudiantes, y un proyecto, La Barraca, del que se hizo cargo cuando el éxito obligó al poeta granadino a centrarse en sus propios proyectos teatrales.
La Residencia fue el lugar en el que conoció a Federico García Lorca. Sáenz de la Calzada era una década más joven que el poeta y comenzaba su formación universitaria cuando ambos coincidieron. Años después recordaría que aquel encuentro fue determinante para que se acercara al teatro y a las artes. De hecho, puede decirse que le salvó la vida después de la guerra. Y es que, gracias a su trayectoria en el teatro universitario, fue reclutado por el actor Luis Escobar durante el franquismo y eso le salvó de la cárcel o la muerte.
Los jóvenes que participaron en La Barraca procedían en buena medida de la Universidad Central de Madrid y compaginaban sus estudios con los viajes y las representaciones. El objetivo era llevar el teatro clásico a pueblos y ciudades que no formaban parte de los circuitos culturales habituales.
Testigo de la relación de Lorca y Rodríguez Rapún
Sáenz de la Calzada «se afilió» a La Barraca casi desde su fundación y participó en numerosos montajes. Primero como segundo chófer y después como actor, interpretó personajes de Calderón, Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina y Juan del Encina, además de intervenir en obras de Lorca. El profesor astorgano Javier Huerta Calvo destaca en su obra El Teatro Español Universitario. Espacios de libertad durante el franquismo que Calzada fue el cronista mayor de la compañía.
Su protagonismo en el proyecto fue tal que se convirtió en uno de los que con más profundidad conoció a todos sus integrantes y se convirtiría, por lo tanto, en testigo excepcional de la relación entre Lorca y Rodríguez Rapún. De hecho, el leonés dejó escrita en su obra una descripción física de este, extremo que demuestra hasta qué punto tuvieron una relación de estrecha amistad: «Cabeza muy grande, braquicéfala, cabello ensortijado, frente no muy amplia surcada por una profunda arruga transversal; nariz correcta que le daba, en cierta medida, perfil de estatua griega». La relación con el amante de Federico se prolongó durante los cinco años en los que compartieron ensayos, intendencia y representaciones. Rodríguez Rapún empezó como actor en la compañía, pero muy pronto se hizo cargo d ela gestión. Siempre de viaje, el grupo necesitaba a alguien que organizara las giras, llevara las cuentas, tramitara permisos y resolviera los imprevistos de cada función. Así que, mientras el escritor ensayaba o adaptaba textos, Rodríguez Rapún hacía que actores, vestuario y decorados llegaran al siguiente destino hasta convertirse en su secretario personal.
Luis Sáenz de la Calzada dejó todas sus experiencias con La Barraca en su ensayo homónimo sobre el proyecto cultural. Editado en 1976 por la Revista de Occidente, es la fuente de referencia clave e imprescindible sobre el grupo. Huerta Calvo señala que este ensayo está escrito con rigor y desde el corazón, convirtiendo la historia del teatro universitario en una bellísima elegía por los tiempos pasados, los compañeros desaparecidos en la Guerra Civil y el público rural. A partir de agosto de 1935, cuando Lorca comenzó a distanciarse de la rutina diaria de la compañía por sus compromisos dramatúrgicos (como la adaptación de La dama boba), delegó responsabilidades operativas en Eduardo Ugarte y en un cada vez más activo Luis Sáenz de la Calzada, que asumió personalmente la dirección y el montaje de El caballero de Olmedo de Lope de Vega para su estreno en la Universidad Internacional de Santander.
Su repertorio como actor en La Barraca fueron las sigientes: Don Juan Tenorio en El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, en la que Rafael Rodríguez Rapún interpretaba a Coridón, el Príncipe de las tinieblas en La vida es sueño de Calderón de la Barca, el rey en Las almenas de Toro de Lope de Vega, Suplicio en La Égloga de Plácida y Victoriano de Juan del Encina.
