Diario de León

Dolor y tiros a ninguna parte

Lo que iba a ser un convoy rutinario acaba convirtiéndose en una trampa. Un muerto, un herido que grita y disparos sin dirección. La guerra de fantasmas que libra Estados Unidos en Irak

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DAVID BERIAIN | texto VERA COSMO | foto
León

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E l pastor Newman se me acerca antes de que nuestro convoy deje la base Falcon en el sur de Bagdad. Lleva el pelo cortado a cepillo, al estilo de los marines, y viste uniforme militar. Anda repartiendo bendiciones entre los soldados del 1-4 de Caballería para que vuelvan a salvo de la misión de hoy. «Rezo por todos vosotros, incluso por el civil que nos acompaña», dice señalándome. Después se me acerca con gesto enfadado. «Me he quedado sin ir a la misión por ti, así que más vale que la disfrutes. Oye, ¿a ti te dejan llevar armas? A mí no, no sé por qué. Deberían dejarme llevarlas. Hay muchos malos ahí fuera». El mayor que comanda mi vehículo da las instrucciones. Qué hacer si nuestro convoy es alcanzado por una bomba de la insurgencia, cómo responder si recibimos fuego de armas ligeras, cómo afrontar una emboscada. Sus soldados le miran con aire distraído y sin mucho respeto. Quizás para el oficial sea una salida poco habitual de su cómodo puesto en el cuartel, pero para ellos es sólo la «mierda de todos los días». Partimos, el vehículo arranca, recorre unos metros y en la radio llega un aviso urgente. El coche se para. El mayor dice algo a través de la emisora que no entiendo, pero por la cara que pone no puede ser bueno. Pregunto si está todo bien. «No, nada está bien. Acabamos de perder a un chaval y tenemos otro atrapado entre los hierros de su vehículo. Joder», responde. Es el segundo en dos días. Ayer un francotirador le reventó la cara a otro soldado. Gritos La misión a la que íbamos -llevar al coronel Crider, el líder de la unidad, a una reunión con jeques tribales- se suspende. La prioridad es ahora evacuar a los heridos y rescatar el cadáver del muerto. Y no hay más efectivos disponibles, así que tiene que ser el mismo coronel el que vaya en ayuda de sus hombres. Se hacen los preparativos. Hay que conseguir una grúa que pueda levantar el vehículo atacado y hay que hacerlo rápido. De momento no hay ninguna disponible. El tirador de ametralladora de mi vehículo se pone nervioso. Cree que uno de los heridos es un buen amigo suyo y le menta la madre a los militares que están encargados de la grúa. «Son unos hijos de puta retrasados mentales», me dice a modo informativo. Veinte minutos después y con los nervios a flor de piel el convoy sale de la base. Tardamos poco en llegar a la zona y lo que nos encontramos allí es el cráter de lo que ha debido de ser una explosión descomunal. Al lado del cráter está el vehículo, que ha saltado por los aires y ha caído boca abajo. Y de repente se oye un grito de dolor de alguien dentro, que está atrapado junto al cadáver de su compañero. Yo no sé qué hacer. Si acercarme a hacer unas fotos de lo que pasa y arriesgarme a que me saquen a culatazos o si respetar la intimidad de su dolor. Una ráfaga de disparos me saca de dudas. Todos al suelo. Un soldado responde al fuego con su ametralladora pesada sin mucha convicción. ¿Hacia dónde habrá disparado? No puedo quitarme de la cabeza lo que me ha contado hace unas horas un sargento de la unidad. Que en un año de misión ha disparado muchas veces su arma, pero que sólo ha visto al enemigo tres veces con sus propios ojos. ¿Lo habrá visto el que ha respondido al fuego? Lo dudo. En cuanto los disparos cesan, los sanitarios sacan al soldado herido del vehículo. Sus gritos de dolor se me incrustan en la memoria. Tiene las piernas rotas, se balancean en ángulos imposibles, como si fueran de plastilina. Después queda la labor penosa de sacar al muerto. Alguien trae una bolsa negra y colocan allí el cuerpo. El coronel Crider moviliza a sus hombres en busca de quienes han colocado la bomba. Asaltan casa tras casa en busca de los insurgentes, pero en el barrio ya no queda nadie. Sólo casas abandonadas hace semanas por temor a las matanzas entre suníes y chiíes. La resistencia ha atacado, se ha ido y sólo volverá para atacar otra vez. Para los norteamericanos, esta es una guerra de fantasmas.

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