Los últimos nómadas

Los «travellers» irlandeses conservan su identidad centenaria de pueblo itinerante con lengua y costumbres propias. Mientras, en León, el sedentarismo está ya afianzado entre los antiguos viajeros

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PABLO GONZÁLEZ | texto
León

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Los nómadas europeos quedaron reducidos con el tiempo a los pueblos de criadores de renos -lapones y samoyedos- que aún conservan la costumbre del viaje perpetuo en el frío norte ya casi ártico. Los gitanos, tanto en León como en gran parte de Europa del Este, dejaron sus casas sobre ruedas (la rueda del carro sigue siendo el símbolo nacional de este pueblo milenario) para comenzar un proceso de sedentarización que en el caso leonés es prácticamente total, pero que se combina con cierta itinerancia por las ferias y mercados. Hay que volver la vista a la República de Irlanda y el Ulster para encontrar uno de los últimos restos de nomadismo en una sociedad avanzada: un grupo reconocido como minoría étnica y autodenominado travellers (viajeros), que se consideran a sí mismos como los irlandeses más antiguos -anteriores incluso a los celtas, suelen decir- y que mantienen la tradición de la vida en continuo movimiento, dando vueltas sin descanso a la verde Eire. A la entrada de cualquier pueblo irlandés pueden observarse los grupos de caravanas de los a veces llamados despectivamente tinkers, por su dedicación al reciclaje de la chatarra. La exclusión social de los cerca de 25.000 travellers que hay en la isla ha provocado que este grupo esté cada vez más unido y que incluso organice manifestaciones para defender sus derechos, como la que se celebró a principios de mes en Dublín. Reivindican que, más allá de su reconocimiento formal como minoría étnica, no se les nieguen su derecho a conservar una cultura itinerante que cada vez choca más con las costumbres de las sociedades actuales. Orígenes Algunos historiadores rastrean sus orígenes en el año 200 de nuestra era. Otros se remontan aún más lejos: nada menos que al 600 antes de Cristo. Podrían ser descendientes de tribus itinerantes expertas en el trabajo del metal o los restos de una sociedad céltica que conservó el druidismo cuando el cristianismo ya había triunfado en Irlanda. A estas sociedades nómadas se les unió un importante componente poblacional en las sucesivas confiscaciones de tierras realizadas por el invasor inglés en el siglo XVI y en el XVII. En cierta medida, los travellers reflejan a la perfección la historia de su país: son un producto del fiero colonialismo inglés, practican con celo el catolicismo y, en el siglo XIX, emigraron masivamente a Estados Unidos empujados por el hambre de la patata. Hasta tal punto es un grupo diferenciado que en la actualidad hay unos 10.000 travellers en Estados Unidos, quienes mantienen la cultura milenaria que en su día heredaron de sus antepasados. Y es que nadie duda en Irlanda de la especificidad de los travelleres . «¿Quieres conocer a un verdadero irlandés?, pues tendrás que conocer a un tinker », asegura la irlandesa Marie Crehan. De hecho, los travellers son también diferentes del resto de la sociedad incluso cuando dejan sus caravanas para vivir en casas. Una vivienda es sólo un descanso antes de emprender el viaje, «aunque ese descanso dure veinte años», suelen bromear. Un tercio viven en campamentos de caravanas controlados por las autoridades. El resto va con su caravana a donde le apetece, incluso cuando está prohibido. Solían hablar gaélico con un vocabulario propio denominado cant o shelta . Ahora hablan mayoritariamente inglés, pero mantienen esa jerga como un signo de identidad. En el Norte de España, a pesar de sus supuestas conexiones con Irlanda, no hay nada ni siquiera comparable a los tinkers . Enrique Couceiro, profesor de Antropología del Trabajo, menciona algunas experiencias contraculturales englobadas en el movimiento internacional Rainbow , con escasísima incidencia en España. No obstante, en el Noroeste de León y en el Sudoeste de Asturias aún podemos encontrarnos con reliquias antropológicas, tales como los vaqueiros de alzada , grupos de pastores que cada año, aunque cada vez en menor número, buscan los pastos altos de verano, las célebres brañas , con sus peculiares cabanas que forman copias en miniatura de los pueblos situados en los valles. Otro importante y secularmente apartado grupo social son los pasiegos de Cantabria y el Norte de Burgos, quienes practicaban (y aún continúan practicando) una «trasterminancia» o trashumancia localizada muy localizada y similar a la de los vaqueiros. Por otro lado, en Galicia, y tal como señala Couceiro, «antes fue muy importante la ambulancia tradicional ourensana. Ahora, podríamos hablar de los denominados zamoranos de Tuy y Porriño, que siguen recorriendo los mercados, aunque con una referencia residencial fija». Respecto a la población gitana, el mismo estudio llega a la conclusión de que la mayoría de la población gitana todavía era nómada a principios del siglo XX. «A partir de los años cincuenta -se asegura en el informe Chavós-, hubo un rápido proceso que se remató a mediados de los años sesenta, las familias gitanas que recorrían los caminos en carros dejaron de viajar y se hicieron sedentarios. Esta sedentarización obedece a las transformaciones producidas en la estructura social y económica».

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