«Veíamos morir a compañeros; otros simplemente desaparecían»

Algunos de los presos, en la cantera en la que dejaron su vida.
De los 23 leoneses de los que se tiene constancia que murieron en campos de concentración nazis, sólo uno, Agustín Ovalle, de San Juan de la Mata, murió realmente en Mauthasen. Los otros 22 fallecieron extenuados a consecuencia de los trabajos forzados que sufrieron en Gusen, una sucursal de Mauthasen que actuaba a fin de «descongestionar» las instalaciones principales. Dos más lograron salvar la vida.
Hasta hace muy pocos años, estas víctimas de la barbarie eran desconocidas, cuando no marginadas. Hoy, gracias también a las nuevas tecnologías, los pocos testimonios que quedan forman parte de bases de datos. Y hasta el propio Ministerio de Cultura tiene un apartado donde se puede consultar los nombres y apellidos de estos españoles.
«La dictadura franquista tuvo como efecto que durante casi cuarenta años algunos aspectos esenciales de la historia española reciente quedaran en la sombra. Y aunque, posteriormente, una joven democracia trajese vientos de libertad a España, parece que todavía ha hecho falta llegar a nuestros días para que la vivencia de los hombres y mujeres que sufrieron la tragedia de la deportación haya terminado para muchos de salir a la luz», señala en la propia web del Ministerio de Cultura Ramiro Santisteban Castillo, presidente de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos Mauthausen, nº 3237.
«Cuando estábamos ya en el exilio y había empezado la guerra europea -añade-, el nazismo se encontró con algunos de nosotros en suelo francés y nos consideró como un colectivo peligroso, molesto para sus fines. Así que no es casualidad que ya en 1940 fuimos más de siete mil los republicanos españoles deportados a campos de concentración nazis. El nazismo reconocía en nosotros a enemigos, pero en Madrid había un Gobierno que flirteaba con Hitler. En aquel momento, se nos marcó con un triángulo azul, el reservado para los apátridas. Franco no se dignó reconocernos como ciudadanos españoles», añade en su estremecedor relato.
El primer día en que llegaron presos españoles a Mauthausen, el 6 de agosto de ese año, Ramiro Santisteban Castillo se encontraba entre ellos; tenía entonces 17 años. Con él entró también su padre y su hermano mayor.
«Allí conocimos lo que nunca antes hubiésemos podido imaginar. Los trabajos en la cantera o en otros lugares hasta caer agotados; el hambre; las enfermedades; los castigos crueles. Los hijos veían consumirse a sus padres; muchos iban viendo morir a sus compañeros de luchas, a sus paisanos. Otras veces simplemente desaparecían, enviados a un destino desconocido; entonces sospechábamos lo peor, y esas sospechas un día se revelaron ciertas. Por supuesto, nosotros no éramos allí las únicas víctimas; a nuestro alrededor otros grupos padecían un destino similar e incluso en ocasiones, la eliminación rápida y total».
De los españoles que entraron en Mauthausen solamente unos dos mil regresaron a Francia en 1945.
«Para los que tuvimos la suerte de poder recuperar la salud y las fuerzas se abría otra etapa, a partir de aquellos momentos, junto con los supervivientes de otros campos de al muerte, fuimos acogidos por Francia, que esta vez sí no abría los brazos y se había convertido en tierra de asilo para unos hombres y mujeres que nos sentíamos desposeídos de nuestra ciudadanía de origen», concluye Ramiro Santiesteban, en unos recuerdos que son también historia.