«Casi le aplasta un mueble por trepar por los cajones»

Diego, sobrino de Calleja, junto a los padres del aventurero leonés, Julián y María Jesús.

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a. c. | león
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Diego quiere ser como su tío. Todavía no le ha subido a la montaña. «Pero seguro que iré», porfía con la intrepidez de sus 12 años, mientras la abuela se deshace en muestras de orgullo, le aparta el flequillo y recuerda a su hijo. Aquel Jesús que, «con los mismos años que Diego, se cayó de un nogal al que se había subido con las cuerdas de atar el ganado y se rompió el brazo». ¿Cogió miedo? «Qué va, todo lo contrario, no dejó de subirse a los altos, ya lo ves», contesta la madre del galardonado, María Jesús Calleja, «orgullosa y satisfecha», mientras su hijo reparte sonrisas a las cámaras que le avasallan y abrazos a quienes se colocan al lado para la foto de recuerdo, sin importarle rango o condición. Familia, autoridades, políticos, militares, ordenanzas, periodistas, trabajadoras de la oficina municipal de información al consumidor y, en un lugar destacado, Emilio Valdés, amigo y cámara en los desafíos extremos, quien acepta a regañadientes ponerse delante del foco, acostumbrado como está a colocarse en el lado contrario de la imagen.

El trajín entretiene el salón de Plenos como si fuera el altar de una boda. Allí, María Jesús y su marido, Julián González, disfrutan del protagonismo que les da el papel de padres. Espectadores de excepción en el desarrollo de quien desde niño mostró maneras para la escalada y la aventura. «De bien pequeño, una vez fue abriendo los cajones de un mueble que teníamos para trepar hasta arriba y, de repente, se cayó todo abajo. Menos mal que paró contra dos literas que había. Él y su hermano quedaron en el hueco, si no los aplasta», relata la madre, quien rememora que «siempre andaba trepando».

En la brecha sigue, más allá de aquellas primeras cumbres de Picos de Europa, a las que Calleja siempre vuelve porque mantiene que no hay lugar más hermoso en el mundo. En casa, María Jesús permanece «en vilo» cada vez que sale de expedición. «Nadie sabe lo que tengo que padecer como madre. No me acostumbro. Por lo menos ahora, como lo sabe, llama cada tres o cuatro días para decir cómo está; pero antes, cuando no tenía el teléfono vía satélite, se pasaba más de un mes sin que supiéramos nada», explica sin echar de menos aquellos tiempos.

A su lado, Julián observa bajo los focos el texto del cuadro en el que se reseña que su hijo ha sido galardonado con la Medalla de Oro de la Ciudad. Son los mismo ojos que, cuando era pequeño Jesús, le leían los libros de las expediciones de Edmund Hillary al Everest y los relatos de Ernest Shackelton sobre la Antártida. Unas aventuras que se alimentaron poco a poco hasta que Calleja decidió abandonar el oficio de peluquero que le había traspasado su padre y reinterpretarlas.

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