Diario de León

«Estos niños no necesitan nada, lo necesitan todo» «Rezar es el motivo de no malgastar el agua» Del calor del desierto a la paz del verano leonés «Cuando fui a visitarla allí, enfermé de tristeza» Creciendo juntas durante cuatro veranos «Nunca me voy a ol

Con los programas de acogida, los niños bosnios y saharauis no sólo conocen la realidad de un país desarrollado, sino que también disfrutan de un verano en paz aunque sea durante un período efímero lejos de su hogar

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THAIS LOZANO | texto
León

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Kemo, Ermina y Muris son «los niños de la guerra». Cada uno de estos nombres esconde una triste historia que describe lo que es pasar de no necesitar nada a necesitarlo todo. Los tres son suficientemente mayores como para recordar que siendo niños vivían en un país europeo en el que las jornadas llenas de juegos acabaron tornándose en la realidad de un conflicto armado. El contraste lo ofrecen unos niños que emplean la palabra «lujo» con pequeñas cosas en las que nosotros ni siquiera reparamos. En el caso de los niños bosnios, es la nostalgia de lo que tuvieron lo que marca su comportamiento en España, pero Hamed, Omla, Said y Huria no aprecian las cosas porque las hayan perdido, sino porque nunca las han tenido. Es por esta razón por la que acciones cotidianas en nuestra vida como abrir un grifo o tirar el pan que nos sobra porque sabemos que mañana compraremos uno del día, les dejan boquiabiertos. Varias personas en nuestra ciudad saben de primera mano la necesidad que tienen estos niños de conocer un país desarrollado, aunque sólo sea durante las vacaciones de verano. Son ellos quienes hacen posible su llegada a León cada año por estas fechas. La diferencia entre las necesidades que tienen ambos colectivos de niños es mínima, sin embargo, se hace notable en el funcionamiento de las asociaciones que posibilitan su visita a España. Los miembros de la Asociación Humanitaria de Niños de los Balcanes, costean con su dinero el viaje desde Bosnia en autobús, los gastos de su estancia en nuestro país y su seguridad social, ya que cada vez que vienen se les hace una revisión médica exhaustiva. Estos padres tienen que pagar una cuota fija de trescientos euros cada año y venden lotería en navidad, para asegurarse una cantidad de dinero estable con la que sufragar los gastos, aunque también cuentan con las ayudas del ayuntamiento y de algunas empresas que colaboran de manera altruísta. Por otro lado, la peculiaridad de la asociación que posibilita la llegada de los niños saharauis, como indica uno de los padres de acogida es que «no hay asociación». El Ayuntamiento es quién costea el viaje de los niños y su reconocimiento médico. Así, a diferencia de lo que ocurre con los niños bosnios, las familias que acogen saharauis únicamente tienen que sufragar los gastos de su estancia en León. En ambos casos, los padres les suelen dar una pequeña cantidad de dinero con ánimo de ayudar a la familia biológica del niño cuando abandonan nuestro país para volver con los suyos. «Le damos 200 o 300 euros para ayudar a sus padres durante el invierno», indica uno de los padres. Además, les compran ropa y regalos para que no se olviden de ellos durante el curso. La mayoría de los padres acoge siempre al mismo niño, por lo que lo acaban considerando como un hijo propio. «Ya forman parte de nuestra familia». Por eso, muchos de ellos han ido a su país a visitarlos durante el invierno. «El hecho de conocer de primera mano como viven, y darte cuenta de que la situación es mucho peor de lo que te imaginabas, hace que empieces a entender muchas cosas. El trato que le di al niño cuando no sabía como vivía realmente y el que le ofrecí cuando volví de su país, cambió inevitablemente», cuenta uno de los padres. La selección de los niños en el país de origen se hace dependiendo de sus condiciones de vida. Las familias más pobres tienen preferencia sobre las que viven en mejores condiciones, y lo mismo sucede en cuestión de estudios. «Es un premio por sacar buenas notas» Llegar a un país extraño en el que se habla un idioma desconocido nunca ha supuesto ningún problema para los niños, y lo mismo ocurre en el caso de la religión, ya que tanto los bosnios como los saharauis son musulmanes. Las familias