Ramona, la enamorada leonesa de Jovellanos
El célebre ilustrado asturiano llamaba «la majestuosa» a una amante leonesa que tenía, mujer de sonoro nombre y muy hondos sentimientos humanitarios
Llamémosla así, sólo por su nombre de pila, Ramona, aunque probablemente heredaría el título nobiliario de su padre, si es que no tenía hermanos. Lo cierto es que vivió en León a finales del siglo XVIII y que conoció a Jovellanos y sufrió la invasión de los napoleónicos, aunque sobre esto de que sufrió ya no estoy tan seguro dado que el cura Posse, en sus memorias, menciona el nombre y apellidos de quien pudo ser su padre como colaborador de los franceses. Jovellanos la llamaba «la majestuosa», sin que sepamos el porqué. Era casi treinta años más joven que don Gaspar Melchor, pero, por esos caprichos de la existencia, se atraían. Pasajeros del mismo barco, el de la vida, él tendría que abandonarlo en las escalas más próximas, mientras que a ella le sería dado continuar viaje. Sin embargo, le prefirió a él, al menos en su fuero interno, frente a otros pasajeros, asumiendo el riesgo de quedarse sola para lo que restaba de trayecto, en su caso, la mayor parte, hacia ese destino que a todos aguarda, el inexorable puerto de llegada. Y había muchos otros pasajeros en los que fijarse, algunos incluso parientes del mismo don Gaspar, acaso parientes de ella, Tineo, por ejemplo, tan jovial y bullanguero, asturiano también, o el francés Dimanche o el mismo Diguja, el hermano o el sobrino de aquel virrey de Venezuela nacido en Benavente, al que repugnaba la pena de muerte y cuyo benéfico gobierno todavía hoy se recuerda con elogios en Venezuela y en Ecuador. El dieciocho español es un siglo con mala estrella. En él se abre la posibilidad de una evolución democrática a la inglesa, para la que Jovellanos y tantos otros estaban sobradamente preparados. Sin embargo la invasión de los napoleónicos obliga a una solución tan traumática o más que la francesa, mucho más costosa, devastadora y sangrienta en cualquier caso que la propia revolución, con tres ejércitos extraños, el inglés, el portugués y el francés, guerreando en suelo español, todos con los intereses puestos en sus respectivas naciones, dispuestos a eliminar la competencia presente y la futura, destruyendo, a tal fin, factorías y conglomerados industriales y dejando el territorio patrio tan calcinado como las arenas de un desierto, de Gerona a Cádiz, de Gijón a Sagunto. ¿Y Baltasar? Don Gaspar nació el día de Reyes de 1744, de ahí su nombre, aunque como un día le dijo Ramona, con algo de malicia y provocación, me gustaría llamarle a usted por el nombre que le falta, el negro, que es mi favorito, Baltasar. Era todavía una niña, pero no tan niña como para seguir jugando con muñecas, aquellas muñecas cuyo rostro solía pintar de negro para acunarlas en sus brazos, según veía hacer a las esclavas de la casa con sus hijos y aún con los de los demás, las dominicanas Isabel y Fernanda. Ramona había venido al mundo veintinueve años más tarde que don Gaspar, en 1773 o en 1774; era más joven que el primer ministro y generalísimo Godoy, nacido en 1767. Hay que suponer que, en el momento de hacer tal comentario, habría mucha confianza entre ellos, y también respeto, los naturales entre un adulto y un adolescente cuyas familias mantenían antiguas relaciones de amistad, por más que ella fuera ya una mujer. Es de suponer también que por aquel entonces Ramona aún trataría a Jovellanos de usted, mientras que él siempre la trataría de tú. La primera vez que don Gaspar tuvo noticias de Ramona debía de ir de camino a su casa gijonesa, en su acostumbrada parada de varios días en León. Apenas se fijaría en ella, un bebé de días o de meses, más que para atender a unos mínimos requerimientos de cortesía con sus anfitriones, los padres de la recién nacida. No sería imposible que en algún momento la hubiera tenido en brazos y todavía menos que la hubiera visto desnuda, si no en ese viaje en algún otro, cuando ya era una niñita de dos o tres años, con tirabuzones castaños, la cara seria y dulce, que miraba fijamente y que adelantaba un dedo para tocarle la frente como siguiendo la dirección