El Prometeo de la libertad

Adolfo Suárez llegó al poder por deseo del Rey en una gran operación política articulada por Fernández Miranda y se convirtió en palanca para el cambio de era.

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R. Gorriarán/ M. Iglesias | Madrid
León

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Su elección fue una sorpresa colosal para todos. Pero no para el Rey, para Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes y del Consejo de Reino, y pocos más. El Monarca designó presidente del Gobierno a Adolfo Suárez con la misión de desmontar los robustos vestigios del franquismo y abrir la puerta a la democracia, en síntesis, hacer la Transición. Parecía demasiada tarea para aquel desconocido político de segunda línea y pasado franquista. El franquismo irredento se alegró porque pensó que sería un presidente manejable; los reformistas del régimen, los que suscribieron el ‘¡Qué error, qué inmenso error!’» de Ricardo de la Cierva, le negaron el pan y la sal porque su nombramiento supuso la defenestración de los suyosa; y la oposición democrática, el PSOE y los nacionalistas ya que los comunistas seguían en la ilegalidad, rechazaron la elección del Rey porque veían en Suárez al camisa azul depositario de las esencias del régimen.

La elección no cogió por sorpresa a Suárez. El teléfono sonó y era el Rey. Don Juan Carlos le pidió que se acercara al palacio de la Zarzuela. Cogió el Seat 127 y se plantó en la residencia real.

La llamada del Rey

«Joder, Majestad, creí que no ibas a pedírmelo nunca»

El Monarca no se anduvo con rodeos, le ofreció el cargo que ansiaba y de su respuesta hay dos versiones: «Joder, Majestad, creí que no ibas a pedírmelo nunca» y «Por fin, ya era hora». Al día siguiente juró el cargo. La actividad de Suárez y su equipo fue frenética. Antes de que acabara aquel mes aprobó su primera amnistía; en noviembre, las Cortes todavía franquistas se hacían el harakiri con la ley de reforma política que hizo añicos las leyes fundamentales del Movimiento; el desmantelamiento jurídico y político del régimen fue refrendado en referéndum por la ciudadanía un mes después; el 9 de abril de 1977 legaliza el Partido Comunista de España; convoca las primeras elecciones democráticas para el 15 de junio a las que se presenta como líder de la recién creada Unión de Centro Democrático; en agosto se reúne la ponencia que redactará la Constitución; el 25 de octubre se firman los pactos de la Moncloa; y en aquellos primeros meses se fraguan los cimiento del Estado de las autonomías. Todo en poco más de un año. Llegaba su viacrucis.

El cáncer llamó a la puerta de la familia Suárez Illana en noviembre de 1992. Su hija Mariam tenía 29 años, un embarazo de tres meses y un matrimonio feliz cuando recibió el zarpazo del carcinoma en una mama. Desde el diagnóstico, se constituyó el grupo de apoyo familiar que, capitaneado por el padre, arropó y apoyó a la enferma. La nueva etapa de la trayectoria vital de Adolfo Suárez se convirtió en el reverso de la moneda de lo que había sido el periodo anterior. La actividad pública y la pasión política desaparecieron por completo para ser sustituidas por una intensa dedicación a la familia, a los hijos, a la enferma y, sobre todo, a Amparo.

La enfermedad

«Papá se murió Mariam». «¿Qué Mariam»?, contestó él, ausente

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Ella se convirtió en la primera preocupación de toda su existencia y acaparó su tiempo y cuidados, cuando también padeció el temible diagnóstico que, más tarde, acabaría por alcanzar a Sonsoles, la hermana más pequeña. A medida que proliferaban las muestras de reconocimiento de toda la sociedad a los méritos de su labor política, más se encerraba él entre las cuatro paredes de su casa. Ya fuera en Madrid o en Palma de Mallorca. Él aseaba, alimentaba, le administraba la medicación y acomodaba en el lecho con amorosa dedicación a su mujer. Así, durante años. Su cerebro se fue haciendo perezoso hasta dejar de funcionar como un reloj sin cuerda. Primero, se negó a recordar y después, el órgano se resistió a cumplir con su labor de control central de los pensamientos, las funciones y los sentidos. «Papá, se murió Mariam», le comunicó un día su hijo Adolfo, quien se convirtió en el jefe de la familia y protector de su padre en los últimos años. «¿Qué Mariam?», preguntó él, ausente.