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León

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Se dice que Hipócrates ya describió en el siglo V a. C. los síntomas asociados a la intolerancia a la lactosa. El cuadro es amplio y la intensidad varía en cada paciente, más grave cuanta menos lactasa genere el intestino delgado, y según la cantidad de alimento lácteo que haya ingerido. En general los intolerantes a este azúcar de la leche sufren dolor abdominal, vómitos, cólicos, gases o diarrea, que se manifiestan entre media y dos horas después de consumir algún producto con lactosa. Salvo en bebés y niños pequeños, no es grave pero sí muy molesta y merma la calidad de vida.

En España no se conoce bien la prevalencia de la intolerancia entre adultos, que varía por regiones y es menor en las del norte.

Se sabe, no obstante, que sólo un pequeño porcentaje está diagnosticado. Entre los lactantes la alergia a las proteínas de la leche oscila entre el 0,4 y el 1,9 por ciento, y obliga a los pequeños a seguir una dieta estricta y vigilar el mayor riesgo asociado, el déficit de calcio.

La intolerancia a la lactosa no se cura de momento, aunque no genera grandes problemas si se controla la alimentación y se reemplazan los lácteos por sustitutivos cada vez más abundantes.

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Los beneficios asociados al consumo de lácteos en la edad adulta suscitan constantes debates entre los especialistas. Faltan pruebas concluyentes sobre sus efectos en la madurez para prevenir la pérdida de masa ósea, aunque sí se insiste en que los jóvenes deben ingerir leche, yogur, queso y demás derivados para acumular calcio que les permita aguantar bien la cuesta abajo. Las reservas empiezan a menguar mediada la treintena.