Diario de León
Blanco protagonizó buena parte del debate.

Blanco protagonizó buena parte del debate.

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antonio del rey | madrid
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La comparecencia deZapatero en el Congreso no sirvió para saber si el Gobierno planea prorrogar el estado de alarma, pero sí dio una oportunidad a Rajoy para ganarse a los suyos en el hemiciclo. Una treta dialéctica de Rajoy en su réplica al discurso inicial de Zapatero logró agitar las filas socialistas y animar al grupo popular, que festejó su alocución con un entusiasta aplauso de todos sus diputados puestos en pie.

El truco consistió en fingir que insultaba al ministro de Fomento, José Blanco, llamándole «inútil total» y «cara dura», pero utilizando las mismas palabras que hace unos cuantos años, en 1999, dedicó Alfredo Pérez Rubalcaba, entonces portavoz socialista, al ministro Rafael Arias Salgado, del PP. Al no estar avisados, los socialistas han ido interrumpiendo a Rajoy a medida que soltaba lindezas -”«el ministro de Fomento es un inútil total... con dosis importantes de cara dura... porque siempre encuentra una excusa para no asumir su responsabilidad»-”.

Las protestas socialistas, con voces y golpes en los escaños han obligado al presidente de la Cámara, José Bono, a pedir orden, hasta que Rajoy ha conseguido terminar la cita y deshacer el engaño. «Tan cariñosos epítetos fueron los que dedicó don Alfredo Pérez Rubalcaba al ministro de Fomento por unos retrasos en Barajas en el año 1999», aclaró, provocando un mutismo cerrado en el PSOE y una apoteosis de aplausos en el PP hacia su líder, con los diputados a carcajada limpia.

Y aunque enseguida Rajoy dijo que no sería él quien dijera esto mismo al actual ministro, las palabras ya habían causado su efecto, por cierto aparentemente nulo en el titular de Fomento, que pasó todo este episodio sin dejar de tomar notas.

Luego Rajoy insistió en acusar al Gobierno de imprevisión en su gestión de esta crisis y en general en todo el conflicto con los controladores, aunque sin dejar de lanzar mensajes de apoyo al Ejecutivo ante estos únicos «culpables».

Frente a sus críticas, Zapatero negó cualquier imprevisión, se mostró inmisericorde con los controladores por su «desafío» a la democracia, sus privilegios y su actitud respecto a los demás ciudadanos, que no tienen el «poder», remarcó entre aplausos de los socialistas, de parar los aviones y los aeropuertos. Zapatero insistió en la legalidad de la militarización del control aéreo y de la decisión de decretar el estado de alarma, y en tono muy solemne proclamó la plena constitucionalidad de las medidas adoptadas por el Gobierno, sobre todo porque algún portavoz, como Gaspar Llamazares, las había puesto seriamente en duda.

No le faltó el respaldo de su grupo al jefe del Ejecutivo, especialmente cuando usó su mayor contundencia dialéctica para explicar cómo los controladores pretendían cobrar 600 de sus 1.200 horas anuales como horas extras, o sea, al triple. Y de la prórroga del estado de alarma, que para ir más allá del día 18 necesita el permiso del Parlamento, dijo que la situación no se mantendrá «ni un día más ni un día menos» de lo necesario; así que todavía habrá que esperar. Eso sí, en su segunda réplica Zapatero no olvidó a su ministro de Fomento, al que defendió con ahínco, y reveló que poco después de tomar posesión Blanco ya le dijo que la situación de los controladores era «intolerable» y que había que acabar con ella.

Por cierto, el debate también sirvió para ver una imagen insólita y tal vez premonitoria, esto es, el aplauso que han dedicado muchos diputados del PP al portavoz de CiU, Josep Antoni Duran Lleida, cuando se solidarizó con este partido por los ataques que Gaspar Zarrías les dedicó en plena crisis.

Mucho hacía que el PP no aplaudía a CiU, y parece que tras el resultado de las elecciones catalanas el gesto es ahora más fácil.

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