El amarillo leonés del Camino a Santiago
No es igual el sendero para el que parte que para el que aguarda, ni la mirada es la misma si se emprende la senda que si se habita en la meta final. Ese universo geográfico, pero también espiritual, patrimonial y emocional que es el camino de Santiago no se contempla con perspectiva comparable desde Galicia que desde los montes de León
La peregrinación es un fenómeno espontáneo del mundo altomedieval, que conmueve a la Cristiandad hasta movilizarla hacia el fin del mundo, al Finis Terrae, donde reposan los restos de uno de los doce, y no uno cualquiera: Jacob, hijo de Zebedeo y María Salomé; Santiago el Mayor, que por edad, parentesco y crianza es uno de los más próximos a Jesús, a quien acompaña en los momentos cruciales, no es de extrañar que el himno le llame «amigo del Señor». El rey asturleonés Alfonso II se convirtió en el primer peregrino documentado de la historia del Camino de Santiago. Ante la importancia del descubrimiento del sepulcro, partió desde Oviedo para visitarlo y levantó una modesta iglesia, antecedente o germen de la actual Catedral y de Santiago de Compostela. Este viaje le atribuye ser el creador del Camino Primitivo, considerado la ruta original hacia Santiago, y supuso el comienzo de las peregrinaciones masivas que siguieron más tarde.
No es bien conocida la iniciativa de marcar el trayecto con flechas amarillas, esencial para encauzar los pasos peregrinos evitando desorientaciones y pérdidas. Aunque en el mundo de los estudiosos del Camino se va abriendo paso poco a poco la evidencia sobre esta materia, corre todavía por las redes sociales y por algunos medios y publicaciones, sobre todo en Galicia, información equivocada a este respecto. Este artículo pretende aclarar esta cuestión nada menor.
He aquí una pequeña pero documentada crónica de la señalización del Camino con ese símbolo, ya universal, que es la flecha amarilla.
Andrés Muñoz Garde (1935-1992), primer presidente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago en Navarra, y maestro dedicado a la docencia de niños con discapacidad intelectual grave, peregrina a Compostela por primera vez en 1964. La dificultad del trazado y la falta de señalización le hacen extraviarse en varios lugares, y le obligan a renunciar a su propósito. En 1965 completa la peregrinación desde Roncesvalles a Compostela. Repite en nuevas ocasiones. Tras su regreso de la peregrinación realizada con su hermano Juan Ignacio en 1971, toma conciencia de dos graves deficiencias que sufre el Camino Francés: la ausencia de señales, y la falta de adecuación de la Ruta al hecho peregrinatorio, ya que discurre a lo largo de la carretera con peligro para los caminantes. Algo que constata en sus siguientes recorridos. En 1974 comienza sus primeras pintadas entre Zubiri y Larrasoaña, y busca e indica alternativas a las vías rodadas.
En 1979 tiene noticia del compromiso con el Camino del canónigo de Roncesvalles Javier Navarro, buen conocedor de las trochas pirenaicas, quien ha comenzado a señalizar desde Bentartea, en la muga con Francia, hasta Roncesvalles. En noviembre de ese mismo año se reúnen los dos en las dependencias de la Colegiata y acuerdan repartirse la tarea de balizar el Camino, siguiendo las pautas históricas y evitando en lo posible las carreteras. Navarro se ocupa del tramo Lepoeder-Alto de Erro, y Muñoz desde allí hasta la Trinidad de Arre.
En enero de 1982 acuerdan recorrer juntos y pintar todo el trazado navarro, desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta el Ebro, en término de Viana. El color de los signos, que en la zona señalada por Javier Navarro no había sido homogéneo hasta entonces, se unifica, merced a una partida de pintura amarilla cedida a Andrés por Iberduero, la actual Iberdrola, ya que ese era el color corporativo de la empresa que, amén de la pintura, regala más tarde unas cintas, también amarillas, con su logo, que se colocan en las intersecciones o se anudan en el extremo de los bordones peregrinos. De esta sencilla manera, el amarillo y la firme decisión flechadora de Andrés Muñoz instauran ese símbolo tocado con el poder de los emblemas, que, una vez visto, ya no se puede olvidar ni confundir.
Finalmente, en 1982, Andrés, movido por una promesa hecha al apóstol, decide indicar con la flecha amarilla el itinerario completo del Camino, desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela. El 3 de abril, acompañado de sus hijos Delia y Xaviago, sale de la población bajonavarra, a modo de Quijote que en, en vez de lanza, enarbolara la brocha pintora.
