Diario de León

Y si lo fuéramos

Con la mirada puesta en el pasado pero sobre todo en el futuro, y ante la etapa de modificación de estatutos de autonomía que se abre en España, proponemos un debate serio sobre nuestro autogobierno

BURÓN

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EMILIO GANCEDO | texto 12345
León

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La semana pasada nos hacíamos en estas mismas páginas de la Revista una sencilla pregunta de compleja respuesta, ¿Por qué no somos una autonomía? , e invitábamos a nuestros lectores a reflexionar sobre las causas que motivaron -y que siguen motivando- la unión autonómica con Castilla, una delimitación territorial creada en el año 1983 por una parte de la clase política de la época para la que -nadie lo puede negar- no se tuvo en cuenta las reclamaciones masivas del propio pueblo de León, que por aquellos años salió a las calles en gran número para reclamar, en cuanto región histórica, una autonomía propia para el viejo Reino. Ahora regresamos para completar y redondear esa idea, con el fin de preguntarnos qué hubiera pasado si la historia hubiera sido otra, si León se hubiera configurado, finalmente, como comunidad autónoma. Que nadie se llame a engaño: la intención de estas reflexiones no es otra que intentar comprender la realidad, pasada y actual, de León y de los leoneses, y su objetivo último estriba en llegar a conocer cuáles son las mejores condiciones administrativas y territoriales para que las gentes de estas comarcas y valles alcancen las mayores cotas posibles de progreso económico, equilibrio social y desarrollo cultural. Por eso, estas reflexiones son del todo legítimas, máxime cuando hoy en día sigue existiendo un alto porcentaje de habitantes de esta tierra que están frontalmente en contra de la actual autonomía, lo cual no deja de ser representativo por cuanto constituye una situación única en España. Como afirmábamos en el anterior reportaje, el conocimiento de la historia, de nuestra historia más reciente, resulta básico e indispensable. Curiosamente, y a pesar de que los años que son objeto de nuestra atención no están lejanos en el tiempo, lo cierto es que no existen muchos libros que aborden de forma monográfica ese período de nuestra historia, período absolutamente vital puesto que condicionó la vida de todos los españoles desde aquellas fechas cruciales. Los lectores maduros y consecuentes sabrán delimitar lo que hay de dato histórico y de otro tipo de intenciones en libros como El proceso autonómico leonés (1982) y La identidad leonesa (1992), de David Díez, editados por la Diputación; Sentimiento de Región (1994), de Luis Herrero, editado por E. Martínez Fidalgo; o Castilla y León. El proceso autonómico (2004), de Mariano González, editado por la Fundación Villalar. Todos ellos son útiles porque explican, desde diversos puntos de vista, los pasos históricos que se fueron dando hasta llegar a la actual situación autonómica. Y casi todos ellos, por tanto, mencionan el período que va desde julio de 1978 a octubre de 1982, cuando los partidos mayoritarios de esta tierra, amparados por un fuerte apoyo ciudadano, se mostraban abiertamente a favor de una autonomía leonesa (a priori uniprovincial, ya que el escaso entusiasmo autonomista de Zamora y Salamanca, también pertenecientes a la región leonesa, las hizo permanecer en el llamado «entre preautonómico de Castilla y León»). Poco tiempo después, sin embargo, llegarían los bruscos bandazos de la UCD -partido mayoritario entonces en España y en León- y del PSOE, que de apoyar la autonomía leonesa pasaron a defender la unión con Castilla, presumiblemente a causa de fortísimas presiones de tipo económico y político llegadas desde la que ya entonces se perfilaba como la capital de esta macrorregión, Valladolid, y también desde Madrid. Pero el caso es que, durante seis años, la Diputación emprendió los trámites legales para constituir la futura Comunidad Autónoma de León (como la encuesta institucional , que, al igual que las demás encuestas populares, arrojó datos claramente favorables al uniprovincialismo); por lo que no es descabellado pensar que nuestra provincia podría existir hoy en día como autonomía. Incluso después de la consigna de partido de centristas y socialistas para