LA GAVETA
Ana Cuervo
E stuve en Veguellina de Órbigo, v illa culta y laboriosa. Era noche, frío, viernes, noviembre, León y río. Unas cincuenta personas en la biblioteca del Instituto de Enseñanza Media, en la que también colabora el ayuntamiento. Veguellina sabe a tren y prado, a chopos y bares; al Órbigo fértil. Son calles de ciudad en medio de un verdor muy fluvial. Allí caía la noche y allí un grupo de conspiradores de la literatura fuimos convocados por el alcalde Carlos Mayo, un hombre cordial que ama los libros, y por Tomás Néstor, un profesor de literatura muy activo que hace poco se doctoró con una gran texto sobre el poeta Diego Jesús Jiménez.
Al final del acto se abrió un coloquio. Entonces apareció ella, Ana Cuervo. Una muchacha que estudia primero de bachillerato y que formuló varias cuestiones, sutiles y profundas. Lo hizo con su hablar tembloroso, con sus dificultades físicas que ella supera con naturalidad y fortaleza. Un hablar que inspira ternura, pero sobre todo admiración. Porque transmite inteligencia y entusiasmo.
Hablaba una mujer muy joven que siente la vocación de la palabra. Es decir, de la memoria, de la imaginación y del lenguaje, que son los tres reinos inseparables de la literatura.
Ana pedía consejos para escribir. Le dije, modestamente, que había que hacerlo con sencillez y claridad. Y aunque parece fácil es, probablemente, lo más difícil. Luego ella hizo más preguntas, aún más densas. A las que respondí como pude porque uno no es un intelectual ni un experto en narratología, sino un escribidor que anda por ahí.
Al salir caminamos un rato por las calles de Veguellina. Pasaban gentes a pie o en automóvil, ya en el ambiente festivo del viernes noche. Pero Ana Cuervo seguía en su ruta, en su camino trenzado de adversidad, alegría y luz. De quien sabe que su vida está por ser escrita, y de quien sabe que será vida de escritura. De emoción y fe, de placer y dignidad. Desde la belleza de la palabra.
Un empeño que, sin duda, justifica plenamente una vida. Ana Cuervo está del lado de las palabras que cuentan el mundo; que expresarán su tiempo, sus años. Mujer nacida para amar y ser feliz, como todos, ella fecunda su vocación pero también sabe que la vida es demasiado grande como para encerrarla en el imprescindible y civilizado quehacer de quien lee y escribe.
Ya era tarde, teníamos que despedirnos. Ana Cuervo me dijo algunas cosas más acerca de su búsqueda, de sus ilusiones. Es una chica educada y atenta, de una madurez grande que se advierte en todo. Nos dimos la mano, ella se fue a su casa. Con su sueño, que verá cumplido, de ser escritora. Desde la música verbal del alma de una muchacha del Órbigo.