que acogen se adaptan durante el verano a la nueva situación. Cambian hábitos, por ejemplo el de la comida, porque los niños «siempre que ven un filete preguntan de que és». Lo mismo ocurre en el caso de la religión, pues como cuenta una de las madres de acogida: «Omla reza cinco veces al día, y me pide por favor que si se le olvida, se lo recuerde» Las personas que no conocen la situación, acostumbrados a vivir aquí y sabiendo cómo son las condiciones de vida en el Sáhara o en Bosnia, pueden pensar que se acostumbra a los niños a vivir en un ambiente desarrollado, y luego puede ser duro para ellos abandonarlo de golpe. Pero, a pesar de que viven rodeados de pobreza, son felices en su país, por eso cuando llega la hora de abandonar España, no dudan en hacer rápidamente las maletas y despedirse hasta el año que viene de sus padres de acogida. «La familia tira mucho y todos estos niños tienen padres, hermanos o abuelos en su país». Aunque siempre hay excepciones. «La niña que tuve el año anterior, cuando llegó el momento de irse se agarró a la pierna de mi marido y pedía por favor, con las manitas juntas, que enviásemos la maleta, pero que ella se quería quedar». Gracias a esta campaña de acogida, los saharauis viven la experiencia de estar dos meses de su vida rodeados de lujos, caprichos de valor incalculable como puede ser un vaso de agua fría en las comidas. Por su parte, a los niños bosnios les crecen las ganas de intentar levantar de nuevo su país, y hacer de esas montañas de cascotes un lugar al menos «tan paradisiaco como León.» Los niños saharauis que acogen desde hace dos años las familias de Alejandro y Paco están encantados de venir a España, porque aquí no pasan calor. Ambos viven en una jaima en la jamada del Sáhara, dónde las temperaturas en esta época alcanzan los cincuenta grados. Paco lleva dos años con Said, pero a pesar de ello no puede hablar mucho de él porque «es un niño muy tímido y no se deja querer», pero aun así, reconoce que le da «muchas satifacciones». Los niños, durante su estancia en España pasan un control médico, por que los niños siempre vienen con anemia y falta de hierro, e incluye salud bucodental. «Les empastan lo que haga falta», pero los dientes de Hamed no tienen solución por el momento. El agua que allí bebe es llevada al desierto por un camión cisterna, que deposita en un tanque una determinada cantidad. Ese agua puede pasar allí más de un mes y está sometida a altas temperaturas, «y como después no se depura, tiene un alto grado de contaminación», cuenta el padre. Eso es lo que provoca que muchos niños tengan manchas marrones en sus dientes, pero, como en el caso de Hamed, eso no es ningún inconveniente para sonreír. Huria lleva viniendo a León desde que tenía ocho años, y siempre ha estado en casa de la familia de Néstor y Ángeles. Ellos ya tienen una hija de quince años que es para Huria como una hermana, porque a pesar de que discuten alguna vez, se llevan muy bien. «Alicia al principio tenía celos de Huria porque el primer año que llegó era el centro de atención». Acostumbrada a ser la reina de la casa, pasó a asumir que el cariño pasaria a ser compartido con la niña saharaui, que, según sus padres leoneses, se ha adaptado muy bien. «Al principio le sorprendía todo. Un día que me estaba maquillando me preguntó: Ángeles, ¿para qué te maquillas si ya tienes marido? ¿quieres encontrar otro? Porque en su país, las mujeres coquetas son las que aún están solteras, y necesitan arreglárse más para poder conquistar a algún hombre.» Hace siete años que Ermina llegó a casa de Martirio, y nunca ha cambiado de familia, porque cada año se encuentra mejor aquí. Lo único que recuerda de la primera vez que vino a León, es que se quitó los zapatos al llegar por la costumbre de no pisar las alfombras que subren el suelo de su casa en Bosnia. «Si algún año me dicen que no puedo venir a su casa, me quedaría a pasar el verano en Bosnia» Ermina fue elegida para el programa de vacaciones porque era una niña necesitada. Vivía sola con su madre y su hermana, porque su padre se fue voluntario a la guerra cuando ella tenia un año. «Ni siquiera sabemos si está muerto, no lo han encontrado». La mayor ilusión para ella sería poder venir a vivir a España cuando termine de estudiar, pero su madre no quiere mudarse. A pesar de que su sueldo no es alto, son felices