votar a favor de la integración en Castilla (1980), hubo momentos en los que la tensión provocada hizo tambalear las recién nacidas fronteras autonómicas (manifestación de cien mil leoneses en contra de Castilla y León en mayo de 1984 o apelación al Tribunal Constitucional por AP y otros grupos, partido éste que, una vez ganado el poder en la Junta, olvidó su defensa del leonesismo). Es más, si una de las dos grandes instituciones de León (Diputación y Ayuntamiento) no hubiera votado a favor de la autonomía, la integración en Castilla no se habría producido, o por lo menos debería haberse aprobado para ello otra Ley Orgánica diferente, o también si ambas corporaciones hubieran tardado sólo algunos días más en decidirse (el plazo era de seis meses). Es cierto que, en última instancia, resulta inútil hablar de algo que no existe, que no se ha producido. La historia-ficción puede ser sólo un absurdo. Pero teniendo en cuenta las peculiaridades y tensiones que caracterizaron a nuestro período autonómico, la situación de descontento actual y el potente sentimiento de pertenencia a la región leonesa, todo ello nos mueve a fijarnos en otras comunidades autónomas -uniprovinciales o no- y esbozar aquí una situación no real de León pero que muy bien pudo ser posible, y por ende, no descartable en el futuro. Éstas serían sus circunstancias: Económicas. Tampoco seamos ingenuos. Con autonomía o sin ella, la economía de la región leonesa quedaría incluida, como el resto del país, en un marco supranacional, europeo y global, que haría complicada la supervivencia de las actividades económicas más características de esta tierra, la minería y la agricultura. Las dificultades de reconversión de estos dos sectores serían probablemente las mismas, pero con la salvedad de que sería el propio gobierno de León (llamase como se llamase, Junta de León , Gobierno de León , etc.) el que administrase en exclusiva las ayudas procedentes de la administración central, que llegarían en cantidad mucho mayor, a poco que uno se fije en la situación de otras comunidades uniprovinciales. Si nos referimos, por ejemplo, a la minería, también hay que tener en cuenta que la economía de algunas de las mayores empresas extractivas de León es más saneada -dentro de lo posible- que las de otras comunidades. En cuanto a la agricultura, los problemas persistirían, aunque quizá (sólo quizá) podrían haberse utilizado de manera más racional los importantes recursos hídricos de la región en su propio beneficio, acentuando la complementariedad que existe entre nuestras comarcas. Otros aspectos en los que podría resultar decisivo el hecho de administrar directamente nuestro territorio -con personas que tienen en cuenta sus peculiaridades-, sería la gestión agraria, evitando las brutales concentraciones parcelarias que han eliminado muchos de nuestros paisajes culturales o las inadecuadas repoblaciones con especies foráneas. Además, la creación de marcas de calidad propias y la apuesta por la horticultura, la fruticultura y el ganado de carne; realidades tan importantes en León, podrían evitar, en parte, el naufragio del campo y la pérdida de población en las comarcas. Políticas . Algunos defensores de la actual autonomía, durante la fase de creación de éstas, ofrecían como razones de su postura la «incapacidad» de que León alcanzase una autonomía propia ante la posibilidad de que la provincia «quedase al margen del proceso autonómico» y ante un temor oculto a que la convulsión sindical y obrera dejara la futura comunidad leonesa en manos de la izquierda. Ninguno de esos temores se ha hecho realidad en ninguna de las comunidades españolas: ninguna provincia ha quedado al margen de las autonomías, que son un hecho general y extensivo a todo el país, y en ellas han gobernado todo tipo de fuerzas políticas sin mayores problemas: la izquierda, la derecha, el centro y hasta partidos nacionalistas. Históricas y culturales . Pocas comunidades autónomas de España como la leonesa lo tendrían tan sencillo a la hora de justificar su creación desde el punto de vista de la historia. Lo tenemos todo ante nosotros, está ahí, bien palpable: este territorio, bien que con fronteras cambiantes, fue una entidad política, un país, independiente durante cerca de 300 años. Desde las tumbas de los