Crónica | colpisa
Las pifias de los primeros años
Sólo en el origen de ETA se encuentran errores tan graves como los actuales
Las pifias de los últimos comandos de ETA tienen difícil parangón en la historia de la organización terrorista. Quizá sólo sean comparables a las de los primeros años, los de aquella ETA cuyos militantes debían encajar balas de distintos calibres en una pistola de otras dimensiones a martillazos y con la lima y luego pasaba lo que pasaba. O aquel comando que en septiembre de 1967 atracó al cobrador de un banco en Bergara, pero confundió la bolsa, cogió la de los papeles y se dejó la del dinero. En la huida, el conductor, que era un intelectual y no un as del volante, se metió en un socavón, el coche se estrelló, los ocupantes resultaron heridos.
En aquel mismo año, un grupo de terroristas robó tres veces una misma sucursal del Banco Guipuzcoano porque el director de la entidad fue destituido tras el segundo golpe. El comando quiso demostrar con el tercer atraco que el problema no era el director sino que su valor era superior a las medidas de seguridad. Los ladrones fueron capturados tras el último robo.
También se recuerda al comando que iba a secuestrar a una persona en Pamplona, pero que el día de autos viajó a la capital navarra en automóvil. En el camino, los terroristas se percataron que habían olvidado las matrículas falsas y tuvieron que abortar la operación. Volvieron a intentarlo 24 horas después, y esta vez se dejaron en casa la única pistola del comando. Pero siguieron adelante y encañonaron a su víctima con los dedos. El objetivo se percató y empezó a dar gritos que obligaron a huir a los etarras.