de los cabellos de don Gaspar. Hay que imaginarla hundida en un barreño entre los brazos oscuros de las dominicanas Isabel y Fernanda, chapoteando en el agua y riendo con alboroto, súbitamente fija su mirada de carbón en la de aquel adulto de casaca verde que sonreía con un punto de ironía o de sorpresa o de cualquiera sabe qué. El desasosiego le vino más tarde a don Gaspar. Un desasosiego agudo como un estilete en cada despedida. Despedidas de tímido sin el impulso necesario para expresar sentimientos que no fueran ambiguos. Ramona no lo propiciaba tampoco, que sus obsesiones y su discurso parecían dejarle de lado, dichas siempre con una seguridad y aplomo desconcertantes. A don Gaspar le parecía que nunca había lugar para hablar de ellos dos. Y se conformaba, pero también se desazonaba. Viajes y más viajes Fue bastante después, a su salida del Gobierno tal vez, en otro de sus viajes de León a Madrid o de Madrid a León, cuando tuvo esa revelación, tan obvia por otra parte, de que, a despecho de la diferencia de edad, eran pasajeros del mismo barco. Un consuelo muy magro, sin embargo, que no eliminaba la desazón provocada por la discordancia de sus pasajes. Y algo más, claro. Porque don Gaspar seguía sin atreverse, o al menos eso quería creer, puesto que reconocer que su retraimiento era hijo de su fuerte voluntad le excluía de aquello que más admiraba en sus amigos, servir a una pasión sin condiciones, tal y como había mostrado José Cadalso, el autor de Noches lúgubres , capaz, según se decía, de desenterrar el cadáver de su amada Filis. Es cierto que había en Ramona un misterio que no conocía en otras. Y que quizá ese misterio lo volvía apocado y más retraído. Ramona no era como la Montijo, ni como la de Huéscar, ni como la de Benavente, aunque tenía algo de todas ellas, su atrevimiento, un atrevimiento para opinar, para decir las cosas más audaces sin romper las fórmulas de la cortesía, aunque a veces sí las retorciera algo, al menos con él, en sus paseos, en sus pequeñas charlas bajo techado, mientras que algún otro pasajero de la vida se ausentaba un momento y quedaban solos en los salones del Marqués, o en los de Diguja o en los del obispo Cuadrillero o cuando galopaban por las riberas del Bernesga arriba mirando las montañas asturleonesas. Ramona era de una curiosidad y unos gustos peculiares, a veces podría decirse que pintorescos. Acaso por ser noble y por ser mujer y por ser provinciana vivía en una especie de burbuja en la que no penetraban de frente las maldades de la sociedad ni las asechanzas de los contrarios, aquellos siempre dispuestos a negarlo todo. O eso creía don Gaspar, que en sus conversaciones con ella procuraba evitar uno de los más grandes tópicos del siglo: el menosprecio de corte y alabanza de aldea, por lo mismo que no debe encenderse una llama en un granero atiborrado de hierba seca, tanta y tan frágil le parecía su sensibilidad. Los ojos de Ramona eran negros y grandes; no sólo se distinguían por subrillo, sino también por su halo, ojos como de mina o de boca de abismo, unos ojos de carbón, le parecía a don Gaspar, con llamada, o sea con reclamo, y también con salida, que entraban como una espada en el pecho de quien se topaba con ellos, y más si quien la miraba era don Gaspar, causándole una herida de melancolía capaz de prometer tanta felicidad como miedo al dolor de no conseguirla. ¿Habría algún modo de defenderse de tan extraño brillo? Para don Gaspar tenían la fuerza subterránea de las mareas nocturnas en el arenal que tantas veces contemplaba fascinado desde el balcón de su casa solariega de Gijón. Una fuerza subterránea de atracción, de expulsión, de remolino, muy contradictoria, por tanto, pero muy fuerza. Y don Gaspar luchaba contra ella, y quería menospreciar en su fuero interno tamaña fascinación, sobre todo después de que él ya hubiera cumplido los cincuenta y cinco años. Pero bien sabía que aquel brillo amortiguado como el polvo del carbón tenía algo de portento, porque siendo al fin, lo que son unos ojos por muy grandes que sean, cosa de reducidas proporciones, a él le colmaban de embeleso, como quien en una noche de verano se extasía ante el halo