El primer árbol navideño

Un recorrido a través de las tascas y bares del Húmedo se transforma en un cuento de Navidad que recrea la tradición del árbol

Publicado por
MARCELINO CUEVAS | texto
León

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Cuando la tarde languidece renacen las sombras... y ese es el momento de enfilar cualquiera de las calles en cuesta que suavemente, sin sobresaltos, llevan al caminante a las cuevas mágicas del Barrio Húmedo leonés. Viejos figones que, terminado el paréntesis de la siesta, van cobrando vida, encendiendo sus faroles y velas. Hoy, día de Nochebuena, hay que comenzar pronto los preparativos, pues los asiduos y los forasteros apurarán sus copas con ritmo apresurado para sentarse pronto ante la mesa hogareña. Todos se marcharán prestamente para dar buena cuenta del besugo y el capón o el pavo, con tiempo suficiente para asistir después a la Misa del Gallo. En el Mesón del Burro, presidido por una vieja cabezada colgada entre las piedras de sus paredes, están preparando sangre cocida en grandes cantidades, es buen momento para esta especialidad ya que en el tiempo de matanzas es fácil conseguirla y su precio es económico. En la Gran Tasca se afanaba Afrodisia en guisar con extremado celo un gran perol de mollejas, con su picantillo y su salsa espesa y roja. Mientras, su esposo, Indalecio, fregaba con minucioso cuidado la vajilla de la casa, tosca y pesada. En el Mesón de Matasiete, tampoco había grandes variedades en la cocina, en una enorme cazuela de barro cocía una buena ración de hígado encebollado. En la Bodega Real, por su parte, un cocinero, Julián El percha, salteaba en manteca de cerdo unos menudos de pollo. Los galopines que ayudan en el mostrador se afanaban mientras en trasegar desde los cervantinos pellejos a grandes frascas de vidrio, el vino tinto de agrios efluvios que dentro de unos momentos servirá para que los parroquianos acentúen sus alegrías navideñas. Subía Lorenzo con paso cansino la empinada calle del Barranco, jalonada de coimas que ofrecían sus amorosos servicios desde las ventanas, cubiertas hasta les cejas con mantones de lana, que hay cosas no que deben dejarse enfriar. Era la calle como un collar de negras perlas relucientes y vacías. Lorenzo, que trabaja en una carpintería situada en la Plaza del Pan, justo enfrente de la iglesia de Santa María del Mercado, caminaba entre la tentación como Moisés a través de las turbulentas aguas del mar Rojo, sin inmutarse, no en vano era esta su ruta de cada día y estaba ya curado de espantos. Desde la nueva Plaza del Mercado, viajaba con el mismo destino Gabriel, de oficio curtidor, hombre de mirada embelesada y pensamiento perdido en el paraíso de los amores imposibles. Y finalmente, completando el trío de amigos que se disponía a celebrar en buena camaradería la señalada fiesta, Santiago subía renqueante por la cuesta de Puerta Sol, una caballo desbocado le había pateado cuando niño y le había destrozado el pié izquierdo, avería que no le impedía trabajar la plata con acendrado estilo, cuidando la filigrana como los famosos orfebres leoneses de los tiempos antiguos. Fueron llegando al mesón del Burro con intervalo de segundos. Engracia desde el ventanuco que comunica con la cocina les deseó felices navidades y se apresuró a salir al mostrador para servirles sendos vasos de un vino rojo y espeso que este año había importado directamente de los viñedos zamoranos de Toro. Los tres alabaron al unísono las cualidades del morapio y Santiago lazó un brindis por la prosperidad que al trío de menestrales habrá de traerles en nuevo año de mil y setecientos y noventa y cuatro. Devorando grandes trozos de humeante sangre cocida, con su guindilla y su toque de cebolla, los felices parroquianos fueron vaciando vaso tras vaso de aquel vino denso como la sangre de toro, que con el frío entraba a las mil maravillas. Entre