en Bosnia. «Tenemos una huerta en la que cultivamos patatas y verduras para poder comer, porque los precios no son muy distintos a los de aquí. Mi madre tiene un sueldo de cien euros al mes, y un bocadillo me cuesta uno» «Es muy distinto a León, aquí no habláis más que de comer, ¿qué comemos,? ¿cuando comemos?... ¡Se come seis veces al día!» Es una abundancia a la que ninguno de estos niños está acostumbrado, y sin embargo «en España no nos damos cuenta ni siquiera de lo que derrochamos», comenta uno de los padres que ha visto la situación del país. «El otro día había un televisor tirado en la calle. Pensando que no funcionaría, me lo lleve a casa para aprovechar algunas piezas, y cuando lo enchufé, comprobamos que la imagen se veía perfectamente. Los niños que tengo acogidos no podrían creerse que alguien hubiera tirado un televisor en perfectas condiciones, y yo intentaba explicarles las razones por las que podían haberlo hecho, pero les daba igual, para ellos no hay excusa posible». Por eso, este programa no es sólo una recompensa para los niños por sacar buenas notas, o una ayuda para los que más lo necesitan. «Es un premio también para nosotros porque nos enseñan a valorar pequeños detalles que simplemente se nos escapan». Muris tiene dieciocho años y ha estado viniendo a casa de Raquel los últimos ocho veranos. «Cuando vine por primera vez estaba asustado, con diez años me daba miedo todo, pero no lloraba» El tercer año que visitó España, cuando estaba ya en León, nació la primera de las dos hijas biológicas de Raquel, Verónica. «Muris estuvo en el hospital y no se movió de allí hasta que no salí yo y pudo ver a la pequeña. Una vez que nos reunimos y vio al bebé, Muris preguntó: «¿puedo decir que es mi hermana?» dice Raquel. Luego nació la pequeña Esther y Raquel confiesa «que en verano la casa está más animada, porque las niñas le quieren un montón, cuando él se va hay que explicarles que se ha ido con su mamá, pero les cuesta asimilarlo. Siempre me repiten: falta el plato de Muris, ¿cuando viene?» Muris tiene muchos amigos españoles, y le «encanta la fiesta». Cuando llega a su país, incluso se le olvida el idioma. «A veces cuando llamo a mi casa se me escapan palabras en español» El año que viene superará la edad máxima permitida por la campaña, pero esto no es un problema para Raquel, porque «si él, el año que viene no puede venir con la asociación, lo arreglaríamos por nuestra cuenta y yo le mandaría un billete de avión. Mientras él quiera, las puertas de mi casa las tiene abiertas, porque cuando se va, queda todo muy vacio,» Y Muris bromea con que si no es a casa de Raquel, no vendría más a España. Jose Ángel decidió acoger a una niña bosnia por recomendación de un amigo y no sólo no se arrepiente de haberlo hecho, sino que este año la familia ha aumentado en un miembro más. Kemo es un chico bosnio de veinte años, que, al haber superado la edad máxima, viene a España en calidad de monitor. Es el séptimo año que visita León, y no tenía padres de acogida. «Ante esto, nosotros decidimos que no se podía quedar allí, sobre todo después de haberlo probado, por eso, a pesar de tener una niña, lo acogimos.» La organización comenzó a funcionar a raíz de la guerra de Bosnia. Kemo recuerda que «antes de la guerra estaba más tranquilo, porque con los serbios nos llevabamos muy bien. No era tan avanzado como España, pero si no hubiese ocurrido, seguro que ahora iríamos por delante». La mayor diferencia es que allí no viven «en una situación legal, y todo va muy despacio». Kemo acabó secundaria, pero no continuó yendo a clase porque su hermana mayor quería estudiar, y para eso es necesario desplazarse hasta Sarajevo, «y eso cuesta mucho dinero». «Yo ya soy mayor, y se como van las cosas. Me habría gustado estudiar si el tiempo y la situación me lo hubieran permitido. Para mi, es más importante de momento trabajar, porque de verdad necesito un trabajo, necesito un sueldo, porque no puedo estar toda la vida sin ayudar a mis padres» «Yo creo que mejoraremos como país, pero para ello necesitamos fábricas, empresas, para que pueda trabajar la gente. Sin trabajo no podemos tener nada. A mi no me importa si se abre una tienda que venda los coches más nuevos del mundo, ¿para qué? si la mayoría de la gente sólo los puede mirar.

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