de la luna. Y la imagen es seguramente harto deficiente, pues bastaría con escribir que los ojos de Ramona enamoraban a don Gaspar. No sólo por su hermosura, reconocida por todos, sino, como apreciación singular de don Gaspar. Unos ojos oscuros, de hondura abisal, que en sí contenían amenaza y miedo, paraíso y premio, con una luz de fondo que parecía ser inteligencia. O eso quería creer don Gaspar mirando y admirando en Ramona el modo espontáneo que tenía de interrogarle y de increparle a impulsos de lo que parecían, sin embargo, sentimientos de muy honda raíz infantil. No le gustaban, por ejemplo, las fiestas de toros, muy poco frecuentes afortunadamente ya en aquel León, ni ninguna otra en la que intervinieran animales. Nada digamos del trato que se daba a los de carga, trabajando de sol a sol como si fueran autómatas, apaleados y maltratados por los unos y los otros. Y tan consecuente era con esos sentimientos que procuraba no comer carne, desde luego jamás probaba la de vaca o la de un animal de cuatro patas, pues sentía, sobre todo por lo que se refiere a las vacas, que había en ellas algo muy cercano, una condición de madre, no sólo de sus propias criaturas, pues precisamente gracias a esa misma leche de que se las despojaba a diario su condición se hacía universal. Esto era algo que valoraba con sensibilidad doliente pues pensaba, sin saber muy bien por qué, que precisamente tal condición a ella le iba a estar vedada. Rara era, pues, Ramona Sus pretendientes, jóvenes como ella, no la convencían o le hacían muy poca gracia y Jovellanos, por quien sí se sentía atraída, era ya mayor como posible novio y futuro esposo, una circunstancia que ella estaba más que dispuesta a dejar de lado, pero no así don Gaspar que parecía incapaz de atreverse a dar un paso en esa dirección. Y fueron transcurriendo los años y los viajes, el destierro de don Gaspar en Mallorca, algunas muertes, la del obispo Cuadrillero, la del buen Diguja, y luego la guerra contra los franceses, sin que ella volviera a comer carne, sobre todo de vaca. Mientras tanto, él, don Gaspar, sí la comía, variada y distinta, pero nunca en exceso, frugal como era. Y cuando regresó a Gijón, tras el destierro y su paso por la Junta Central, tan atacada y calumniada, que, en su arribada forzosa a las costas gallegas, escribió un centón de folios para defenderla, hizo plantar, ya en casa, y en loor de multitudes, árboles en uno de los paseos que llegaban hacia la puerta de la carretera a Oviedo, agrupados de diez en diez. Los primeros fueron robles, los segundos araucarias, los terceros magnolios, los cuartos olmos y por último nogales y arces. Lo que repitió en el otro lado de la calzada de manera inversa. ¿Por qué esos árboles y no otros? ¿Por qué precisamente así agrupados, con esa simetría de ida y vuelta?. ¿Le reveló a alguien la razón última? ¿Acaso a su amigo Pachín, con el que se escribía en asturiano utilizando una firma falsa para burlar la censura impuesta por el Príncipe de la Paz durante sus ocho años de destierro? Sorprende que quien había escrito tantos versos se conformara con expresarse de esta manera. Don Gaspar Melchor, que no Baltasar, nunca perdió el ingenio. Pero cuesta imaginar un poema tan secreto que carezca por completo de difusión, que no llegue siquiera a la persona a la que va destinado. Árboles contra palabras. La inicial del nombre de cada árbol, repetido diez veces a cada lado, sugería la lectura acróstica de otro nombre, el de Ramona. Como si ese fuera el único modo de rendir tributo, un poema vivo y vegetal, a una enamorada vegetariana. Fino y extraño sentido del humor. Si lo comentó con alguien, lo ignoramos. De modo que es muy posible que ella no se enterara nunca. Ese pequeño bosque de más de cien árboles ha desaparecido hoy. Pero cuando Ramona, muerto Jovellanos en noviembre de 1811 tras un azaroso viaje en barco, visitó Gijón en el 1815, una vez concluida la guerra contra el invasor, allí seguía; unos árboles más altos, otros más gruesos, agrupados en ese orden que ya hemos dicho. Tal vez, lo suponemos, alguien le comentó que esos árboles los mandó plantar don Gaspar Melchor de Jovellanos. Y nada más.