Diario de León

Ana Junquera Merino
Enfermera del Caule

Los invisibles

Ana Junquera.

Ana Junquera.DL

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A menudo las personas mayores se sienten desplazadas de la vida social. La soledad es uno de los problemas más dolorosos que nuestros ancianos acusan: parecen estar condenados a la invisibilidad. En una sociedad cuyo ritmo no da lugar a un mirar pausado, la vida lenta de nuestros ancianos no se ve.

Recientemente he leído a tres autoras en cuyas novelas los personajes son ancianos. Son novelas de una sutilidad y delicadeza extrema, pero también muy dolorosas y duras. En ellas se refleja la vida misma: la vida del olvido, el silencio y el sufrimiento de los ancianos.

Elizabeth Strout explora las relaciones humanas y la vida cotidiana con gran profundidad. Sus obras Olive Kitteridge y Luz de febrero narran la vida de Olive, una mujer ya entrada en años. Strout tiene una gran capacidad para capturar las emociones y los recovecos de la condición humana, y desde su sutileza, vamos conociendo a Olive y al resto de personajes con sus vidas vividas.

May Sarton, en su obra Lo que ahora somos, la protagonista principal es una anciana que acaba de ingresar en una “casa para mayores”. Sarton explora los límites de la resistencia humana y la resiliencia del espíritu de las personas mayores. Aborda los temas de la vejez (la fragilidad, el amor, el miedo, la dignidad) con una voz única y resonante. Es un libro de una gran belleza, pero también incómodo y duro.

Delphine de Vigan, en su novela Las gratitudes, nos habla de la memoria, el pasado, el envejecimiento, los sueños, la bondad, la mirada de la ancianidad y especialmente de la gratitud hacia quienes fueron importantes en nuestra vida. Narra la vida de una anciana que acaba de ser ingresada en una residencia geriátrica, de sus necesidades y anhelos. Estas autoras nos presentan el mundo de la ancianidad. Nos acercan a sus miedos, su dolor, su fragilidad y a su incertidumbre, pero también a su fortaleza, resiliencia y amor. Aprendamos a mirar. Demos espacio y lugar a los ancianos, acompañemos a nuestros mayores en su mundo lento. Si los condenamos a la soledad, estaremos negándonos a toda la sabiduría de sus corazones cansados y valientes, sobre todo valientes. Estaremos perdiendo algo que necesitamos, la experiencia de un otro.

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