Diario de León

Publicado por
Manuel Vilas
León

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Las administraciones públicas abusan de internet. No puedes exigirle a un ciudadano que necesite hacer algún trámite con la administración que tenga los conocimientos de un ingeniero informático si quiere lleva a buen puerto cualquier certificado o factura o papel oficial. Además, me parece inconstitucional obligar al ciudadano a resolver todos sus asuntos por internet. ¿En qué punto de la constitución está recogida esa obligación? Las administraciones públicas cada vez se parecen más a las obras de Kafka.

Internet en realidad es una invención de Franz Kafka. Miles de miles de contraseñas. Miles y miles de pestañas minúsculas con asteriscos en rojo. Miles y miles de firmas digitales, certificados electrónicos, autofirmas, y claves pin, y así hasta el infinito, así hasta que desistes, hasta que caes derrotado. La gente que tiene que facturar a la administración pequeñas cantidades sucumbe ante el papeleo informático, y la administración se va quedando pequeñas cantidades de ciudadanos desesperados. Porque la administración busca desesperar a los ciudadanos. Porque la administración no está al servicio del ciudadano. Nadie sabe al servicio de quien está la administración, pues ésta se ha convertido en una especie de Matrix, que aspira a su propia supervivencia.

Además, los ordenadores van muy lentos. Les cuesta abrir los programas. Todo se atasca. Y al final siempre da error. Y entonces ardes de rabia: te tiras dos horas haciendo gestiones online y luego nada, como en aquellas operaciones matemáticas del bachillerato que daban igual a cero. Me acuerdo de mi 3º de BUP, haciendo ecuaciones cuyo resultado final era un número inexpresivo. Internet vino al mundo para quitarnos del pensamiento lo único importante que hay en la vida.

Vendrán siglos futuros en donde no existan las pantallas, en donde no haya ni un segundo que perder, en donde pensamiento y ejecución sean operaciones simultáneas. Las máquinas son todavía estúpidas y retrasadas. Me he tirado toda la mañana intentando rellenar unos impresos online. No me ha dado tiempo de hacer la comida. Así que me bajo al bar de mi calle, donde dan un menú por 10 euros. Y el primer plato es casi veneno puro: un arroz lleno de restos orgánicos imprecisos. No creo que hoy me reconcilie con la vida. Tengo la sensación de que todo conspira contra mí. El arroz caldoso sabía a chorizo podrido. Mi aliento ahora parece el de Lucifer. Miro al cielo y veo tres caprichosas nubes negras, y las tres dibujan el número seis.

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