Publicado por
Ruth de andrés
León

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enóloga

Junto con el gazpacho, el tinto de verano y la sandía constituyen la base de cualquier veraneante-dominguero que se precie. Y que levante la mano quien aún a estas alturas del verano no haya sucumbido a alguna de estas tentaciones o a las tres. De dos de ellos tenemos versiones modernas y hasta creativas. Pero no sé por qué el tinto de verano no ha alcanzado en nuestro subconsciente esa categoría superior.

La gran novedad es que ahora los venden preparados y hasta en lata lo que, a mi juicio, no le ha hecho mucho bien. Seguramente así han perdido parte de su frescura y de su originalidad. Y es que como la tortilla de patatas, cada cual tiene su receta y a cada uno le gusta la de su casa o la de su bar preferido. Muchos ven en el tinto de verano un mero sucedáneo. Bien, seguramente lo sea. Otros, los clasifican como cóctel; creo que el humilde tinto de verano no llega a tanto. Quizás lo más fácil sea definirlo como un refresco. Un refresco a partir de una bebida natural, el vino, y otra no tanto, la gaseosa. Pero sin conservantes, ni colorantes, ni estabilizantes, ni potenciadores de sabor... ni no sé cuántos aditivos más. Esto es ya un punto a su favor y a su dignidad.

El otro día, José Peñín, el crítico de vinos más respetado de España, contestó en Radio León que él a veces pedía uno. Explicó cosas seguramente mucho más interesantes que ésta. Pero me chocó la sinceridad con la que lo dijo; ya saben que, desgraciadamente, muchas veces nos quedamos con la anécdota y obviamos lo esencial del discurso. Pero, en fin, tiene su trascendencia si pensamos en lo mal considerado que tenemos en España a cualquier combinado, llámenlo cóctel o refresco o como quieran, de vino. Seguro que más de un sibarita se echó las manos a la cabeza. Y creo que Peñín respondió sabiéndolo y con unas ciertas ganas de provocar. A mi me gustó la respuesta. Lo confieso: en mi interior me sonreí imaginando la cara de sorpresa e indignación de algún esnob.

Porque la verdad es que no nos alarmamos si alguien pide whisky con soda, ron con cola o cervez a con limón; incluso, lo pedimos por su nombre: marca y edad del whisky y hasta marca de agua. Casi nada. Pero más de uno pone cara de ofendido cuando hablamos del vino con gaseosa. No entiendo por qué. El vino no es la vaca sagrada e intocable de nuestra gastronomía. También podemos jugar con él y tomárnoslo con menos seriedad y más gracia. Es más, debemos hacerlo.

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El vino da para mucho y también para combinados: sangría, limonada, kir, kir royal, cóctel de champagne o cava... sin embargo, no somos en este país demasiado aficionados. Al contrario que por ejemplo los franceses y su afición desmedida por el kir y el kir royal. Eso sí, para cualquiera de sus combinaciones, no malgasten un gran vino; ya se habrán imaginado que no sólo no vale la pena sino que está completamente contraindicado. Si lo que buscamos es un refresco, vayamos con algo refrescante. Nada de vinos envejecidos, ni atisbos de madera; desterremos el amargor y los sabores demasiado profundos. Nada como unas notas intensas de fruta y hierbas junto con un punto ácido y para completar un bonito color de vino joven. ¡Salud!