bromas y chanzas pasó el tiempo en un vuelo, y cambiaron de parroquia, y disfrutaron en la siguiente de la chispeante aguja de un fastuoso prieto picudo mono-varietal de elaboración completamente ecológica, que los desdichados no supieron apreciar en todo su valor, aún no había llegado la época de las minuciosas catas y los vinos con pedigrí. Y bebieron con deleite un mencía que los del Matasiete, trajeron de Cacabelos en una carreta de bueyes hace solamente una semana, un vino joven de impresionantes componentes frutales... y regresaron al Burro, donde Engracia, que pedió hace diez años a su marido en un brote de peste, y a su único hijo en una pelea el pasado verano, no tiene prisa por cerrar, pues nadie la espera. Pasó el tiempo en un vuelo, se bebieron la hora de la cena, la de la Misa de Gallo... y algo más. Finalmente, empleando el instinto como brújula, cada uno emprendió el camino hacia su casa con el rostro contrito, pensando en la broca que les esperaba y la la cena abandonada y fría sobre la mesa, con los manjares convertidos en helados reproches. Camino del popular bario de Santa Marina, Lorenzo llegó la plaza de la Catedral, en ella el silencio convivía resignado con la oscuridad. No le gustaba nada pasar bajo las altas torres surgidas vaya usted a saber de que raro encantamiento, porque -pensaba Lorenzo- es imposible que los hombres levantaran esas piedras hasta el cielo. Un siseo rompió el manto de silencio y una luz cegadora invadió la plaza. Lorenzo, bastante confuso por el vino, no sabía distinguir entre la realidad y la pesadilla. Pero el sobresalto y el frío hicieron que se despejara a tiempo de ver como se posaba ante sus ojos asombrados un gran plato de brillantes luminarias. De él bajaron unas extrañas y pequeñas figuras de variadas formas que le rodearon bailando y emitiendo extraños sonidos. Recapacitó en buen Lorenzo durante un instante culpando al vino de la visión, pero pronto se dio cuenta de que los pequeños bichos eran tan reales como el frío intenso que sentía, especialmente en los sabañones de sus orejas. Las cosas, los hombrecillos brillantes, le acosaban con belicosas intenciones, al menos eso le parecía... así que con la torpeza propia de la borrachera se lió a mamporros hasta dejar a una buena parte de ellos tumbados sobre las piedras de la calle. Los otros huyeron ante la feroz ofensiva y volviendo a su plato gigantesco, salieron disparados hacia el cielo intensamente estrellado, confundiéndose pronto con los lejanos astros. Lorenzo se dispuso a reanudar el camino, pero no quiso abandonar los restos brillantes de sus enemigos siderales, así que con sumo cuidado los guardó uno a uno en su zurrón. Al llegar a casa se encontró sobre la mesa, cubiertos ya de una ligera escarcha, los restos de la cena. Una hermosa tajada de bacalao rodeada de una salsa roja en la que nadaban algunos dientes de ajo refrito. Un muslo de capón orlado de patatas y un poco de berza. Y unos humildes dulces. En la habitación de al lado los sonoros ronquidos del abuelo. En la puerta entreabierta de su dormitorio solamente oscuridad... y aleteando en el umbral el fantasma de una bronca monumental. Ante tales perspectivas se sentó Lorenzo en el escaño y comenzó a sacar de su zurrón los brillantes enemigos que había capturado en singular combate. Eran brillantes y de formas graciosas, así que decidió colgarlos de un pequeño pino que había plantado poco tiempo atrás al lado de la puerta de su casa. Volvió al interior y acostándose cuan largo era sobre el banco de la cocina, se dispuso a dormir la borrachera en espera de que el día de Navidad amaneciera con buenos presagios. En la calle, el pino siguió acumulando escarcha pero, engalanado con los brillantes objetos celestiales, se convirtió, sin saberlo, en el primer árbol navideño del que se tiene noticia en León.

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