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León

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Ana Martínez de Paz dejó escritas las sensaciones de aquel día de otoño de 1985 «de colores ocres y cálido sol», en el que, sin haberlo previsto, acabaría subiendo al Naranjo por primera vez. Un día en el que comenzó un romance inagotable. «Después de pasar una noche al raso, iniciaba una aventura que no terminaría con el fin de semana.... Cogimos el primer teleférico, compartiendo cola y cabina con numerosos turistas y algún montañero, que se apresuraban a poner sus pies sobre aquellas imponentes montañas. Para mí todo era nuevo: aquellas rocas que se elevaban hacia el cielo, sus formas caprichosas, los colores, los rebecos que se asomaban en los perfiles... y hasta el viento que chocaba contra mi cara. Ensimismada en aquel paisaje lunar, una mano me agarró con firmeza y, sin saber por qué, César me dice que hay demasiada gente y que, si no corremos, nos quedaremos sin plaza en el refugio, que los días son cortos, y entre subir y bajar el Picu... Comenzó así una carrera frenética. A él parecía que no le costaba, y eso que llevaba una mochila como un armario; pero a mí no me daban las piernas: mi corazón latía fuerte y mi cuerpo estaba bañado en sudor. Seguía sin encontrarle la gracia a eso de ser montañera y pensaba con nostalgia en aquellos turistas que dejábamos atrás disparando sus cámaras de fotos y disfrutando del paseíto. Después de dos horas de carrera, subiendo y bajando, y sin atreverme a decir que no soportaba ese ritmo, mis ojos empezaron a nublarse y mi estómago era un centrifugadora. ¡Para, por favor, que vomito!. Tranquila que ya llegamos, siéntate un poco y enseguida estamos en Urriellu... Casi pego un salto a llegar a la Gargantada y ver aparecer al Naranjo en todo su esplendor. Después de un refrigerio, y cuando creía haber llegado a la meta, César me anima a que le acompañe hasta la base de la pared: «Así puedes verme escalar y si te animas...». Otro rato de sufrimiento subiendo la Celada y, por fin, llegamos. -Mira Ana, aquí comienza la vía. -¿La vía? ¿Qué vía? ¡Yo creía que las vías son por donde van los trenes!. -Aunque no te lo creas, ya has pasado lo peor; ahora viene lo divertido: escalar. Podías probar y, si te arrepientes, desde la primera reunión te puedo descolgar hasta el suelo. Cuando quise darme cuenta, tenía colocado un arnés y una cuerda que me unía a mi compañero. Provista de un chándal, unas zapatillas, y una mochila llena de ignorancia, me propuse experimentar lo que era escalar, ¡y nada menos que sobre aquel gigante de piedra! Las sensaciones nuevas se agolpaban: el tacto de la roca, el vacío bajo mis pies, muchas palabras que no entendía... Pero me di cuenta de que, a pesar del esfuerzo, aquello empezaba a gustarme; me estaba divirtiendo. Concentrada en permanecer agarrada a las grietas y salientes, fui descubriendo una nueva dimensión: ahora coloco aquí la mano, subo el pie, me incorporo, mantengo en tensión mis músculos hasta encontrar un sitio de reposo... Este ejercicio mental, repetido hasta la saciedad, me hizo entrar en trance, un trance que sólo se interrumpía por el estado de alerta preciso para asegurar a mi compañero. (...) Poco a poco íbamos ganando altura. Se aproximaba el final de la escalada: el premio de haber cumplido y, la verdad, nunca lo hubiera imaginado tan espectacular. El sol nos esperaba como una gran bola de fuego y parecía querer compartir la cima con nosotros. Al fondo, se veía el reflejo del mar. No me lo creía. Sólo estaba segura de estar en el lugar más bonito de la Tierra. Fue a partir de ese instante cuando surgió el idilio con el gigante de piedra». Un coloso al que decidió visitar cada año «para ponerle al corriente de mis sueños y de mis ilusiones montañeras».

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