Un paraíso divino de trazos humanos
La Unesco enriquece con los 28 pueblos de Babia la red mundial de reservas de la Biosfera. Su paisaje, transformado por generaciones de babianos con un «cuidado y esmerado» manejo del monte para obtener sabrosos pastizales y la biodiversidad qu

«Estar en Babia» es privilegio de reyes por tradición popular y a Babia se llega, dicen, por los caminos del ensimismamiento y el embeleso. Bautizada también como mar de la tranquilidad, la Babia real se extiende, al norte de León por 38.017 hectáreas que lindan con Asturias, se separan de Laciana por la garganta que horada el Sil bajo el puente de Las Palomas y se hermanan con la comarca de Omaña por sus montes silíceos y con la de Luna por el río que no va a parar a la mar, sino al pantano. Desde el 29 de octubre, estar en Babia es pisar también una de las 460 reservas de la Biosfera que hay en el mundo. Y una de las veintesiete que hay España. El reconocimiento es el mismo que para el bosque de Yellowstone, en Estados Unidos, el monte Olimpo de Grecia, Islas Galápagos en Ecuador, Serengueti-Ngorongoro en Tanzania o el delta del Danubio en Rumanía. Babia es la única de España que se incorporó al programa MaB (Hombre y Biosfera) este año, con excepción de la ampliación del área marina en Menorca. Con el reconocimiento, una especie de «marca de calidad» que otorga la Unesco, se une y se suma a las otras cinco reservas reconocidas bajo el subtítulo de Gran Cantábrica. Muniellos, Redes y Somiedo en Asturias, Valle de Laciana en León y Picos de Europa en las tres provincias que engloba el parque nacional. Babia es la segunda más extensa de la Gran Cantábrica después de Picos de Europa y aporta a la biosfera 650 especies vegetales, de las que 39 son endemismos, así como 129 especies animales, el 50% incluídas en el catálogo nacional de especies amenazadas y una, el oso pardo, en peligro de extinción. El milano real y el alimoche están «en peligro» y entre los animales raros están en Babia el desmán ibérico y la liebre del piornal. La trucha, el gobio y la lamprehuela son los peces «vulnerables » de los ríos y arroyos babianos y sobrevuelan los macizos, puertos y valles el aguilucho cenizo, la perdiz pardilla, la tórtola europea, el halcón peregino y el águila real. Entre Somiedo y Pajares se mueven sigilosamente al menos tres grupos de lobo ibérico. La lista de la biodiversidad babiana es interminable. Las manchas de hayedos, abedulares y robledales «son testigos de la cubierta vegetal que antaño ocupaba la mayor parte del territorio». Se halla Babia en una provincia biogeográfica insólitamente influenciada por la mar. La cordillera Cantábrica es el único caso en toda Europa en que un gran sistema montañoso se sitúa tan cerca del mar y presenta características típicas de alta montaña», subraya el informe que llegó a París desde León y preparado por leoneses -Carlos González Antón y José Luis García Lorenzo- para lograr la reserva de la Biosfera para Babia. Pero lo que realmente hace a Babia excepcional, su identidad, es ser un territorio profunda y sabiamente transformado por siglos de acción humana. «Babia es uno de los paraísos botánicos de la cordillera Cantábrica», subraya el profesor de la Facultad de Biología Emilio Puente. Gran parte de esta riqueza se debe a la «intensa actividad ganadera», es decir, que sin ganado, sin los millones de merinas que subieron desde el siglo XIII por las cañadas y cordeles de La Mesta y las vacas asturianas del valle que suben cada primavera a los puertos, Babia no sería Babia. La comarca dedica más del 50% de los terrenos a prados naturales y pastizales, frente al 18% de media en el resto de la provincia, según un estudio económico Julio G. Geijo. Los suelos de carbonato cálcico, con dolomitas y algo de magnesio, el calizo, que dicen los pastores, y también los terrenos silícicos y acidófilos limítrofes con Omaña dan sabrosura a los pastos. «Pero lo más interesante es el manejo que ha hecho el hombre de estos pastos, el cuidado y el esmero con que los ha abonado, lo bien que hicieron las presas para regarlaos, en algún caso, con unas gotas de agua», agrega el científico, que procede de