Diario de León
Publicado por
Ruth de andrés
León

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enóloga

En España se bebe poco vino y cada vez menos. No me lo invento yo, es una queja recurrente del sector. Esta es la conclusión que encontramos en las estadísticas de la Federación Española del Vino que año tras año nos dan esta mala noticia. Además, parece claro que el consumidor español va sustituyendo el vino por otros productos alcohólicos a pasos agigantados.

Tampoco vamos a andar con eufemismos: el que bebía vinos ahora prefiere una cervecita bien fresca. La realidad es que el consumo actualmente está por debajo de los 25 litros por persona y año; lejos de los 60 litros de Luxemburgo y los más de 50 litros de los franceses. No son los niveles chinos de menos de una botella por habitante y año, pero no damos ninguna alegría al maltrecho sector.

La otra paradoja es que países que tradicionalmente no han sido consumidores son los que, en porcentaje, aumentan claramente el consumo: Estados Unidos, Canadá, Japón, Brasil...

Por ejemplo, hace unas semanas la prensa publicó que el consumo de vino per capita en Reino Unido es superior al de España: 27 litros por persona y año. Una cosa es tomar una cerveza de vez en cuando y otra es encontrarnos con titulares como éste, que casi hieren el orgullo nacional.

No me digan que no es curioso. Es como si los ingleses tomaran más jamón que nosotros o más aceite de oliva. Ante este panorama, más que quejarse y maldecir el destino, hay que preguntarse porqué.

Con este artículo, lo sé, me voy a meter en un lío. Pero no hay como agitar conciencias una tarde somnolienta de un domingo de agosto. Hay que saber que hemos hecho mal para perder al consumidor. O para no ganar al nuevo. Cual es la razón por la que una persona que se incorpora al mercado escoge una bebida alcohólica distinta del vino. Quizás hemos creado un universo vinícola difícil de entender. Para muchos el vino es algo complicado y elitista. Quizás la calidad y el precio no siempre van de la mano. Es verdad que uno pide un vino y nunca está seguro de si le gustará o será imbebible. Mientras que una caña sabe siempre igual.

Quizás no nos hemos acercado al consumidor sino que le hemos ahuyentado con anuncios serios de gente taciturna, en posturas trascendentales y actitudes ceremoniosas. Y para rematar ponen una frase ininteligible de algún sesudo intelectual de hace 200 años. Complicamos las cosas más fáciles. Para ejemplo contrario, los americanos. Fíjense en cualquier película o serie americana. El vino es un elemento que se va ligado a momentos de diversión, a amigos, a cenas románticas... pero también es moda, es tendencia, es chic. Ahora mismo hay tanta parafernalia, solemnidad, pompa y circunstancia que da la risa. Hay que estar pendientes de las copas, la temperatura, la decantación, saberse las añadas, los tipos de barrica, las pequeñas regiones productoras con sus uvas tradicionales...

Todos conocemos ese pseudoentendido en vinos que pide en los restaurantes con el mismo tufillo de superioridad que tanto nos molesta de los franceses. Demasiado complicado, piensan algunos. Y piden una caña. Tengo que confesar que yo a veces también.

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