Los montañeses son ingeniosos, afables, laboriosos,...
Lámina sobre la Basílica de San Isidoro
|||| Curiosa la descripción que hace Mingote de los leoneses: «Predomina el temperamento linfático, combinado con el nervioso y aun el sanguíneo en ciertas regsiones, siendo más comúnmente sentidas las enfermedades catarrales y reumáticas, las fiebres intermitentes, remitentes y continuas, que no pocas veces degeneran en tifoideas, las erisipelas, los infartos crónicos de las vísceras del vientre y todo género de neuralgias: la población rural se encuentra también predispuesta con preferencia a las afecciones inflamatorias como son pulmonías, pleuresías, anginas tonsilares, fiebres agudas e infartos hepáticos». El autor describe así a los habitantes de las distintas comarcas: «Los montañeses son ingeniosos, afables, honrados, laboriosos, buenos amigos, agradecidos y de costumbres sencillas: lo ingrato del suelo en que habitan les obliga a emigrar durante la estación del invierno en busca de una ocupación con que puedan procurarse el sustento, juntamente con alguna economía para atender a sus familias; y así es que en cuanto llega el mes de octubre, la mayor parte de los que se encuentran en edad de poder hacerlo abandonan el país para dedicarse, los unos al pastoreo trashumante, otros en busca de trabajo en las minas y obras públicas, y no pocos para ejercer el magisterio en el crecido número de escuelas temporeras que existen en la provincia: y cuando desaparece la densa capa de nieve que, como un sudario, cubre la tierra, y empiezan con la primavera las faenas agrícolas, vuelven a su hogar estos sufridos hijos del trabajo para arrancar al terruño los pocos frutos que sólo en fuerza de indecibles fatigas puede rendirles. La honradez de estos montañeses es proverbial, hasta el extemo de que en las demás provincias, especialmente en Extremadura, encuentran fácil colocación en el servicio doméstico, sin otra recomendación que la de decir su país natal, o de León a un lado, como ellos dicen en su lenguaje rudo pero franco. Los parameses de la comarca de La Bañeza son también sencillos y trabajadores: durante la época que las faenas del campo les permiten algún desahogo, se dedican al transporte de cueros y granos, y muy especialmente a la venta del aceite de linaza que produce en grande escala el país, con especialidad la Ribera del Órbigo, dejando al cuidado del sexo débil una gran parte de los trabajos agrícolas. Los maragatos sin duda por el suelo quebrado y estéril les niega los necesarios elementos para su alimentación, vienen desde tiempo inmemorial dedicándose a la arriería, con tal probidad y buena fe ciertamente que merecen en todos los ámbitos de España una completa confianza por parte de cuantos necesitan utilizar sus servicios. Los habitantes de las riberas, aunque tal vez menos industriosos, circunstancia que tiene su explicación en la mayor fecundidad del suelo que habitan, aparecen así como los del país de los Llanos, igualmente laboriosos y honrados que los anteriores, dedicándose con preferencia casi exclusiva a la agricultura. Por lo que respecta a los bercianos, hacemos notar, que tanto en sus costumbres como en su traje y acento local, se diferencian con el resto de la provincia, lo mismo que desemejantes son también sus producciones y clima, más análogas a las limítrofes comarcas gallegas de Orense y Lugo». En otra parte de la obra, Mingote apunta: «La general sobriedad de costumbres, el hábito de sostener limitadísimo número de necesidades, el amor bastante desarrollado al trabajo y la grande inclinación que siempre hubo a sostener fundaciones y establecimientos benéficos, hacen que el pauperismo no sea en esta provincia muy numeroso a pesar de la escasez de producciones en determinadas comarcas; sin embargo, de algún tiempo a esta parte, el total de mendigos conocidos va creciendo bajo la presión de tristes circunstancias. La falta de recursos de los pequeños pueblos y la imposibilidad en que se han encontrado de procurar a sus hijos la más rudimentaria e incompleta educación, lo mismo que de atender al cuidado y curación delos enfermos pobres, mientras que la administración no tomó a su cargo estos importantísimos servicios, explica la razón de que la caridad cristiana haya procurado acudir al remedio de tan apremiantes necesidades, con el crecido número de fundaciones piadosas que en la provincia han existido consagradas a estos elevados fines».