Punto de partida
Queda registro del itinerario. Una primera parte discontinua, que aprovecha fines de semana, puentes y periodos vacacionales, 4 de abril, Roncesvalles; Zubiri, Pamplona, Puente la Reina, Estella, Los Arcos, Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Villafranca Montes de Oca, Burgos, Rabé, Castrojeriz…, y va sellando con flechas amarillas todo el trayecto hasta León, ciudad a la que llegan el 25 de abril. Todavía, en los meses siguientes, repasan algunos de los tramos bien conocidos, sirvan los ejemplos de su presencia documentada el 2 de mayo en Zuriáin o el 11 de junio en Carrión de los Condes. El 20 de julio parten los tres caminantes, pertrechados de sus reservas de pintura, desde León. Se puede seguir su rastro por las sucesivas tarjetas postales fechadas que Andrés remite a su esposa, María José Labiano,: 20 de julio, Virgen del Camino; 22, Santa Catalina de Somoza; 24, Vega de Valcarce. A su paso por el Cebreiro se detienen a conversar con el párroco local, Elías Valiña, a quien Andrés conoce de anteriores peregrinaciones, y le informan de su tarea flechadora. El 26, están en Sarria; el 27, en Portomarín, el 28, en Palas de Rey y Melide. Finalmente, el 31 de julio de 1982, han llegado a Compostela. Se conserva el documento del vale para tres almuerzos de peregrino en ese mismo día. Los tres andarines han progresado a buen ritmo, dejando marcas de su paso con miles de flechas amarillas, en postes de luz, árboles y aceras, tapias de viejas granjas, graneros, vallas de separación de campos…, un reguero luminoso que enseña al peregrino la forma de no equivocarse en cada cruce.
Parador Nacional de Santiago
El artículo de El Progreso, periódico de Lugo, firmado por Víctor López Villaravid, no deja dudas cuando informa cómo el 26 de julio de 1982, Andrés Muñoz, acompañado por sus hijos Delia y Xaviago, sale desde Sarria, en dirección a Portomarín, «veterano en este camino, va por la ruta antigua y marcando su paso con pintura amarilla». Ha debido agotar la provisión donada por Iberduero al principio de su periplo porque compra pintura en Sarria.
No es el único testimonio que da fe de la labor pionera de Navarro y Muñoz, y que confirma que la mano de Andrés Muñoz Garde lleva a cabo el primer y ya definitivo marcaje del Camino Francés con flechas amarillas. Tampoco de las múltiples indicaciones para rehacer una ruta, que hasta entonces ha seguido en buena medida la carretera nacional, y derivarla por veredas, caminos de concentración parcelaria y viejas cañadas, para evitar el riesgo cierto del caminante, y que sin duda han servido de base para los trazados oficiales registrados a partir de 1987. Sin olvidar, claro, que desde entonces, tanto él como las asociaciones de Amigos del Camino han seguido repintando las señales que orientan los pasos peregrinos hasta hoy.
En Sarria, con Delia y Xaviago
Quienes conocimos a Andrés y compartimos con él tanto la peregrinación cuanto la iluminación con saetas áureas de la Ruta, sabemos con certeza cómo se originó la flecha amarilla, cuyo nacimiento ha sido después tan mal traído como peor llevado. Y son tan patentes e incuestionables los testimonios al respecto que resulta difícil de entender el equívoco creado y difundido, deliberada o involuntariamente, por personas e instituciones, haciendo inventor del hermoso símbolo al sacerdote gallego Elías Valiña. Cito a continuación algunos otros ejemplos: Carta de un peregrino alemán a Javier Navarro (15/8/1982) agradeciéndole la señalización, que él supone de su mano, que le ha permitido concluir su peregrinación sin extravíos ni errores, y que Navarro envía a Andrés Muñoz, indicando que es a él a quien corresponde recibir el agradecimiento:
Actas del II Congreso Internacional de Asociaciones Jacobeas (páginas 11 y 12): «Hay que hacer saber que el Camino está señalizado en España con flechas amarillas desde julio de 1982. En varias asambleas de Asociaciones se aprobó la normalización de dicha señal […]. Las Asociaciones deben mantener la identidad del CAMINO a lo que ayuda mucho una señalización distinta de la de los Grandes Recorridos Montañeros».
GEN (Gran Enciclopedia de NAVARRA), Tomo X, pag. 258, Voz Santiago Camino de: 1982. «El peregrino navarro Andrés Muñoz, futuro presidente de la Asociación de Amigos del Camino en Navarra, señaliza con flechas amarillas todo el Camino entre Roncesvalles y Compostela».
Las biografías citan datos y fechas, pero no se acercan a la verdadera y profunda dimensión de las personas. Por ello, debo y quiero añadir algunas palabras a esta somera información. Quienes conocimos a Andrés y disfrutamos del privilegio de su amistad podemos acercarnos a la complejidad de un hombre de fe honda y arraigada, religioso sin aspavientos. De pocas palabras, sobrio, austero, y de una estatura espiritual que impresionaba y transmitía siempre un mensaje de aliento. Ajeno a todo tipo de jactancia o vanagloria, vivió entregado a la misión jacobea con la misma aplicación que dedicaba a su trabajo con chavales necesitados de atención especial y a su amplia familia. Porque familia, trabajo y Camino fueron los tres polos en que fundamentó su vida. Enseñó mucho y a muchos. Llenó el trayecto hacia Compostela de flechas amarillas, convertidas hoy en un símbolo universal. Un trabajo que completó a lo largo del Camino Francés, y que extendió después a otros trazados.