Los conejos silvestres minan las autovías
Circular por una autovía es, en ciertos tramos, recorrer un territorio lleno de galerías de conejos silvestres, que han encontrado el lugar idóneo para sus madrigueras. Los agricultores se desesperan porque se alimentan en los campos aledaños
El Ministerio de Fomento no aclara si hay o no peligro para la seguridad, pero un informe de la Demarcación de Carreteras del Estado en Castilla-La Mancha, firmado por el ingeniero jefe Isidro B. Picazo, asegura que los conejos «están minando los terraplenes de las carreteras y de no poner pronto remedio (...) llegará un momento en que peligrará la estabilidad de los terraplenes y posiblemente sea necesario inyectar en las madrigueras». En principio son sólo los terraplenes, pero Jorge Navarro, secretario general de Asaja Albacete, cree que el riesgo es mayor y dice que cuando convirtieron «la variante de Albacete en Autovía, la A-30, fueron unas palas a desmontar los puentes y nada más tocarlo se desmoronó totalmente, de lo hueco que estaba». Haya o no riesgo para los conductores, los agricultores con parcelas junto a estas vías estiman pérdidas millonarias por la actividad de los animales que, cada noche, se despliegan por los campos cercanos y acaban con los brotes recién nacidos de los cereales o con las yemas tiernas de las vides o de los árboles frutales. La autovía tiene una franja de seguridad, vallada, que lo convierte en un paraíso al que no pueden acceder depredadores, al contrario que en sus madrigueras en plena naturaleza. El problema no puede afrontarse con la caza, prohibida a menos de 150 metros de vías de comunicación. Se recurre al «descaste» mediante hurones con bozal, que hacen salir al conejo de su madriguera, y redes, para capturarlos vivos. Luego se trasladarán a cotos de caza o a espacios naturales y, en ocasiones, se les sacrificará allí mismo. Pero el procedimiento es lento y muy dependiente de la dedicación de los departamentos implicados. La delegación de Córdoba de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía ha elaborado estudios minuciosos sobre el problema en su demarcación. En su Informe General de abril reconoce que «el conejo se distribuye principalmente asociado a estructuras lineales artificiales», con una zona de daños «concentrada principalmente en bandas paralelas de una anchura aproximada de 50-100 metros». Para atajar el problema, desde finales de 2007, han contratado tres equipos de huroneros, uno de los cuales actúa en las autovías. Pero antes deben pedir permiso a Fomento. Lo hicieron por primera vez el 20 de diciembre de 2007 y se les concedió el 3 de enero de 2008. Los trabajos efectivos comenzaron el 14 de enero, 25 días después. El pasado 15 de febrero pidieron una prórroga de cuatro meses y el 6 de marzo, veinte días después, recibieron el permiso. Los trámites, pues, son largos y los agricultores se quejan de que pasa tanto tiempo desde que se detecta el problema que los daños llegan hasta el 100% de la cosecha. José Calzado, de Puente Genil, cree que los huroneros «quitan un poquito de la población de conejo, pero la que queda sigue dañando. Hace falta algún mecanismo que permita indemnizar a los agricultores». Declaración de plaga Pero los seguros agrarios no cubren los daños, porque para ello sería necesario una declaración de «plaga», con más de 40 animales por hectárea. Según Rafael Arenas, Jefe del Servicio de Gestión del Medio Natural, de la Delegación de Medio Ambiente en Córdoba, la densidad media en la época más abundante (junio-julio) llega a 4-6 conejos por hectárea, «densidad normal para la especie». No obstante, reconoce que la distribución no es homogénea y que, «puntualmente en algunos lugares pueden existir densidades mayores». De eso no tiene duda Jorge Navarro. En Albacete, dice, «en algunas zonas brincan bastante más de cien en una hectárea». Alguno ha recurrido a vallar los campos. Es útil pero no definitivo, pues los conejos -como todos los roedores- regeneran sus dientes según se desgastan, y no se arredran a la hora de acometer la tela metálica hasta agujerearla. Otros, como Cristóbal Escudero, de Lucena, prueban sistemas de utilidad dudosa, como un preparado de agua con «chile bien picante con el que fumigamos el olivo» y termina: «El lince se extingue y en la Sierra no hay conejos; mientras, aquí nos comen». El conejo silvestre sirve de presa a predadores en peligro de extinción, como el lince y el águila real. Pero a estos tímidos animales no se les ha ocurrido aún meterse a comer en una autovía. Y el zorro, pese a su fama de astuto, no ha entendido que ese territorio tan apetitoso es un lugar seguro, pese a los coches.