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í. d. | roma
León

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lo decidió hace casi un año, tras el viaje a México y Cuba de marzo de 2012, y era un absoluto secreto. No es de extrañar, pues es en los viajes largos donde el pontífice acusaba especialmente el cansancio.

Aunque Benedicto XVI los limitaba y daba prioridad a los desplazamientos cortos, de fin de semana, se daba perfectamente cuenta de que, desde Juan Pablo II y en un mundo globalizado, son un vehículo esencial de transmisión del mensaje católico. Quizá sentía que ahí no estaba a la altura. De hecho no se hablaba todavía de ningún viaje este año, algo realmente raro a estas alturas, pero se antojaba un reto mayúsculo que fuera al único fijado hace tiempo, las Jornadas Mundiales de la Juventud en Brasil, el próximo mes de julio.

 

Su fragilidad

Lombardi descartó ayer que la renuncia se deba a problemas de salud declarados: «No hay ninguna enfermedad en curso». Ayer eran insistentes en Italia los rumores de que está enfermo. En cualquier caso que el Papa no estaba bien, simplemente por su edad, 86 años el próximo mes de abril, era evidente. Estrechando su mano en su biblioteca en noviembre este corresponsal, como otros colegas, podía constatar su fragilidad. Camina con dificultad, por problemas en una pierna, no ve bien con un ojo, habla con un hilo de voz y el rostro aparece cada vez más demacrado. Su mirada era lúcida, pero es el cuerpo el que no responde. Como admitía ayer él mismo, le faltaba el «vigor» necesario para su ardua tarea.

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