historias del camino | de la cruz de ferro a la puerta del perdón

Motivos para caminar (y dar pedales)

Un recorrido desde la Cruz de Ferro hasta la Puerta del Perdón sirve para entrecruzarse con una nube de caminantes y hospitaleros que están en la Ruta por razones tan diversas como su procedencia.

Lionel Berlou, maestro de esgrima, y su novia Adela Bunbury, empleada de banca, hacen un descanso en El Acebo, el miércoles pasado.

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CARLOS FIDALGO | PONFERRADA
Ponferrada

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«¿Y tú por qué caminas?». es la pregunta que más se repite entre la Cruz de Ferro y Piedrafita. Y los motivos para caminar a Santiago, para dormir en los albergues y levantarse temprano, evitando la solana, son de lo más variado. Tanto como el pelaje de los peregrinos que estos días de verano andan —y pedalean— a la ciudad del Apóstol adentrándose en el Bierzo.

En la Cruz de Ferro, un corazón de piedra, con un lagarto negro grabado en su superficie pulida, sobresale en la montaña de guijarros que arrojan los peregrinos para cumplir la tradición. Todos piden un deseo, y algunos como el onubense Javier Jesús Tello García, —que pedalea con su padre Manuel Jesús, de 68 años— se atreven además a dejarlo por escrito en un papel que introducen entre la madera astillada de la cruz.

«Mi padre y yo nunca habíamos hecho ninguna actividad juntos», dice Tello para explicar sus motivos para peregrinar. «Pero es verdad lo que dicen. El Camino te deja mucho tiempo para pensar cosas y solucionarlas. Y además, se conoce a mucha gente y se practica el inglés», añade.

Hace calor y ciega el sol, y los dos ciclistas, que pedalean unos 70 kilómetros al día desde que se bajaron del autobús de Huelva en Burgos, buscan una sombra donde cobijarse. Y si el Camino es reflexión, búsqueda interior y paseo, una de las primeras escalas que se encuentra los peregrinos están el albergue de Manjarín, imbuido de la mística templaria de su hospitalero, Tomás Martínez de Paz, jubilado que lleva desde 1993 recibiendo a viajeros en lo que él llama encomienda templaria en Manjarín, un pueblo que estaría muerto sin el Camino. «Este es un sitio de reposo, para potenciar la espiritualidad sea la que sea», dice en una época en la que la Ruta Jacobea se está secularizando, y quizá trivializando también. De paz lleva un peto con la cruz del temple sobre ropa de camuflaje y asegura haber acogido a más de 65.000 peregrinos. No cobra, pero acepta donativos, vende algunos souvenirs , y se queja sobre todo de los nuevos albergues que convierten el Camino en un negocio y llegan a cobrar hasta cinco euros por usar una lavadora o darse una ducha.

Suena una homilía de Juan Pablo II, en la tienda de la encomienda, donde Txema le echa una mano a su amigo Tomás. «Este es un lugar de recogimiento espiritual y de oración. Se trata de ofrecer el trabajo como una oración, de encontrarse a uno mismo en esta sociedad donde andamos un poco perdidos», le cuenta al periodista. Al momento, un joven peregrino mexicano de sólo 22 años, entra en la encomienda. «Vengo de Cholula, en Puebla, con un amigo, porque mucha gente nos habían hablado de esto. Y es verdad que el Camino es muy bueno para reflexionar», afirma José Antonio Lozano, sonriente y con una incipiente barba que le hace parecer un poco más mayor de lo que es.