Cospedal de Babia, hijo de maestro, y actualmetne realiza trabajos de investigación sobre la flora. Los pastos hay que saber aprovecharlos y pastorearlos en el momento adecuado. Bien saben los ganaderos que las hierbas del calizo se secan antes, mientas que las de ácidos y síliceo aguantan más. La importancia de la ganadería para la biodeiversidad es tal que especies florales como la Saxifraga babiana o rompepiedras, que se da en las paredes de calizas, lo mismo en una roca viva que en el muro de una ermita como la de Pruneda -donde termina Luna y empieza Babia- no existirían sin el ganado. Cubierta de pinos y hayedos, como fue en el principio de los tiempos, la biodiversidad sería inferior. «La pena que me da es que se está abandonando y no sabemos qué va a pasar. A lo mejor nosotros no lo llegamos a ver, pero no hay pastizal si no hay animal que paste», recalca Puente. Sin el rumiar de ovejas, cabras y vacas y sin el mordisco selecto de los caballos el pastizal se embastece y las especies arbustivas invaden el monte, haciéndolo impenetrable. Evitar que en el futuro Babia torne en un paisaje muy distinto al heredado hasta el siglo XXI, es uno de los objetivos de la reserva de la Biosfera. «Se busca el desarrollo sostenible, económico y humano y al mismo tiempo contribuir a la conservación de las especies y prestar apoyo a proyectos de investigación y educación», precisa González-Antón, director técnico del proyecto y también babiano, de Riolago. Desarrollo sostenible en Babia significa, según el catedrático de Derecho Administrativo, «poner en valor los paisajes heredados y los recursos naturales, y potenciar actividades compatibles, principalmente la ganadería extensiva y el turismo rural». Cabrillanes y San Emiliano son los dos municipios de Babia. Babia de Arriba y Babia de Abajo. Babia de Yuso y Babia de Suso se llamaban antiguamente. Son 28 pueblos, catorce por cada ayuntamiento, y no suman dos mil habitantes: 1.125 de Cabrillanes y 850 de San Emiliano. A pesar de la galopante despoblación ningún pueblo queda vacío en invierno. Entran las nieves y cierran los puertos de Ventana y de Somiedo y la gente resiste. «Si nieva, quien más y quien menos tiene el arcón con comida y si te pasa algo enseguida entra la máquina, no es como antes que tenían que llevar a la gente a cuestas hasta que encontraban la carretera limpia», comenta un vecino de Riolago. Por la tarde hay entierro, pero el luto por el hermano muerto no empaña la disposición de la panadera al atender a los recién llegados. Hacen pan y dulces, magdalenas, pastas de almendra y de mantequilla, y están en Internet. Los babianos, que tienen las calles asfaltadas y encementadas, se mueven sin complejos sobre las madreñas de toda la vida, muchas hechas en Galicia y talladas en Asturias. Han puesto gomas a los tacos de madera y caminan con la seguridad de que sus pies van bien protegidos del frío por la madera. «Estás en Babia» es la marca que quieren vender los hosteleros tradicionales y de turismo rural de la comarca, veinticinco empresarios, para dar a conocer este espacio «totalmente desconocido» de la provincia, situado en la montaña central leonesa entre las más afamadas sierras de Ancares y el parque Nacional de Picos de Europa. Los empresarios turísticos y hoteleros han recibido con entusiasmo la declaración de reserva de la Biosfera para Babia. «Ha sido el empujón fi nal para tomar conciencia de que necesitamos agruparnos », precisa Gerardo Ardura, dueño de un centro rural en Quejo, un barrio de La Cueta. Este pueblo, el más alto de León con sus 1.450 metros de altitud, quedaba espoblado durante el invierno desde los años 70 hasta 1998, cuando la familia Martínez Morán decidió abrir el bar y «quedarnos a invernar», comenta Emilio, un joven que preside la junta vecinal desde los últimos comicios. Es jueves, oscurece pasadas las seis de la a y en Picos Altos, ahora también es alojamiento rural, sirven patatas con carne, bien calentitas, a los cazadores que bajan del coto. Son asturianos y andan con sus escopetas detrás de la perdiz. Es la tercera generación de la familia que caza en este coto y en el de Torrestío. Siete cazadores para 10.000 