Diario de León

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Aprender español entre rejas

Reclusos hispanoparlantes ayudan en las aulas de español de la cárcel

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ana gaitero | león
León

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Thiare Madi sólo conoce de España una playa, a la que arribó en patera, y la cárcel. Todo lo que sabe de español, y se defiende a pesar de la timidez, lo ha aprendido entre rejas. Es uno de los 140 extranjeros que participan en los cursos de español que imparte la prisión leonesa.

El programa está dirigido por un lingüista y, como principal novedad, incorpora la participación de reclusos hispanohablantes en actividades de tipo oral. Ya son nueve los formadores-reclusos de habla española que colaboran en las aulas de español, en su mayoría con estudios universitarios.

El 25% de la población reclusa no hispanohablante de Mansilla de las Mulas acude al novedoso programa que han puesto en marcha la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, la Fundación de la Lengua Española y la Fundación Sierra Pambley cuyos objetivos son «prevenir el aislamiento social mediante la integración lingüística, optimizando el tratamiento penitenciario, el acceso a la formación y el empleo, o la simple convivencia social en el centro», señala Mario de la Fuente, responsable del área educativa de Sierra Pambley.

En definitiva, «no hablar la lengua española en un lugar donde es la lengua dominante es como estar en una doble cárcel», afirma uno de los presos colaboradores que prefiere permanecer en el anonimato. Es un leonés. Vivir en la prisión sin conocer nada de español endurece mucho las condiciones de la cárcel, refrenda otro de los «maestros reclusos». Es peruano y aunque quisiera, que no es el caso, la prisión no le pemite aparecer en público por respeto a su víctima.

Villahierro tiene actualmente una población de 1.700 personas, un centenar de ellas mujeres. El 52,7% de los hombres encarcelados y el 65,6% de las mujeres son de nacionalidad extranjera. y 819 extranjeros y 63 extranjeras. Marruecos es el país de nacimiento de la mayor parte de los presos inmigrantes, con 190 reclusos de nacionalidad marroquí. Entre las mujeres predomina la nacionalidad brasileña.

La enseñanza de español en la cárcel leonesa no es nueva. Ahora pretende convertirse en un referente para otros programas dentro de las prisiones con la creación de materiales didácticos específicos ya que, entre otras cosas, apunta Mario de la Fuente, «la cárcel limita el acceso a herramientas que, como Internet, son de uso corriente en las clases de español para inmigrantes».

Las clases de español se imparten de forma ininterrumpida durante todo el año y tienen una duración diaria, de lunes a viernes, de 90 minutos. El módulo 12, organizado como espacio de respeto en la cárcel, es uno de los que cuenta con aula específica para las clases de español. Rafael Aguiar, preso cubano que ostenta el cargo de coordinador, explica que las actividades culturales y audiovisuales son la enseña de este módulo de respeto.

Es el único espacio de la cárcel, en el que por votación mayoritaria, no se fuma en las áreas comunes y que cuenta con celdas para fumadores y no fumadores. Los internos, es un módulo de hombres, están organizados en siete grupos que se distribuyen desde las tareas de limpieza hasta las acogida de nuevos presos.

Las clases de español son la primera actividad de la mañana. Es una actividad voluntaria. Después de la clase, los reclusos se dirigen a los talleres o preparan los documentales que se visionarán en el módulo en las horas libres. Hay un total de ocho aulas dedicadas a las clases de español, adaptadas a los diferentes tipos de módulos, como el 1 en el que hay internos de primer grado. Las mujeres acceden a las clases de español a través de las aulas del centro social de la cárcel, en algunas de las cuales participan hombres y mujeres.

«La lengua es necesaria, un instrumento vehicular, para el tratamiento penitenciario», afirma Moisés Hidalgo, el lingüista que coordina las aulas de español para extranjeros en la cárcel. Aunque son muchos los extranjeros que regresarán a su país repatriados sin pisar suelo libre en España, el programa les servirá para acceder a programas laborales o de formación dentro de la prisión e incluso para contribuir a la cohesión social, a la convivencia, mientras estén entre rejas.

La mayoría de los extranjeros, explica Hidalgo, son «inmigrantes económicos que han cometido un delito puntual y cuyo proyecto migratorio se ha venido abajo». Son pasto del síndrome de reclusión penitenciaria o estrés carcelario: pérdida de memoria, falta de concentración y depresión. «El aula de español ayuda a afrontar el estrés carcelario», subraya el lingüista al mencionar las aplicaciones terapéuticas de las clases de español.

La experiencia lleva en funcionamiento siete meses. Las miradas caídas y los brazos cruzados que eran de esperar en el ambiente cerrado de una cárcel son menos de las que esperaban. «Los arabófonos son quienes tienen más dificultades, mientras que los rumanos tienen un inventario de fonemas tan extraordinario en su lengua que nada les suena raro», explica Hidalgo.

Además, muchos no piensan regresar a su país. «Yo quiero quedarme aquí y trabajar», repite el senegalés Thiare Madi, que salió de Dakar en el 2009 en busca de un futuro para sus tres hijos y su esposa y espera con ansia el año y cuatro meses que le restan para cumplir la condena. Su delito: fue identificado como el patrón de la patera.

Pasó tres días en el mar y de la incertidumbre de las corrientes a la irrefutable realidad de la cárcel. Sabe perfectamente el significado de la palabra libertad y la añora. Madi tiene 27 años y la esperanza, poco probable, de que algún día pueda obtener una tarjeta de residente español, como su hermano. También hay quien se quiere ir, expulsado a su país, y no consigue el permiso. La cárcel está llena de contradicciones.

«Cuando uno tiene que enseñar español en estos contextos hay que tener en cuenta la cuestión afectiva, porque son personas que tienen a sus familias a 5.000 o diez mil kilómetros», agrega el coordinador del programa de español.

Además, muchos de los extranjeros reclusos son analfabetos. El programa de enseñanza cuenta con dos niveles, el inicial y el avanzado. Por ahora, para las personas que carecen de las habilidades de lectoescritura en su propio idioma se les enseña con las clásicas cartillas Palau, frases no menos tópicas -” mi mamá me mima mucho -” que nada dicen en el contexto de sus vidas.

El método fotosilábico tradicional pretende ser sustituido en la experiencia que se desarrolla en la cárcel de León por materiales constructivistas que favorezcan la adquisición de las herramientas comunicativas y una vez logrado este objetivo iniciar a los internos en la lectoescritura. «El aprendizaje se construye poco a poco, a medida que la lengua oral se va adquiriendo», aclara Moisés Hidalgo. Y en la cárcel hay una realidad incontestable: «Si no saben hablar ni siquiera pueden acceder a un trabajo dentro de la prisión», apostilla. Por eso desde la Fundación Sierra Pambley se ve necesario «conectar la alfabetización con la realidad», añade Mario de la Fuente.

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