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«No hay mancha que se nos resista»
«Empezamos confeccionando buzos para el París-Dakar, luego sujetadores para Teleno; la mejor época fue la de los bodies y en otra crisis que hubo dejaron de mandarnos trabajo...». La historia de Confelsa, la primera cooperativa de Cistierna, empieza con el fin de la minería en la cuenca de Sabero y, pese a los baches, no ha dejado de escribirse en la biografía de las tres mujeres que la sustentan con su capital, una deuda en el banco, y su trabajo, más de catorce horas en los primeros tiempos de la lavandería. «Empezaremos a ver la luz del día cuando paguemos al banco, en un mes», dicen aliviadas.
Hace seis años, después de trabajar para diversas empresas, vieron que no tenían futuro en el sector textil y optaron por arriesgarse con una nueva actividad. «Aquella experiencia nos sirvió de mucho porque aprendimos a hacer muchas cosas», confiesan Socorro Ferreras, Mª Jose Alonso y Mª Ángeles González.
Se deshicieron por 100 euros de máquinas en las que habían invertido más de 3.000 y compraron las primeras máquinas, lavadora y secadora, con una inversión de 30.000 euros.
Después se hicieron con una furgoneta y la última adquisición ha sido una plancha industrial. Ellas mismas buscaron la actividad, la clientela y se hicieron la promoción pueblo a pueblo. Pero el primer mes no llegaba gente. «¡Vaya disgusto!», recuerdan.
Un buen día empezaron a lavar para una empresa de hostelería de la estación de esquí de San Isidro. «Hemos tenido mucha suerte», admiten. Ahora son un referente para las casas de turismo rural de la montaña orientalm sobre todo en invierno, y para el vecindario que en verano aprovecha para limpiar alfombras, edredones, etc.
El local donde trabajan son las antiguas escuelas de Cistierna. Hasta hace dos años había hasta seis cooperativas. Todas desaparecieron con la crisis del textil. Pagan un alquiler «simbólico», aunque tienen el inconveniente de unas escaleras que multiplican su esfuerzo con las coladas. «Fue muy importante que en su día el Ayuntamiento apoyara esto y nos cediera el local», admiten al resaltar la trascendencia del apoyo institucional para que sus proyectos hayan salido adelante.
Las mujeres, una de ellas a punto de jubilarse, están orgullosas de la calidad que ofrecen. «No hay mancha que se nos resista, nunca mezclamos la ropa de un cliente con otro y utilizamos los remedios de la abuela para las manchas más resistentes. El resultado no tiene nada que ver con una lavandería industrial», aseguran.
Organizan su propio horario para tener tiempo libre y trabajan desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde con media hora de descanso. «Educamos a la gente», comentan con humor. Pero cuando la demanda lo pide su jornada laboral «no tiene límite». Esto suele ocurrir en invierno y cuando la nieve abunda, una época en la que el reparto se complica por el estado de las carreteras.
Aprovechan su experiencia en la costura y parte de las máquinas que compraron en su día con una sección de arreglos que frecuentemente rebosa de encargos. «No puedo más», dice Jose con frecuencia.