Pequeños grandes logros

Asociaciones, grupos de amigos e incluso personas individuales llenan los huecos solidarios de instituciones y grandes organizaciones

Publicado por
MANU MEDIAVILLa
León

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S on pequeñas historias de grandes personas. Gente como Elena Llanos, una fisioterapeuta infantil que aprendió a ver el mundo de otro modo entre los menores con discapacidad de Chiclayo (Perú). O como Lourdes Benítez, una endocrinóloga que revalidó en Mauritania sus conocimientos médicos con un proyecto educativo y terapéutico contra la diabetes.

Y gente, también, como Delia Topham, que preside la Asociación de Familiares y Enfermos Mentales de Molina de Segura (Afesmo), una organización «todavía joven» que en once años de empuje reivindicativo ha pasado de ser una referencia local a serlo en toda su región murciana, e incluso en España con un proyecto pionero de vivienda colectiva para inmigrantes con problemas de salud mental. Son, remarca, «los olvidados de los olvidados», que suman al estigma de su patología -”muchas veces consecuencia de su traumático viaje cruzando fronteras terrestres y surcando el mar en patera-” la incomprensión política y ciudadana por su condición extranjera.

«¿Cómo podemos ser tan poco sensibles a ese dolor y sufrimiento?», se pregunta cuando nota reticencias vecinales hacia los inmigrantes con enfermedad psíquica. Y subraya que «cuando están bien medicados, su vida es prácticamente normal».

Eso es lo que pretende la vivienda colectiva, donde seis inmigrantes y cuatro españoles -”«no queremos guetos», aclara-” conviven bajo supervisión pero con amplia autonomía. En ese primer escalón de inserción social acuden a talleres para ir preparando su futuro laboral, y cuando su «recuperación es medianamente aceptable», pasan a otra vivienda con mayor autonomía. Su salto definitivo es el empleo, que a fin de cuentas era el propósito de su proyecto migratorio.

«Suyana» significa esperanza

Cada una a su manera, Llanos, Benítez y Topham le ponen alma y coraje a la solidaridad humana. La primera lo hace prácticamente en solitario desde que dos humildes familias peruanas le robaron el corazón en el verano del 2003. Había llegado a Chiclayo recién acabada su carrera, con una oenegé de su universidad, para cumplir tres meses de voluntariado en el Hospital Infantil, pero quiso adentrarse aún más en la realidad y, cuenta: «Fui con un trabajador social a los barrios marginales, donde me impactaron dos familias que necesitaban más ayuda».

En una vivienda sin luz, agua ni saneamiento, Zulema y sus tres hijas: Mayra, de 3 años, con ataques epilépticos -”dos semanas de tratamiento le cuestan a su madre tres meses de trabajo-”; Zuzzetty, de 8, con parálisis cerebral y autismo; y Adriana, que a los 10 «aún no sabe lo que es jugar» porque la vida le obliga a ejercer de adulta. Y en una casa-habitación de adobe, sin agua ni electricidad, el matrimonio Idrugo con su empleo intermitente -”Jesús descargando bultos, Elena lavando ropa-” y sus dramas familiares: su hijo Carlitos, con parálisis cerebral, falleció a los 18 años, y su hija de 15, Gloria, tuvo que dejar de estudiar para cuidar de su bebé, nacido de una agresión sexual.

Llanos volvió otras dos veces y, con algún dinero recaudado con postales navideñas, amplió su iniciativa. «No se trata de dar dinero», aclara, «sino de emplearlo en medicinas -”allí se paga todo-”, pruebas clínicas y otras necesidades».

Además, en su equipaje vital se trajo «cosas muy grandes que cambiaron mi forma de mirar el mundo y me hicieron crecer como persona». Y aunque sabe que «son parches» y que «lo ideal sería crear más puestos de trabajo», no renuncia a llevar este pequeño «mensaje de suyana, una preciosa palabra quechua que significa esperanza y que me ha enseñado mucho en estos años; por ejemplo, que con un poco de ayuda se pueden conseguir y mejorar algunas cosas». Este verano, sin ir más lejos, la infraestructura de las dos viviendas, los antiepilépticos para Mayra, material escolar, alimentos de primera necesidad...

Proyectos encadenados

También Benítez sitúa en el 2003 el origen de su esfuerzo solidario, que el año pasado se convirtió en Asociación Canaria de Cooperación para el Desarrollo Dakhlet-Nouadhibou. Son siete personas -”tres médicos, dos arquitectos, un economista y una veterinaria-”, pero sus proyectos en Mauritania les hacen parecer multitud. La primera iniciativa, que se lleva a cabo en la región que da nombre a la asociación, se centra en el diagnóstico, tratamiento y seguimiento de la diabetes, y se completa con la formación de un doctor y dos enfermeros. La endocrinóloga canaria se comunica con ellos gracias a un portátil de segunda mano con conexión a Internet y acude allí dos veces al año con fármacos y material educativo. Ya ha detectado más de 600 personas diabéticas en una población hasta hace poco nómada, que lleva una dieta sin frutas, verduras y hortalizas y que está acostumbrada a engañar al hambre con «té con mucha azúcar y pan mojado».

Mientras Benítez «veía el cambio grandísimo» para prevenir la diabetes, el alcalde de Inal, un pueblo situado a más de 200 kilómetros, pedía su colaboración para modernizar su humilde dispensario y mejorar la formación del personal: un enfermero, que «es muy bueno y funciona casi como un médico», y su ayudante. Ésta ha recibido ya formación, el local ha sido reparado, y los próximos objetivos son unas placas fotovoltaicas y una ambulancia todoterreno. Y entre tanto asoman nuevos proyectos, uno para crear una unidad de diabetes a propuesta del Ayuntamiento de Nouadhibou, otro de control de la presión arterial y el asma, y un tercero de tipo veterinario para desparasitar camellos.

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Pero tiene claro que «vamos a llevar solo los proyectos». Y no le duelen prendas al reconocer los apoyos recibidos desde sectores oficiales, no gubernamentales, médicos y empresas.