LOS PREPARATIVOS INTERCAMBIO CULTURAL
Planificación de una aventura La convivencia con los sherpas
|||| La aventura comienza cuando la idea de un viaje pasa por la cabeza del escalador. El primer paso es pensar en un proyecto que te lleve a ilusionarte y a trabajar al cien por cien por conseguirlo. Cuando en realidad existe tal ilusión, el viaje comienza a vivirse antes de montar en el avión. «Cuando se abre la puerta del avión ya está, sólo piensas ¡ya!». El segundo paso es el trecking de aproximación que puede durar más de quince días y consiste en llegar hasta la montaña que se va a escalar desde que te bajas del avión. En ocasiones hay que recorrer grandes distancias caminando, más tiempo incluso que lo que se tarda en escalar la montaña. En este momento también es fundamental el proceso de aclimatación, que comienza con la adaptación al medio, a la presión, a las temperaturas y, como no, a sus gentes. Esta etapa es en la que conoces a los sherpas que te acompañarán durante tu proyecto. Conoces gente, te reencuentras con viejos amigos, que en el caso de Calleja no son pocos. «En algunos casos he coincidido con los mismo sherpas en varias ocasiones», explica. El tercer paso es el definitivo: la ascensión. «Subir una montaña supone un esfuerzo titánico, debes luchar contra el frío, las tormentas, la aclimatación, la falta de oxígeno -cuando estás a seis mil metros es como si respirases con un sólo pulmón y en el caso del ochomil es como respirar con medio pulmón- hay que adaptarse a la situación, el ph se dispara, el cuerpo está sometido a fríos gélidos, duermes durante meses en tiendas de campaña por lo que cuando llegas a la cumbre es la máxima sensación, una satisfacción personal». Además admite que suele llorar cuando pisa la cumbre. Normalmente coloca una bandera de León en lo más alto. Pero todo lo que sube baja y una vez que se llega arriba hay que deshacer el camino, aunque es más sencillo porque ya lo has recorrido, y sabes lo que te puedes encontrar. Además, ya no existe el mismo ansia por llegar. Como en todo, cuesta menos bajar que subir pero también implica un gran esfuerzo a nivel físico y emocional porque «si en llegar a la montaña has tardado quince días, en llegar a casa tardas como mínimo otro tanto», argumenta Calleja. |||| «Fuera de Europa y del mundo occidental me encuentro absolutamente a gusto». Así de tajante se muestra Calleja cuando habla de los que él llama cariñosamente «mis amigos los sherpas». «Nosotros hemos avanzado muchísimo en algunas cosas pero en otras no hemos avanzado nada e incluso hemos ido hacia atrás, hay mucha más comunicación entre las personas, es mucho más importante el día a día entre las personas, ayudarse unos a otros, mientras que nosotros en occidente le damos mucha más importancia a todo lo material, damos placer al cuerpo con cosas materiales pero eso nos deja un vacío en el cuerpo, en mi caso por lo menos, que no siento cuando estoy en Nepal, por ejemplo», analiza Calleja. El leonés afirma que la cultura occidental sufre una decadencia total basada en el dinero, lo que los budistas llaman los apegos: «Cuantas más cosas tengamos o más cosas queramos, más tenemos que trabajr para pagar esas cosas; si compro algo caro tengo que pedir un prestamo que después debo pagar, para lo que además de hipotecar mi dinero, hipoteco mi tiempo, mi trabajo, etcétera para pagar todo aquello que me he comprado», describe Calleja. Según el escalador, la diferencia cultural es más que notable entre ambas culturas. «Son radicalmente distintas». En occidente empleamos nuestro tiempo en trabajar para pagar hipotecas que no disfrutamos ya que las pagamos en las mejores etapas de la vida. No es nada nuevo afirmar que la cultura occidental es naturalmente consumista pero conocer otras culturas, como es el caso de los sherpas, aporta una mayor visión. La cultura oriental, por otro lado, está basada en unos valores personales muy firmes. «Se apoyan entre ellos, tienen una vida mucho más rica en cuanto a valores, los amigos son amigos de verdad. Algunos de mis mejores momentos los paso con ellos porque nos reímos muchísimo», asegura, «cuando vuelvo me doy cuenta que llevo ocho meses fuera de casa viviendo en una tienda de campaña, comiendo comida básica y soy feliz, aquí me decepciono».