hectáreas que alquilan por 30.000 euros al año. El más veterano recela de las consecuencias de la reserva. Teme, dice, que la actividad cinegética pueda resultar perjudicada: «En Asturias, en Somiedo, prácticamente no hay perdices, porque la caza que no se caza, muere; empiezan a no formar parejas y se acaba». Y apostilla: «Lo que tienen que hacer es recuperar los teitos de los chozos en vez de hacer cabañas de bloque, hormigón y uralita, como ha hecho la Junta». En esto sí pone de ejemplo a su tierra, Somiedo, donde la recuperación de la arquitectura tradicional es una realidad. Quejo y Cacabillo, los dos barrios de La Cueta, nunca llegaron a vaciarse en invierno. Los clientes de la posada real, el tercer establecimiento rural del pueblo, también se han enterado y alegrado: «Algunos nos han mandado correos electrónicos para darnos la enhorabuena», indica Ardura. Ahora hace falta, en su opinión, que la Junta de Castilla y León transforme el actual espacio protegido en parque natural de las montañas de Babia y Luna. Los nuevos trashumantes Gerardo Ardura y Marta Soto son los dueños de la casa rural de Quejo. No son de Babia, pero están en Babia desde hace siete años y «nos va muy bien». «Nos echamos al monte y acabamos en Babia», comenta el joven, que decidió salir de León tras echar el cerrojo a la ferretería familiar. Su compañera dejó el trabajo en una agencia de viajes. Pertenecen a una generación que ya no trae ovejas a los puertos pirenaicos, como la histórica trashumancia pero que creen que «aquí se puede hacer turismo sostenible, frente a las zonas masificadas». Babia es mucho Babia, un gran valle surcado por el río Luna, un nombre de ensueño y el murmullo del agua en todas partes. Pero faltan recursos por explotar. De momento, la «gente viene en busca de tranquilidad y a pasear», pero faltan museos etnográficos, una fi esta tradicional en homenaje a la trashumancia y más difusión de la gastronomía. La tarta babiana, hecha a base de miga de pan, canela, huevos y leche, es un manjar exquisito heredado de la humildad con que la gente ha aprovechado a lo largo de la historia los ingredientes más sencillos y cercanos. La caldereta, el bollo babiano, la sabrosa carne de ternera de Xiata roxia, asturiana del valle, que no se vende en León sino en Madrid y otra gran desconocida, la carne de potro. La Junta de Castilla y León tiene censados en Babia más de 700 ejemplares de ganado equino. El libro genealógico de la raza hispano-bretona se encuentra en San Emiliano, sede también, por ahora, de la asociación de Ganaderos Criadores de Hispano-Bretón que con su puesta en marcha en 1993 ha logrado recuperar una raza autóctona en peligro de extinción (entonces había menos de 2.500 cabezas en todo el país), igual que el burro zamorano-leonés o la vaca abulense. Una subvención anual de unos 120 euros ha servido para devolver a los pastizales a unas 2.100 hembras reproductoras en la provincia de León, principalmente en las praderías de Babia, Omaña, Laciana, Boñar, Luna y Lillo. «Los mejores ejemplares y el mayor número están en Babia», apostilla el presidente de la asociación, José Luis Fernández, trabajador de banca que cría caballos en Murias de Paredes. La carne de potro, que ahora intentan introducir en las grandes superficies, se vende sobre todo en Valencia, Cataluña y País Vasco. «En los colegios de Italia y Francia es obligatoria en la dieta de los comedores porque se considera muy beneficiosa para los niños», indica el criador. En Babia, de donde cuenta la leyenda «El potro del Moriscal» que procede Babieca, el espléndido caballo blanco del Cid Campeador, se criaban en los tiempos antiguos asturcones y thielton. Luego llegaron los caballos árabes, ligeros y rápidos, pero cuando el campo necesitó de briosos animales de tiro, en los años 50 del siglo pasado, se cruzaron los caballos hispanos y los bretones que dieron como resultado un animal «muy fuerte y musculoso». Un animal ecológico Los criadores de caballos están convencidos de que su actividad va a ayudar a potenciar la recién declarada reserva de la Biosfera de Babia. «El caballo es un animal totalmente ecológico, que limpia el monte, mejora