Unos kilómetros más adelante, el peregrino se encuentra con un verdadero negocio hostelero de los que han crecido a la sombra del Camino. Es una casa rural, con bar, terraza e hilo musical. La especialidad es el bocadillo de tortilla con tomate. «¡El mejor del camino!», exclama Tashe, el camarero y uno de las nueve personas que trabajan en la casa. Coruñés de 43 años, separado y con una hija a la que no ve, y vestido con ropa amplia adornada con filigranas, Tashe, que prefiere no decir su nombre real, decidió darle un giro completo a su vida el pasado año. Dejó su empleo como comercial, cansado de vender cosas a los demás, y abrazando plenamente la filosofía budista que cultiva desde hace seis años, decidió comprarse una mochila y una tienda de campaña y hacer el camino en sentido inverso, trabajando a cambio de comida. En El Acebo conoció a Epifanio Terradellas y a su hija Claudia, trabajó para ellos en su casa rural y uno año después, lo han llamado para que se quede con ellos durante toda la temporada turística, de marzo a octubre.

Un budista en el Camino

«No pido dinero, el dinero empobrece las relaciones y las pudre. Así que no estoy aquí por dinero, sino por evolucionar yo y ofrecer mi esfuerzo», dice reconociendo que no se ha molestado en preguntar qué va a cobrar en estos seis meses.

Los Terradellas, que proceden de Reus, llegaron por primera vez a El Acebo hace 14 años para visitar a su amigo Fernando García, ya fallecido. Les gustó el pueblo y con paciencia, consiguieron comprar una de sus casas para arreglarla como negocio hostelero para Claudia. Todavía la está pagando, pero a media mañana, tiene la terraza llena de peregrinos que hacen un alto. «Vivo de esto», dice.

En el Acebo descansan un rato, antes de seguir pedaleando hacia Molinaseca y Ponferrada, una pareja de ciclistas vestidos de azul. Él es francés, maestro de esgrima y se llama Lionel Berlou. Ella es hija de un militar norteamericano destinado en Zaragoza y una navarra, se llama Adela Bunbury y cuenta que el famoso cantante del grupo de rock Héroes del Silencio, Enrique Bunbury, tomó su apellido artístico del suyo real. «Me haré famoso con su apellido», afirma que le dijo el rockero a su hermana, con quien mantenía una relación.

Un nombre rockero

Adela y Lionel viven separados por la frontera. Ella en Pamplona, donde trabaja en un banco, y él en el País Vasco francés, donde enseña esgrima. No les separan más que unos kilómetros en realidad y dicen que el camino es una buena prueba de fuego para la convivencia. «Es como una terapia mental y física y a ver cuanto me aguanta la pareja», cuenta Adela, a punto de celebrar su cumpleaños en plena Ruta Jacobea. «Esto sólo lo puedes hacer con alguien con quien te lleves bien», añade.

Bien se llevan, porque también son padre e hijo, otros dos ciclistas que pedalean por el Bierzo. Nil Ramón tiene 12 años y cuerpo de niño todavía, pero ya se atreve a recorrer hasta cien kilómetros en bicicleta al día con su padre, Walter Ramón. Los dos vienen de Barcelona y harán un alto en Otero de Naraguantes (Fabero) para recoger a la madre de Nil y esposa de Walter, que también pedaleará con ellos el tramo final del Camino hasta Santiago. Con esos nombres, el periodista ha empezado por preguntarles sin son españoles. «No», responde Walter. «Catalanes». Pero en seguida le toca el hombre al redactor para hacerle ver que está bromeando. En el Camino se confunden los nacionalismos y las nacionalidades.

Pero no puede evitar tener aspecto de extranjera Elisabeth —y prefiere no dar su apellido— una francesa de 36 años que se planta a las cinco de la tarde ante la Puerta del Perdón de la iglesia de Santiago, donde los peregrinos enfermos e invalidos pueden ganar el Jubileo sin continuar hasta la tumba del apóstol, con la cara y las piernas embadurnadas de crema para protegerse del sol.

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«No soy católica. No me asocies con el perdón», dice. Pero accede a dejarse fotografiar junto a la iglesia. Elisabeth camina, dice, para ver como reacciona el cuerpo después de dos semanas andando. Nada que ver con el alma.