La reserva turística de la Patagonia chilena

A mil kilómetros de Santiago se encuentra Puerto Varas, una comuna de poco más de 30.000 habitantes que esconde uno de los rincones más bonitos y turísticos de Chile, bordeado por volcanes milenarios y coronado por un inmenso lago

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León

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|||| Un paisaje de postal. Esa es la primera percepción cuando llegas a Puerto Varas, ciudad ubicada a unos mil kilómetros de Santiago de Chile, en plena Patagonia. Nada parece ser demasiado importante para alterar la calma de este rincón del mundo, perteneciente a la décima región chilena, -”conocida también como Región de los Lagos-” y que da forma a la provincia de Llanquihue.

En ella, la vida traquila de sus poco más de 32.000 habitantes parece estar dominada en todo momento por el volcán Osorno, un elemento omnipresente tanto en Puerto Varas como en todos sus alrededores. Junto a él, aunque de menor tamaño, está otro volcán, el Calbuco, otro constante observador del verde paisaje y, al igual que el anterior, inactivo.

Junto a estos dos milagros de la naturaleza, esta comuna chilena muestra a sus visitantes otro fenómeno natural: el espectacular lago Llanquihue, de donde toma nombre la provincia. Además, su variada gastronomía, su naturaleza frondosa o la calidez de sus habitantes son los principales atractivos para el turismo, uno de los motores fundamentales de la economía de la zona.

Brasileños y americanos forman, junto a los propios chilenos, el grueso del turismo, que vive su pleno auge durante los meses de diciembre, enero, febrero y marzo, la temporada estival durante la cual las calles, locales y tiendas puertovarianas se llenan de vida y las cabañas -”una forma común de alojamiento en la zona-” cuelgan los carteles de «completas». Sin embargo, no es extraño ver junto a la carretera personas con carteles dirigidos a los turistas, dispuestas a alquilar alguna de las habitaciones de sus propias casas.

Hasta allí han llegado ya algunas de las grandes cadenas hoteleras como el Meliá y ya son dos los nuevos hoteles en construcción a orillas del lago Llanquihue.

A Puerto Varas se acude en busca de descanso y del contacto con la naturaleza A las innumerables excursiones que se puede hacer por sus alrededores -”como la subida al volcán, de cerca de una hora, las comunas de Frutillar o Río Negro o el paseo en ferry hasta la cercana isla de Chiloé-” se suma los deportes que ofrece su exhuberante naturaleza.

Para pasar el tiempo libre

La pesca con mosca es uno de los recursos más demandados ya que los altos del Petrohué cuentan con excelentes condiciones. De ello dan buena fe seis turistas leoneses -”con los que coincidí por casualidad-” que fueron hace algunas semanas a Puerto Varas en busca de las mejores presas de río y regresaron «encantados» tanto por los resultados de su lejana aventura como por el trato recibido. Andinismo, esquí, kayak o rafting son algunos ejemplos de la variedad de ofertas para pasar el tiempo libre.

Esta extraordinaria naturaleza de la que presume Puerto Varas es producto de las lluvias que se producen durante todo el año -”caraterísticas de su clima-” y que en los últimos meses se han reducido de manera considerable, lo que ha provocado numerosos incendios y miles de hectáreas arrasadas por el fuego. Sin embargo, nadie pone en duda la belleza de Puerto Varas incluso durante el frío invierno que lo caracteriza.

Alrededor de 13 horas separan en avión España de la capital, Santiago de Chile, desde donde hay que tomar otro vuelo para recorrer los cerca de 1.000 kilómetros que separan la zona centro del sur del país. El avión llega a la vecina Puerto Montt, la comuna cercana más grande y donde se concentra la mayor actividad económica. Desde allí son, aproximadamente, 18 los kilómetros a recorrer para llegar a Puerto Varas.

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La colonización alemana se nota en casi todos sus rincones y, de manera especial, en su gastronomía. De ella desataca su repostería, con los tradicionales «kuchen»-”tartas de varias capas de hojaldre rellenas-”, además de otros tradicionales platos alemanes, entre los que destacan las «onces», una abundante comida compuesta de varios platos, dulces y salados, que hace honor a los jornaleros alemanes del campo que, a las cinco de la tarde, hacían su parada para reponer fuerzas y tomarse un aguardiente, de ahí las «once» que llamaban por las once letras que componen la palabra aguardiente y que les valía para ocultar su intención de beber alcohol en el trabajo. También sus famosos vinos, su buen pescado y sus productos artesanales. Merece la pena tomarse un «piscoshower» acompañado de «sopaypillas» para empezar a abrir boca.