El Naranjo de Bulnes, alta escuela de vida
C. DE PRADO/R. CUBILLAS
«Todo comenzó un fin de semana de otoño, de colores ocres y anaranjados...». De eso hace ya casi veinte años pero Ana Martínez de Paz disfruta cada vez que revive aquella irrepetible primera vez. Un día de 1985 en el que, casi sin buscarlo, la montaña se convertiría en uno de los ejes fundamentales de su vida. Y, de forma muy particular, el Picu Urriellu, el Naranjo, una montaña que se creía inexpugnable hasta que dos personajes de excepción, se lanzaron a la muy quijotesca empresa de conquistar la orgullosa cumbre. Y lo consiguieron. Se cumplen ahora cien años de aquella mítica ascensión protagonizada, el 5 de agosto de 1904, por Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, y Gregorio Pérez Demaría, el Cainejo , un hombre cincelado en las rocas de Caín, de pies desnudos y alma generosa. No sólo culminaron con éxito su aventura sino que abrieron la senda del amor a la montaña a otras generaciones de montañeros. En alguna medida, cada ascensión sigue teniendo un algo de homenaje a esa escalada pionera que marcó un antes y un después en la historia del alpinismo español. Para aquellos dos espíritus intrépidos y abiertos, el Naranjo era un castillo a conquistar. Para Ana se ha convertido en algo más: «La montaña no es para mí un deporte, sino una escuela de vida; una ocasión ideal para conocerse mejor a uno mismo. Y el Naranjo es mi escenario preferido. La verdad es que puede hablarse de un auténtico idilio. Allí vuelvo una y otra vez, como una buena amante, no sólo para seguir escalando el Picu sino para confrontar con sus paredes los avances que he podido hacer en este mundo del montañismo y para que me dé coraje para escalar otras montañas del mundo». La alpinista leonesa recuerda con emoción especial la primera vez que subió junto a César, su novio entonces y hoy su marido, y todavía se asombra de la audacia que derrochó pues, aunque César era ya un avezado alpinista, ella sabía algo de socorrismo pero lo desconocía todo sobre la escalada. «Descubrí entonces aspectos de mi vida que desconocía: debilidades, miedos, mi capacidad de adaptación y la satisfacción de ir superando uno a uno los obstáculos que iba encontrando». Empapada todavía de las sensaciones de aquella jornada iniciática, Ana cree que lo más bonito es que, después, cada vez ha sido diferente: «No hay una ocasión igual a otra. Es lo bueno de la montaña, que cada vez la vives de forma diferente: ni la luz, ni la gente, ni los sufrimientos son iguales». Para Ana, cuando se escala, siempre hay «dos cimas». «Hay que separar la cima como escenario y la cima desde el corazón. La mayor satisfacción de escalar, además de disfrutar de la belleza impresionante que te rodea, es el haber conseguido lo que te has propuesto. Esa es una cima interior, la cima del corazón». Ana define la ascensión al Naranjo como «una especie de trance». «Es una compenetración perfecta con la roca que hace que te evadas de cualquier otra realidad. Está la roca y estás tú. La preocupación es dónde colocas el pie, como notas el peso, como cambias de posición... es una concentración absoluta y también es un disfrute ver cómo uno es capaz de superar ese plano vertical». «¿Que cómo es la cima..? pues es pequeña e irregular y hay una especie de pared que puede servir de vivac. Hay una zona saliente en la que hay como un monolito y está la imagen de la Virgen de las Nieves. Y, claro, la cima es un mirador excepcional del resto de los Picos. Es toda una lección de geografía. Ves el macizo central, también parte del occidental y del oriental. Y el litoral, la playa, parece tocarse con la mano. Es impresionante». Entre fuerza y técnica, Ana se queda con esta última: «Más que la fuerza, yo creo que lo que importa es la coordinación, el equilibrio y la técnica. Si haces un movimiento con una buena técnica, lo que consigues es no gastar apenas energía. Yo intento jugar con ese factor; entre otras cosas porque soy un poco vaga para entrenarme en fuerza y eso tengo que compensarlo con la técnica». Desde 1985 hasta hoy, Ana Martínez de Paz suma 54 cimas del Naranjo lo que la convierte en la mujer que más veces ha subido al Picu en todo el mundo. A la vista de su tesón y de una técnica cada vez más depurada, no es ninguna exageración pensar en la posibilidad de que, dentro de unos años, estemos hablando de las cien ascensiones lo que redondería un récord muy difícil de batir. «Un año subí en diez ocasiones... pero para mí lo que prevalece es el disfrute antes que el sufrimiento. He subido por todas las caras, (especialmente por la sur que es la más llevadera), menos por la oeste; espero subirla pronto, quizá el próximo verano. Para afrontar la cara oeste tienes que ir con mucha holgura, muy «sobrada de grado» que decimos los escaladores. Y yo quiero ir así, sobrada, para disfrutar de cada momento de la ascensión. Son muchos metros y muchas horas escalando; es una escalada difícil por cualquiera de sus itinerarios». Ahora ya es algo habitual encontrarse con mujeres escalando el Naranjo pero cuando Ana subió, en ese otoño de 1985, todavía llamaba la atención ver su melena rubia brillando al sol. «Recuerdo que, en la primera ascensión, me vieron unos escaladores y dijeron: ¡anda, si es una chica!». Hoy las cosas han cambiado, y mucho. El alpinismo femenino español está prácticamente al mismo nivel que el alpinismo masculino que está en los primeros lugares del alpinismo mundial. La docencia parece ser una buena cantera de montañeros. Ana es profesora de Música en los Maristas y, entre sus mejores amigos de goces y fatigas en la montaña, figuran otros profesores como Adelo Campos (del Colegio de La Palomera) e Isidoro Rodríguez Cubillas, del Instituto Eras de Renueva. Este último es autor, o coautor, de algunos de los libros más completos sobre el Naranjo de Bulnes de los que se ha extraído abundante documentación para este reportaje. La publicación más reciente, Naranjo de Bulnes , un siglo de escaladas, está editada por «Desnivel» y es un filón de datos y fotografías; coincide con el centenario de la primera ascensión de la que se da cuenta con todo lujo de detalles. «Además de César, mis amigos son un lujo: Isidoro, Adelo, Michel,... hemos subido juntos muchas montañas, en España y fuera de España. Y no quiero dejar de citar a Pedro Udaondo que es todo un modelo para mí porque, a sus 70 años, sigue escalando y, sobre todo, sigue teniendo ilusión por la vida». Ana ha contagiado su pasión por la montaña a algunos de sus alumnos lo que reconoce que es gratificante. «Es inevitable que se produzca una transferencia permanente de estas experiencias. El lunes, cuando volvemos a clase, nos contamos nuestras aventuras. Lo que sí intento inculcar a los chicos, y a los padres, es que no olviden que la montaña tiene sus reglas y unas técnicas que deben aprenderse con unos monitores; sobre todo, debe aprenderse lo que no debe hacerse nunca...». Y al decir esto recuerda el tremendo susto de este verano cuando, en las inmediaciones del Pico Lenin -Kirgyzstán-, estuvo a punto de desaparecer en un negro absimo al abrirse bajo sus pies el hielo que pisaba. «Pude salir in extremis gracias a César y a Isidoro pero fue una lección magistral: nunca se puede bajar la guardia».