Bélgica y su «doble personalidad»
Se dio el nombre de Bélgica a una provincia romana extensa y poderosa. Los avatares de la historia hicieron de este territorio un lugar de encuentro entre la civilización latina y la cultura germana: en la Edad Moderna perteneció a España durante cerca de dos siglos, la cual le contagió un acendrado catolicismo. En la Contemporánea, estuvo repartida por largo tiempo entre Francia y Alemania. Más que un país es una encrucijada. Además, Bélgica tiene una fecha de nacimiento precisa: noviembre de 1830. En ese año, los burgueses belgas se armaron para contener al pueblo revolucionario e insurrecto y se dirigieron también contra la Casa Real de Orange, de la que habían pasado a depender. De ese impulso independentista y problemático, y de la voluntad concertada entre Francia y Gran Bretaña surgió la actual Bélgica. Es, por tanto, un estado planeado desde la diplomacia, un país colchón entre Francia y Alemania, tan artificialmente creado como lo fueron Yugoslavia y Checoslovaquia. Lo que se hizo fue reunir bajo una misma corona a dos pueblos católicos, los flamencos y los valones, que no parecen haberse entendido nunca del todo. Bélgica se creó como reino y el Congreso Nacional eligió a Leopoldo de Sajonia como primer monarca. No obstante, la corona ha sufrido diversos avatares y hasta fue sometida a referéndum en 1950: el resultado fue positivo para la monarquía, lo cual es indicio de su prestigio y su papel clave en la unidad belga. Otro nexo de unión es el ejército. El domingo 25 de abril de 1993 unas cien mil personas se manifestaron en Bruselas contra el separatismo. La mayoría eran ex combatientes que gritaban: «¡Viva el rey!», y también «¡No hemos luchado por Flandes ni por el país valón sino por Bélgica!»