Matar o morir
Los mareros deben estar dispuestos a matar o morir. Si se cansan de esa trágica vida loca la salida de la banda suele ser una opción casi imposible. Solo pueden dejarla con el permiso de los jefes, más proclives a apretar el gatillo que a aceptar la baja. Según Pedro Gallego, autor del libro La mara al desnudo, «la salida no autorizada se castiga con la muerte. Normalmente cumplen la amenaza con el objetivo de fortalecer la disciplina interna y cohesionar el grupo».
Pero algunos lo consiguen. Homies Unidos es una organización no gubernamental fundada en 1996 en El Salvador con el objetivo de ayudar a los pandilleros de 14 a 25 años que quieren rehacer su vida. Incluso tienen un programa para borrar los tatuajes, un proceso que no sólo es físico, ya que los estigmas forman parte de la historia personal y emocional de cada pandillero.
Los tatuajes, algunos demasiado visibles, los convierten en presa fácil de la policía y también de grupos de escuadrones de la muerte que, considerándoles «desechables», acribillaban a grupos reunidos en la calle o incluso en locales. Algunos prefieren vivir escondidos. Uno de los reinsertados es Rafael Jordán. En 1996, con 15 años, se unió a la M 18. Ya no está activo pero dice que será «pandillero de por vida», porque esa condición solo se pierde con la muerte.
Homies Unidos no es el único colectivo que enseña a los ex mareros a rehacer su vida. Los Salesianos, con el padre Moratalla a la cabeza, trabajan desde 1985 en la conversión de un basurero, situado en un barrio marginal de San Salvador, en lo que hoy es el Polígono Industrial Don Bosco (PIDB), donde se imparte educación, se da trabajo y se rehabilita a antiguos pandilleros y adictos.
Otro sacerdote español, Antonio López, dirige un centro de formación y asistencia en Los Mexicanos, otra zona marginal de la capital salvadoreña. La psicóloga Cecilia García, afirma que «la sociedad les tiene miedo. Los chicos vienen acá queriendo cambiar su vida, pero no pueden. La sociedad les da la espalda».