La compañía era teatro, pero también educación, viajes, amistad y experimentación. Los jóvenes ensayaban y actuaban y convivían durante las giras, viajaban juntos y construían una pequeña comunidad alrededor de un proyecto cultural que la República había convertido en uno de sus símbolos educativos.
La documentación conservada permite reconstruir parte de aquella vida cotidiana. Las fotografías muestran a Lorca junto a los actores y colaboradores de la compañía, entre ellos Rodríguez Rapún, mientras los testimonios posteriores recuerdan la relación de amistad que existía entre los integrantes.
La guerra cambió completamente ese mundo. Lorca fue asesinado en 1936 y Rodríguez Rapún murió al año siguiente. La Barraca desapareció y sus integrantes tuvieron que afrontar destinos muy diferentes. Algunos murieron, otros marcharon al exilio y los menos permanecieron en España. La mayor parte de los intelectuales de su época que no perecen en la guerra tendrán que buscar refugio en otros países. A Luis Sáenz de la Calzada le salva Luis Escobar, marqués de las marismas del Guadalquivir y conocido por sus papeles en La escopeta nacional y Patrimonio Nacional, de Luis García Berlanga. «No se puede olvidar que yo perdí la guerra. Y me tocó perderla aquí, en León», contaba. «Luis Escobar me salvó la vida en aquellos momentos tan terribles. Dionisio Ridruejo le había encargado la fundación de la Compañía de Teatro Nacional para que recorriera las ciudades y los pueblos representando autos sacramentales. Luis Escobar, entonces, necesitado de actores, me llevó con él a la compañía. Pasado el tiempo alguien de León me aseguró que mi vida se había salvado al haber marchado con Luis Escobar. Por ello, debo considerarle mi salvador», dijo Calzada.
En 1980, participó junto a Ian Gibson en una conferencia dedicada precisamente a La Barraca y a Lorca, en la que se destacó el valor de su testimonio directo. Hay otro aspecto de Sáenz de la Calzada que merece atención porque ayuda a explicar por qué su figura encaja tan bien en una historia sobre memoria. Después de la guerra no abandonó sus diferentes intereses. Continuó trabajando como médico, desarrolló su actividad intelectual y artística y cultivó la pintura y la poesía. Su trayectoria posterior estuvo marcada por una especie de desplazamiento entre ámbitos: la ciencia, la medicina, el arte, la literatura y la enseñanza convivieron en una misma persona.
Esa personalidad múltiple procede en buena medida de la educación que recibió. La Residencia de Estudiantes no separaba de forma tajante las ciencias de las humanidades y Sáenz de la Calzada creció en ese ambiente. La experiencia de La Barraca fue una prolongación de esa formación porque en ella el teatro se entendía como una parte de una educación más amplia y como una forma de acercar la cultura a la sociedad.
Chocolate con Lorca en León
«El teatro», según asegura Adolfo Álvarez Barthe en su obra Luis Sáenz de la Calzada, un ensayo biográfico, insufla en el médico leonés «una pasión infinita por todas las artes. «En 1933 estuvimos actuando en León. Representamos Fuenteovejuna y La tierra de Alvar González. Dormimos en el Hotel París y, a la mañana siguiente, al bajar a desayunar, Federico (García Lorca) pidió con toda seriedad a la señorita que nos sirviera «un chocolate chorpatélico, con un poco de ronronquelia». No es difícil de imaginar la cara de la pobre camarera», contaba Sáenz de la Calzada.
La conexión con La bola negra se encuentra, por tanto, en la memoria. La película reconstruye una historia que durante décadas apenas pudo contarse y Sáenz de la Calzada dedicó parte de su vida a conservar la historia de un grupo que la guerra había destruido. Su importancia no reside, por tanto, en haber conocido un secreto que ahora pueda desvelarse sino en haber estado allí. Vio a Lorca trabajando con los actores, compartió escenarios con Rapún, recorrió España con La Barraca y conservó después los nombres, las obras y las circunstancias de aquella experiencia.