el pasto y respeta todo tipo de encierros», añade. Donde hay yeguas apenas hay incendios y los excrementos se deshacen solos. Y «mantiene» el lobo, postilla el criador, porque si el lobo tiene que escoger entre terneras, ovejas y potros se tira a estos últimos y es capaz de partir uno a la mitad y llevárselo para alimentar a sus crías. Como especie cinegética a conservar al norte del Duero, el lobo no puede ser sacrifi cado salvo en batidas en autorizadas; pero los ganaderos no tienen derecho a indemnización en caso de daños. «Estamos desamparados del todo», suspira Fernández. Pero la cría caballar sigue adelante y son optimistas sobre el futuro, animados por el éxito de la degustación del verano en la feria de San Emiliano. La ganadería bovina todavía es importante, más en este último municipio que en Cabrillanes, atraído en otro tiempo por la cercanía de las minas lacianiegas. Pero sigue en descenso. Si en el 2002 había 1.956 vacas en Cabrillanes y 3.252 en San Emiliano, a fecha actual la Junta lleva el registro de 1.733 y 2.794 respectivamente, según el servicio territorial de Agricultura y Ganadería. Ovejas y cabras también pastan y duermen en las cuadras de Babia. La cabaña de Cabrillanes es de 1.421 y la de San Emiliano de 1.104. La trashumancia aún se mantiene con algunos rebaños que llegan de Extremadura -3.600 ovejas y cabras y 2.897 vacas, en la última campaña- en particular a Torre de Babia, donde tienen alquilados los puertos los herederos del conde de La Oliva. Hay otras 12.000 ovejas que hacen trasterminancia o trashumancia dentro de la provincia. «Estas hierbas son de las mejores de la provincia de León, hay calizo, pero como este no, la peña blanca es lo mejor que hay», explica Daniel Martínez, de 70 años, nacido en La Cueta porque su abuelo, natural de San Félix de Arce, fue maestro del pueblo toda la vida. Daniel fue testigo, durante 32 años, de la llegada de los rebaños de Plasencia propiedad de Rafael García Morales. «Nosotros, desde que odíamos andar íbamos al monte y a las tierras», contesta. Y a pesar de la altura de este pueblo se recogían buenos guisantes, garbanzos, trigo, centeno y patata. En Babia hubo huertos alrededor de los pueblos desde época visigoda, como mínimo. A esta época se debe la organización concejil y al concejo el ordenado cuidado del bosque y de los pastizales. Las vegas de los ríos se emplean para pastizales de siega o prados ya desde época romana, subraya el informe que la empresa leonesa Ecourban consultores realizó con financiación del Ministerio de Medio Ambiente para defender la candidatura de Babia en París, sede de la Unesco. Se cuenta que Peña Ubiña es el mítico Monte Vindius donde los astures resistieron durante las guerras cántabras. Pero, al fin, el poder de Roma llegó a las altas montañas y un entramado de calzadas romanas surcan Babia. La primera sigue el cauce del Luna hasta Puente Orugo, con sus ramal norte por San Emiliano, Candemuela, Torrebarrio y Torrestío y las bifurcaciones desde estos dos últimos pueblos hasta el puerto de Ventana y puerto de La Mesa; el ramal oeste, hacia el valle del Sil, por Truébano, Villasecino, Riolago, Cabrillanes y las bifurcaciones hacia Somiedo y Carrasconte; el camino de este a oeste, que comunicó históricamente el norte de León con el Bierzo y Galicia, convertido en Camino de Santiago y, en fin, la calzada que parte de San Emiliano a Pinos por el puerto de La Cubilla, bajando por el camino real al valle del Huerna en Asturias. Sólo las necesidades bélicas de control de un territorio hostil explican tal abundancia de vías. Cuentan los filandones que Peña Ubiña es el mítico Monte Vindius donde los astures se refugiaron de la invasión romana. Con la expansión del reino leonés, la trasterminancia de que hay constancia documental en el siglo VII, alcanza la Extremadura leonesa y la práctica totalidad de las calzadas romanas se tornan en cañadas. Llegó el Concejo de la Mesta en el siglo XIII y el apogeo trashumante del XVI y el XVII: tres millones y medio de merinas subían por las cañadas. Cuando bajaban a Extremadura, los pastores seguían «clavado(s) en Babia, tan bien traída y llevada», como dice el romance.