Miles de subsaharianos ven aún a España como la «puerta al paraíso» de Europa

La dureza del invierno empuja a los inmigrantes a tratar de atravesar la frontera.

La valla fronteriza de Melilla, tras haber sido asaltada el pasado martes.

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c. cuerdo | (colpisa) sevilla

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Una tromba de inmigrantes subsaharianos sorprendía el pasado martes a los guardias civiles que custodian la frontera entre Ceuta y Marruecos en la playa del Tarajal, un endeble espigón donde el agua apenas llega al pecho. Todavía en el mar y pertrechados con neumáticos y cinturones de botellas de agua a modo de salvavidas, porque la mayoría no sabe nadar, empezaron a entonar un estremecedor «oé oé» cuando comprobaron que quedaban bajo tutela española. Un canto de victoria pese a que sus posibilidades de prosperar en una España en crisis son nulas. Para ellos, es la primera etapa en su carrera hacia una nueva vida.

«Saben que estamos mal, que no hay trabajo, pero la situación nuestra siempre es mejor que la suya», sintetizan los voluntarios que trabajan tanto en Ceuta como en Melilla con los inmigrantes. En un mundo globalizado, se comunican por Internet a través de las redes sociales y no son ajenos a las dificultades para encontrar un trabajo en nuestro país.

Desmontar el mito

Pero desde las oenegé tratan de desmontar el mito. «No se quedan en España, esto es simplemente la ‘puerta del paraíso’ de Europa», explica tajante Halid, coordinador de Acción Social de Cruz Roja en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta. «Aquí —prosigue— buscan la forma de reunir dinero para marcharse a Francia o Alemania, donde tienen familiares y saben que hay más opciones».

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España se convierte por tanto en un paso más del largo camino desde que abandonaron sus países. Desde Cruz Roja o Andalucía Acoge explican que el flujo migratorio es cambiante y que no cesará mientras no se solucionen los problemas en la zona. Así, entre los inmigrantes que han conseguido atravesar la frontera de forma ilegal abundan ahora los desplazados por los conflictos bélicos en Costa de Marfil, Congo, Malí o más recientemente Siria, aunque cuesta que desvelen su origen por temor a ser deportados.