«Aguanté hasta que supe que mi hijo también sufría»
Saturno devora a su hijo en una de las pinturas negras de Goya. La imagen de ese drama mitológico ha trascendido a la vida real. En lo que va de año, nueve menores han muerto a manos de sus progenitores durante los encuentros paterno-filiales a

XURXO LOBATO
La cara más siniestra de la violencia doméstica es la que padecen los niños y las niñas cuando son sus víctimas directas y están condenados a transmitir esa lacra, salvo que se rompa a tiempo el ciclo que determina el agresor o agresora, que es quien a veces convierte a los pequeños en sufridores y, a la vez, potenciales verdugos. Retraso en el crecimiento y en la expresión oral y escrita, escaso rendimiento escolar, trastornos del sueño y en la alimentación, ansiedad, ira, depresión, baja autoestima, déficit de atención o, por el contrario, hiperactividad, introspección, llanto permanente... La lista de posibles traumas es interminable. Y es que los niños y las niñas que viven en primera persona la violencia, tanto si son objeto directo de ella como si son simples testigos, constituyen la parte más indefensa en los escenarios de los malos tratos. «Cuando asumes que realmente les va a hacer daño a tus hijos es cuando te marchas. Eso fue lo que me ocurrió a mí. Aguanté con él hasta que me di cuenta de que él también la acabaría emprendiendo a golpes con los niños». Es la descripción habitual que hacen la mayoría de mujeres maltratadas con hijos. Es el miedo que tienen a que la violencia que ellas sufren se extienda a todo la familia y alcance a los pequeños, y ese temor mueve a muchas madres a romper la convivencia con el agresor. Como una mancha de aceite «En aproximadamente la mitad de los casos de violencia doméstica los niños y las niñas son maltratados físicamente y, por lo tanto, también sufren psicológicamente. Pero este tipo de violencia no sólo afecta a los menores que la sufren directamente, sino que también afecta a todos los pequeños que viven en un ambiente violento, pues oyen las disputas, las agresiones, los golpes y perciben los efectos de esa situación en su madre, con las que debido a ello es difícil que mantengan una relación normal. Las reacciones inmediatas en los niños expuestos a la violencia son el miedo, la ira, el dolor, el trauma emocional, el intento de querer salvar a la madre e incluso la intervención para detener la agresión o para minimizarla», explica la pediatra Lola Aguilar. Entrar en el Centro de Atención, Recuperación y Reinserción de Mujeres Maltratadas, que Ana María Pérez del Campo dirige en Madrid, supone entrar en un espacio en el que se intenta dejar atrás el rastro de dolor que las mujeres víctimas de la violencia, así como sus hijos, arrastran consigo al acceder al centro, que por sus características es único en España. Un equipo integrado por dos psicólogas, otras tantas educadoras y una trabajadora social, bajo la supervisión de Pérez del Campo, evalúa la situación de cada mujer y de sus hijos, que son atendidos de forma individualizada. «Cada niño o cada niña han vivido una experiencia diferente, igual que son diversos los factores que determinan cómo cada uno percibe, responde o supera los daños que le ha producido la violencia a la que ha sido expuesto», añade Aguilar. Bebés que lloran constantemente, pequeños incapaces de caminar, de articular palabras o con serias dificultades para relacionarse con otros niños; menores con retrasos notables en el crecimiento, con ataques incontrolados de ira o, por el contrario, con un retraimiento casi absoluto; niñas que rechazan todo lo que sea femenino, adolescentes con trastornos severos de la alimentación, pequeños con conductas aparentemente normales que saltan en pedazos en determinadas circunstancias asociadas a la relación mantenida con su padre o su madre¿ Cuando los niños son liberados del entorno violento creado por uno de sus progenitores inician un proceso de recuperación que, sin embargo, no es indoloro ni sencillo. «Yo creía que él era violento conmigo, pero no con mis hijas. Que acabara agrediéndome delante de ellas fue lo que hizo que decidiera finalmente marcharme de casa. Lo que yo no sabía era que a las niñas también las maltrataba; ellas nunca me lo dijeron ni yo llegué a verlo, siempre pensé que las educaba con dureza, pero sin hacerles daño. Las niñas han sido las mayores víctimas y las que han soportado el maltrato más brutal», explica una ex-residente del centro cuyas hijas fueron obligadas por sentencia judicial a mantener contacto con el padre que las maltrataba. Los encuentros entre padre e hijas se celebraban en uno de los llamados puntos de encuentro familiar, con la supervisión de profesionales. Ahora, las niñas ya llevan más de un año sin ver a su progenitor, que amenazó a su ex mujer con matarlas. Y éstas, aterrorizadas, se niegan a franquear el umbral del llamado punto de encuentro, donde los jueces pueden permitir que los violentos se relacionen con los hijos a los que tratan de mantener seguros.