antiguos reyes a los monumentos, pasando por la documentación del viejo Reino -se trata del territorio español que dispone, con mucho, de más documentos medievales catalogados-, la historia de León no habría que inventarla, sino fomentar su estudio y divulgación. A la gente de esta tierra le causa en ocasiones cierto sonrojo asistir a los esfuerzos de determinadas comunidades autónomas por justificar su existencia. Una existencia que en realidad no parece responder más que a criterios económico-políticos, pero que, a imagen y semejanza de las comunidades mal llamadas históricas , seleccionan cuidadosamente los datos históricos y/o culturales para ofrecer una sensación de fortaleza identitaria e integridad territorial que en realidad resulta muy débil (nos referimos, por ejemplo, a las comunidades de La Rioja, Castilla y León o Madrid). La cultura autóctona leonesa, de esto no puede caber la menor duda, estaría infinitamente mejor protegida bajo el manto de una autonomía uniprovincial, así como la gestión e investigación de su patrimonio histórico-artístico. Asimismo, importantes peculiaridades, como las de tipo lingüístico, podrían gozar de la protección de la que ahora carecen por completo. La lengua leonesa y el gallego del Bierzo Oeste podrían contar (por lo menos) con una Ley de Uso a la manera de Asturias. Geográficas . En el caso de que León se configurara como comunidad autónoma uniprovincial, la integridad territorial podría ponerse en entredicho ya que le faltarían dos territorios históricos, las provincias de Zamora y Salamanca. Por otro lado, esa hipotética comunidad sí incluiría la mayor parte del territorio «nuclear» leonés (provincia de León, pero también el Norte de Zamora) en el que se dan con toda nitidez la «base» de lo leonés, ese característica trama de pueblos de pequeño-mediano tamaño, organizados en comarcas y gestionados desde tiempo inmemorial por juntas vecinales (concejos). El límite aproximado de esta delimitación antropológica es, por el Este, el Cea y el Duero por el Sur. Es lo que algunos expertos llaman Cis-asturia . Sociales . Estas circunstancias están muy ligadas con el apartado anterior. Poca gente de esta región se da cuenta de lo mucho que influye en sus vidas el tipo de pueblos en los que viven, su organización social, sus diversiones o sus tradiciones, que son diferentes (no mejores ni peores, sino distintas) a las de otras gentes, las castellanas, con las que comparten delimitación administrativa. Vivir en una comunidad autónoma inspirada directamente en las bases del concejo abierto, que aún están perfectamente vivas en nuestros pueblos, podría dar como resultado una descentralización administrativa enormemente beneficiosa para las poblaciones leonesas; que además no hay que invertársela: ¡lleva ahí cientos de años! Este hecho, este compartir una realidad común, habría ocasionado, probablemente, un fuerte sentimiento de identidad y solidaridad entre las comarcas leonesas. En la actualidad, Castilla y León no prima para nada los principios de la organización concejil, por lo que ésta es desconocida por muchos leoneses. Quizá a la Junta le venga bien eso, ya que precisamente ese detalle es lo que aúna todo León, del Bierzo al Páramo de Payuelos. En cambio, crea un Consejo Comarcal del Bierzo (contra el que no tenemos nada en contra, pero sobre el que nos preguntamos por qué no ha de hacerse extensivo a todas las comarcas leonesas) que potencia todas las señas de identidad bercianas, lo cual no es malo, por supuesto, pero olvida la conexión, importantísima, con el resto de León: el resultado es una ruptura. Y, en fin, todos estos temas no serían más que demagogia y pura ficción sino fuera porque su ausencia afecta gravemente a la vida diaria -la economía, la cultura, la identidad-, de unas gentes, las leonesas, en cuyos corazones siguen (no nos lo inventamos, sólo hay que salir a la calle, hablar, preguntar) aspirando a una autonomía o por lo menos a algún tipo de autogobierno intermedio que les permitan administrar sus propios asuntos. La razón última de esta petición, no lo olvidemos, es conseguir que los leoneses vivan mejor y lleguen al máximo de sus potencialidades. Y ese legítimo objetivo no admite ningún tipo de objeción.

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